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Matthias Goerne regresa de nuevo a La Zarzuela 

Blanca Gutierrez, jueves 3 de mayo, 2018

Dicen que la melancolía es el estado de ánimo más creador. La felicidad tiñe todo de alegres colores e incita a disfrutar sin más contemplaciones, y la desesperación, por su parte, le hunde a uno en un pozo desde el que no se distinguen los detalles del mundo. La melancolía, en cambio, parece contener el justo equilibrio entre sentimiento, pasión y razón, poniendo al alcance de las almas sensibles las herramientas para explorar la creación artística en sus diversas manifestaciones.

Y sin embargo, del dolor y la desesperación también puede surgir la belleza más aguda. Una belleza quizá oscura, afilada por el dolor, pero magnífica en su exaltación y en su dignidad. Claro que hay que ser un artista genial para poder crear ese tipo de belleza con los mimbres de la desesperación. Un genio como F. Schubert, cuando escribe su Winterreise y recoge los lamentos de W. Müller poniéndoles música, escarbando entre las raíces de los versos y desenterrando todo un jardín de melodías, de armonías, de elaboradas vegetaciones musicales, en una especie de retorcido trabajo de jardinero. La belleza puede hacer sonreir, pero también hace saltar las lágrimas.

Es el Winterreise un ciclo de canciones que no tiene secretos, ni para el artista ni para el oyente: todos saben que trata de la desesperanza que lleva a la desesperación, del dolor de la pérdida y del final sin sentido. Pero el genio musical de Schubert envuelve la sencillez el mensaje en mil sutiles detalles, que exigen a los dos músicos (el pianista es en los lieder del vienés tan protagonista como el cantante) una concentración extrema, más difícil aún porque han de equilibrarse oficio y corazón. Los lieder de Schubert no deben ser cantados, deben ser sentidos.

Eligió el lunes M. Goerne un pianista, M. Hinterhäuser, que supo acompañarle en este viaje invernal tan acorde con el frío clima de un final de abril destemplado. En un recital que fue de menos a más, el cantante alemán demostró de nuevo su afinidad con un repertorio que sabe cantar como nadie porque sabe vivirlo como nadie, porque tiene claro que el lied se canta, pero también se recita, se musita o se grita, se vibra con él. Centellea el dolor entre la nieve, en una certera intuición de la muerte, y Goerne gritó ese dolor con la justa medida de rigor, equilibrando el arte con el sentimiento, y susurró la agonía de la desesperación, y lloró el fracaso de la desesperanza como solo los grandes saben hacerlo, sin gestos ni aspavientos feroces, solo con la calma del dolor.

La agonía del sufrimiento congela el alma, y en los versos de Müller y en las notas de Schubert la nieve y el hielo y la ventisca se convierten en metáfora obligada de ese sentimiento. Tras un segundo de silencio, tras el lamento más hermoso de todo el ciclo, Der Leiermann, los cálidos aplausos del público desterraron el frío y el dolor del teatro, prueba fehaciente de que el sufrimiento cuando es arte logra una belleza que conmueve la sensibilidad.


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