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Yuja Wang deslumbra en el Auditorio Nacional

Sol Bordas; Blanca Gutiérrez, 24 mayo 2018

Ella se divierte, por Sol Bordas

YUJA WANG
CICLO GRANDES INTÉRPRETES
AUDITORIO NACIONAL
Martes 22 de mayo 2018    

Casi lleno el Auditorio Nacional para esta cita con una de las figuras pianísticas del momento, Yuja Wang, que eligió para el concierto en Madrid  Sonatas de Scriabin y Prokofiev y Estudios de Rachmaninoff y Ligeti.  

Cuando nació Yuja Wang ya sabía tocar el piano. Luego le compraron uno, su juguete favorito con el que fue creciendo. A sus 31 años tiene (pese a su corta estatura) una morfología de atleta de alto rendimiento, podría haber destacado en cualquier disciplina pero eligió la más difícil: la música. Y ya es una estrella internacional.  
 
Desde el comienzo Wang toca con energía y seguridad. No existe al escucharla el concepto de “virtuosismo” o“dificultad” sino de “naturalidad”.  Busca la plasticidad, los contrastes tímbricos, los planos sonoros. Realza lo que le conviene en cualquier dinámica. Como gran velocista corre más que nadie en los pasajes rápidos, y podría correr más si el propio instrumento no impusiera sus límites. No obstante se escucha todo con nitidez.     

Desarrolla una serenidad postromántica en los preludios y estudios de Rachmaninoff,
interpretados al estilo de los antiguos maestros (Rubinstein) y recrea un revoloteo de insectos en la sonata nº 10 de Scriabin. El Estudio “Touches bloquées” de  Ligueti, dedicado a Pierre Boulez,  debe tocarse presto possibile, sempre molto rítmico, algo que no causa ningún problema a la pianista. Y finaliza con la sonata nº 8 de Prokofiev, la belleza en manos de mujer.  

Se nos ha quedado corto el concierto, pero la sorpresa viene con las propinas, generosas, en las que reconocemos temas, porque son arreglos y transcripciones de piezas muy conocidas. Hasta seis hizo el martes pasado, sin superar las siete de hace unas semanas en el Carnegie Hall de Nueva York.  

Musicalmente podríamos decir que todo queda transmutado en Yuja Wang. Se nota que le gusta tocar el piano y en la libertad del extra programa sonríe, se divierte, como una niña traviesa. Ella hace lo que le da la gana porque puede, incluso salir a escena disfrazada de Drag Queen.   

Pero eso es lo menos importante.  
Las nuevas generaciones de pianistas tienen mucho que decir, afortunadamente.   



Esas lentejuelas, por Blanca Gutiérrez

La primera impresión que a quien esto escribe produjo Yuja Wang al salir al escenario se limitó a una momentánea ceguera producto de las lentejuelas de su ajustado vestido. A esa ceguera le siguió una reflexión personal sobre la pertinencia de esa puesta en escena, sobre la coexistencia de talento artístico y físico atractivo, sobre el papel de la imagen personal en la carrera de un músico, y así hasta llegar a recordar las declaraciones de la pianista sobre el movimiento #MeToo que ha hecho hace poco a un medio nacional. Pero mientras andaba ensimismada en estas consideraciones,la música había comenzado a sonar, así que poco a poco me centré en el recital.  

Comenzó Wang tocando Rachmaninov, en una primera parte del recital que demostró una fuerza extraordinaria, a la vez que una gran sutileza en algunos pasajes. Maneja muy bien las dinámicas y eso salvó su actuación de convertirse en un mero espectáculo pirotécnico.  

Cuando a continuación afrontó la sonata de Scriabin las cosas cambiaron: ya no estábamos ante una pianista atleta que quisiera demostrar sus capacidades físicas. Aquí hay mucha música entre las notas, y Wang logró captar el carácter místico y fantástico del ruso, que, ajeno a la melodía, recrea un universo visual donde los colores son sustituidos por notas, en una pintura musical que planea entre el impresionismo y el expresionismo.  

También acertó en los Estudios de Ligeti, recreando la tensión que transmiten, el claro espíritu de interrogación, en un particular y progresivo ejercicio casi circular. Wang alcanzó a mostrar al público la música que se aloja entre esta cascada rítmica y cromática, que exige al pianista una destreza mecánica extraordinaria.  

En la segunda parte del programa escuchamos una de las sonatas de guerra de Prokofiev. Una sonata en tres movimientos, de los cuales los dos primeros son lentos. Pero una lentitud en la que no hay calma ni sentimentalismo; más bien subyace bajo ella mucha de la tensión que encontramos en la música de Shostakovich, una tensión que sostiene todo el edificio musical y que logra que la pieza trascienda su mera belleza formal. Wang interpretó con musicalidad esos dos primeros movimientos y el tercer movimiento Vivace con el punto justo de músculo y fiereza.  

Tras el programa, y pese a un momentáneo enfado que le hizo parar durante unos segundos el recital en la obra de Prokofiev, debido al móvil de una espectadora, Wang ofreció seis propinas, en un alarde de forma física y mental, que lograron las aclamaciones del público, proclive desde el inicio del recital al aplauso fácil.  

No hace mucho alguien mencionó frente a mí que cierta pianista mujer tocaba de manera femenina. En primer lugar, me gustaría hacer con esta persona un estudio ciego oyendo varias versiones de una obra, para comprobar si de verdad reconocería la forma de interpretar de una mujer frente a un hombre, o si sólo se pueden identificar personalidades frente al teclado, independientemente del género. Pero sobre todo me gustaría conocer la opinión de esta persona sobre el recital de Yuja Wang.  

Frente a la imagen pública hipersexualizada que maneja la pianista, el repertorio que eligió podría ser definido como sin género, o mejor dicho, casi masculino. Probablemente sea una selección perfectamente consciente, preparada para ofrecer un marcado contraste frente al vestuario exagerado y los tacones de vértigo. Sin conocer la opinión de la propia artista, reflexiono sobre si estas decisiones se convierten en un gesto feminista, de empoderamiento y reafirmación de una personalidad fuerte e independiente.  

Quién sabe, a lo mejor yo estaba cegada por el brillo de la lentejuelas.

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