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De la emoción musical

Sol Bordas / Blanca Gutiérrez, jueves 10 de mayo 2017

8 de mayo 2018, Radu Lupu en el Auditorio Nacional, Ciclo de Grandes Intérpretes organizado por  Fundación Scherzo. Schubert: Seis momentos musicales, op. 94, D 780; Sonata en La menor op.143, D 784; Sonata en La mayor, D 959

Lupu, referencia para muchas generaciones. Por Sol Bordas

“Cada persona narra una historia de una manera y esa historia debe ser cautivadora y espontánea”, esta es la filosofía de Radu Lupu a la hora de interpretar música. 

El pianista, entra en escena con su barba blanca y su complexión fuerte y nos recuerda un poco a Brahms. A su edad y con su larga trayectoria de éxitos no tiene ya nada que demostrar más que su libertad interpretativa. Ha elegido Schubert para este concierto, música escrita por el vienés en sus últimos años de juventud,  antes de morir. 

Se sienta en su silla con respaldo y comienza con los Seis Momentos Musicales, op. 94. Breves piezas compuestas entre 1823/24, probablemente. E inmediatamente nos lleva a un terreno extremadamente delicado, suave, dulce, a veces imperceptible, con gradaciones dinámicas y tímbricas muy contrastadas sin salir de la dinámica del pianísimo. Radu Lupu nos hace un retrato de Schubert componiendo en la soledad de su cuarto, tocando para sí. Este ensimismamiento es contagioso y al comienzo de la segunda obra, la Sonata en La menor, op. 143 ya somos un auditorio ensimismado como por arte de magia. Esta sonata compuesta en  1823 es tocada con parsimonia, con placer, disfrutando y haciendo disfrutar de la música con quietud y sosiego, incluso en los momentos de veloz agitación. Las estructuras formales se entienden con claridad, todo es nítido y nada es estridente.

Probablemente Radu Lupu no pretende con este concierto dar una clase magistral, pero lo es. Todo lo que toca está escrito, fiel a la partitura él  elige en el terreno del tempo y de la sonoridad, esa libertad solo puede tomarse tras un estudio concienzudo del autor y nos acerca a un Schubert intimista, joven, sensible y delicado, muy creíble.

Concluye el concierto con la Sonata en La mayor, compuesta en los últimos meses de  vida del compositor  y que forma parte de lo que se considera “trilogía”, sus tres últimas sonatas.  Como dice Arturo Reverter en las muy bien documentadas notas al programa: “el propio Schumann observó cierta resignación en el tono y la expresión, como si en las puertas de la muerte Schubert hubiera querido renunciar a los brillantes efectos pianísticos en busca de un lirismo más integral”.

En esta larga sonata Radu Lupu mantiene su parsimonia y su ensimismamiento.  Pocas veces supera el mezzoforte y los pasajes técnicamente difíciles  no se traducen en exhibición virtuosística. Él ofrece solo música, solo Schubert.

Al final aplaudimos suave y largamente a un pianista que ya es una referencia para muchas generaciones. Gracias.


Reflexiones de un oyente absorto. Por Blanca Gutiérrez

Tras un concierto como el del martes pasado, al espectador que quiera escribir sobre dicho recital le cabe una duda: ¿Sobre quién escribir, sobre el compositor, o sobre el artista? Porque ninguno de los dos existiría sin el otro: si la obra del compositor está fijada en la partitura, la notación solo se vuelve música cuando el artista la interpreta.

Es el piano de Schubert una música que mana como agua clara de un manantial inagotable. Porque infinitas son las versiones que surgen del teclado interpretando unas partituras que, para los amantes de su música, nunca serán suficientes. Agua clara pero no calmada. Schubert es la quintaesencia de lo poético y lo romántico: arrebatado y pasional, también tierno y dulce, y en ocasiones misterioso. La encarnación del carácter juvenil, del romanticismo canónico, con sus altibajos de humor, con la hondura sin freno de los sentimientos. Aunque la obra entera de Schubert está templada por una casi sobrenatural conciencia de la trascendencia, del final del camino (que para él llegó demasiado temprano), característica que le sitúa como creador en un plano superior al de la mayoría de los compositores que comparten esa vena romántica.

Y Radu Lupu como intérprete. Desde que comenzó su carrera el rumano se ha caracterizado por una personalidad especialmente acusada, por esa rara capacidad de los mejores para lograr, tocando lo mismo que otros, permanecer en la memoria del espectador. Qué más da si se ajusta fielmente a la partitura o no. Lupu te está enseñando el alma, y eso lo hacen sólo los grandes artistas.

Este martes pasado salió físicamente mermado, lo que claramente le exigía una parquedad obligada en los movimientos. Aunque como Lupu ha sido siempre de esos pianistas cuyas interpretaciones surgen fluidas, naturales, sin aspavientos, deslizándose hasta el oyente desde la punta de los dedos, logró suplir sus carencias físicas con una musicalidad calmada, tranquila, sencilla en apariencia, pero férrea en su interior. Si uno cerraba los ojos, lo que pudimos escuchar  fue una versión propia y personal de una música que es intrínsecamente bella y hermosa. 

Especialmente acertado en los movimientos más delicados, quizá sus dificultades físicas nos permitieron escuchar una interpretación más descarnada de la música de Schubert, que no por melódica deja de ser trágica, agónica y dolorosa en ciertos momentos.

Lo que vivimos el martes se convirtió casi en la escucha de un testamento musical, en este caso no como idea propia del compositor, sino girando alrededor del arte del intérprete, un pianista que se resiste a abandonar el escenario, y que llora lágrimas musicales, la destilación de su particularísimo arte, de un genio y personalidad que brilla como nadie en Schubert.

Y esa sensación se volvió convicción tras escuchar el bis que, con inmensa generosidad, ofreció Lupu tras unos aplausos emocionados: el segundo Impromtu del D. 935. Una sensación que había sobrevolado todo el recital y que se materializó en unos minutos de sonido que no pueden definirse sólo como música, porque fueron mucho más allá, hasta convertirse en un mágico lazo de unión entre las almas de Schubert, de Lupu y de los presentes en la sala, a muchos de los cuales se les empañaron los ojos mientras volvían a aplaudir a uno de los grandes.