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85 años no son nada

Blanca Gutiérrez, 30 noviembre 2017

Hace 85 años nació el pianista Joaquín Achúcarro en Bilbao. A los 13 años dio su primer concierto público, y desde entonces su carrera se ha desarrollado en los mejores escenarios del mundo, dirigido por las batutas más importantes de su tiempo, y acompañado por las principales orquestas sinfónicas.

A sus 85 años sigue en activo, sin intención por el momento de retirarse, más que cuando  el destino se lo plantee: ‘Mientras el cuerpo aguante, seguiré’.  Así lo explicaba a los periodistas reunidos en la presentación de su último disco, que reúne cuatro de las obras más importantes del repertorio español para piano y orquesta: Noches en los jardines de España, el Concierto para piano y cinco instrumentos, de Manuel de Falla, la Rapsodia sinfónica de Joaquín Turina, y la Rapsodia española de Isaac Albéniz. El disco, grabado junto a la Orquesta Nacional de España bajo la dirección de Juanjo Mena hace ya tres años, sale ahora al mercado bajo el sello discográfico de la propia ONE.

Al mismo tiempo, el pasado fin de semana la orquesta homenajeaba al músico, programando en estas fechas de aniversario un concierto en el que el maestro interpretó los dos conciertos de Ravel, dirigido por Pedro Halffter. Un programa terriblemente exigente porque, aunque Ravel simultaneó su escritura, ambos conciertos son como afirmó Achúcarro, muy diferentes entre sí. Él mismo sólo ha tocado este programa doble un par de veces en su carrera, teniendo siempre el cuidado de tocar antes el Concierto en Sol, porque, tras interpretar el Concierto para la mano izquierda, la mano derecha se queda medio muerta. Curiosamente, Achúcarro es zurdo.

El maestro es un hombre menudo, de agudos ojos azules, inquieto, buen conversador, con un humor tendente a la ironía. Se reía de sí mismo cuando comentaba a los periodistas sus problemas físicos antes de los conciertos con la ONE: ‘He trabado conocimiento con una señora llamada ciática, que me impide hacer el aurresku [danza popular vasca] que tenía preparado’. Dicho por una persona que estudia frente al piano 4 y si puede 6 horas diarias, y que para mantenerse en forma, monta en bicicleta y nada todos los días en la piscina donde entrena el equipo de natación de la Universidad Metodista del Sur de Dallas, centro educativo en el que Achúcarro lleva dando clases más de 20 años.

Fruto de su constante actividad, en 2018 verá la luz un disco recién grabado dedicado a Chopin, y tocará los conciertos de Ravel en diversos escenarios internacionales. Respecto a un posible acercamiento a nuevo repertorio, explicó: ‘Hay cosas que quiero aprender, pero mejor me las callo, porque a lo mejor no las aprendo nunca. Estudio para que las cosas me salgan mejor que antes, o distintas, para mejorar cosas que no han salido como quería’. En realidad ‘tengo muchas ganas de seguir tocando Mozart, Brahms, Beethoven. De seguir tocando todo lo que pueda. Seguir descubriendo, preguntando a los compositores lo que han querido decir en sus partituras, como una especie de Champollion frente a su particular piedra Rossetta, buscando el qué y el porqué’.

Esa misma curiosidad es la que le permite establecer un diálogo de tú a tú con sus alumnos en Dallas, atento siempre a aprender de ellos tanto como a enseñarles. ‘En cierto modo, lo que ocurre es que yo soy el explorador que ha pasado ya por este camino y el que en un momento dado, puede ofrecer en cinco minutos lo que le ha costado a él 20 años encontrar’.

Es imposible para quien esto escribe “criticar” el concierto del pasado sábado. Joaquín Achúcarro ha demostrado ya todo en el campo artístico, y si algo añadió a su leyenda este fin de semana pasado, fue una lección más de honestidad, de pundonor y saber estar, de cómo afrontar retos y dificultades sin arrugarse, con buen humor frente a los contratiempos. Y con la humildad del grande, siguiendo con atención todas las indicaciones del director, disfrutando de la música en todo momento, con el ritmo en el cuerpo. Nos quedamos con su gesto natural frente al instrumento, sin aspavientos, como si no realizara ningún esfuerzo, de aquí para allá en la banqueta, para alcanzar toda la extensión del teclado; con su familiaridad con el piano, apoyándose en él como al descuido con la mano derecha durante el Concierto para la mano izquierda; con su entusiasmo siguiendo a la orquesta.

Y aplaudimos la generosidad total del artista, que ofreció como propina, un inconmensurable Claro de luna de Debussy, con la expresividad, delicadeza y sutileza que solo los grandes llevan dentro.

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