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Un festín handeliano

Por Imanol Temprano Lecuona el miércoles, 26 abril de 2017



IMANOL TEMPRANO LECUONA / De auténtico acontecimiento podemos calificar la publicación en el sello Alpha de este doble Blu-Ray con dos de las mejores óperas de Haendel: Alcina y Tamerlano. Lo que hace que celebremos su aparición no es tanto la incuestionable calidad de las obras cuanto la conjunción sobresaliente de todos los elementos de la interpretación: dirección musical, puesta en escena y cantantes. Los responsables de la dirección musical y escénica son en ambas óperas los mismos: Christophe Rousset, al frente de su grupo Les talens lyriques, y Pierre Audi, mientras que los cantantes difieren en cada ópera. Las grabaciones proceden de las representaciones llevadas a cabo en el Teatro de la Monnaie de Bruselas en febrero de 2015.

Tamerlano y Alcina corresponden a dos de los momentos más fecundos e inspirados de la carrera de Haendel. La primera fue compuesta en 1724, inmediatamente después de Giulio Cesare in Egitto y antes de Rodelinda, en el apogeo de su carrera como compositor de óperas. Alcina se estrena once años después, precedida de otra obra maestra, Ariodante. Para entonces las circunstancias artísticas y empresariales de il caro sassone habían cambiado sustancialmente, la ópera italiana se desenvolvía con crecientes dificultades en Londres y, como consecuencia, su carrera pronto se orientaría hacia el oratorio. Sin embargo, Haendel seguía demostrando en 1735 que, si se ponía a su disposición un libreto con posibilidades y un buen elenco de cantantes que le estimulara, su talento todavía estaba en condiciones de crear obras maestras en el género que más amaba.

Resulta curioso que, a pesar de ser consideradas unánimemente como dos de los mayores logros operísticos del más grande compositor de ópera italiana del Barroco, sendos títulos no hubieran encontrado hasta el momento, en ninguno de los dos casos, una grabación plenamente satisfactoria. Sin entrar en un análisis de la discografía de ambas obras, solamente diré que los melómanos haendelianos nos hemos tenido que conformar hasta el momento con versiones decepcionantes en las que siempre fallaba algo y que nos dejaban con hambre. Afortunadamente, este nuevo registro del tándem Rousset-Audi pone fin a esta frustrante situación y va a contribuir a saciar el apetito de los haendelianos más exigentes. Como hay mucho y bueno que contar, procedamos con método.

Alcina

Lo primero que llama la atención en esta versión es la dirección de Rousset. Desde los primeros compases de la obertura, nos damos cuenta de que el director francés infunde más nervio y vigor de los habituales a su orquesta. Frente a la imagen de un Rousset contenido y falto de chispa, nos encontramos aquí con una lectura caracterizada por la intensidad, los acentos marcados y unas dinámicas generosas. Este Rousset se parece más al de sus interpretaciones de óperas francesas que al de las óperas italianas, donde parece que pierde la fuerza que también ha demostrado, sobradamente, como clavecinista.

Pero más allá de esta transformación de Rousset, esta versión tiene un nombre por encima de cualquier otro: Sandrine Piau. La soprano francesa hace una Alcina memorable, evidenciando que se encuentra en el mejor momento de su carrera. Al contrario que otras sopranos de su generación, su voz no se ha resentido por una técnica deficiente o por cantar un repertorio inadecuado y está en plenitud de facultades. Inexplicablemente relegada durante mucho tiempo a papeles secundarios, desde hace algunos años Piau está teniendo por fin la oportunidad de cantar los principales papeles de prima donna haendelianos, en un momento en que su voz se ha ensanchado y ha ganado en cuerpo pero sin perder la agilidad de otros tiempos. Las arias del papel que da nombre a la ópera, con su amplia paleta de registros, permiten expresar todo una serie de emociones, desde el reproche ante la ingratitud de su amante Ruggiero en la arcaizante  ?SSi son quella? hasta la patética ?SAh mio cor, schernito sei? -auténtico climax dramático de la ópera- pasando por la fuerza e intensidad de ?SOmbre palide?, la rabia y el desdén en ?SMa quando tornerai? o la conmovedora ?SMi restano le lagrime?, ya admitida su derrota amorosa. Hay que decir que Piau no cae en los excesos dramáticos de otras cantantes y consigue expresar adecuadamente las contradicciones del personaje sin perder en ningún momento la elegancia en la línea de canto y mostrando una gama de recursos vocales inagotable.

En cuanto al  resto del elenco vocal, Maite Beaumont hace un Ruggiero meritorio, mejor en las arias de bravura como ?SSta nell?"Ircana? que en las más lentas y contemplativas (?SMe lusinga?, ?SMio bel tesoro?), a las que da una intensidad innecesaria. La Morgana de Sabina Puértolas es de lo mejor del reparto; sobrada de medios, no tiene problemas para afrontar la pirotecnia vocal de ?STornami a vagheggiar? o reflejar la intensidad emocional de ?SCredete al mio dolore?, con una bellísima parte de cello obligato muy bien ejecutada por Emmanuel Jacques. La mezzo belga Angelique Noldus, en el papel de Bradamente, constituye una agradable sorpresa; lástima que sus arias no permitan mucho lucimiento, porque tiene un timbre bello, canta con mucho gusto y anda sobrada de agilidad (?SVorrei vendicarmi?). Las mismas cualidades son extensibles a Daniel Behle, que demuestra una vez más que es uno de los mejores tenores cuando se trata de música del siglo XVIII, dando a un papel secundario como el de Oronte una relevancia que hasta ahora no había tenido en ninguna de las grabaciones anteriores, siempre interpretado por tenores más bien mediocres.

La dirección escénica de Pierre Audi contribuye sobremanera a que la música brille sin obstáculos. No se trata de una puesta en escena historicista pero sí es respetuosa con el espíritu de la obra. Despojada, esencial, sin apenas decorados -los que aparecen son copia de los originales del siglo XVIII conservados en el Teatro de Drottningholm-, a Audi le basta y le sobra con la iluminación y la plasticidad del vestuario de época para conseguir extraer del libreto todo su potencial.

La única objeción que se le puede poner a esta formidable versión es que no incluye los números de baile originalmente compuestos por Haendel para la compañía de la bailarina francesa Marie Sallé.

Tamerlano

Al contrario que en el caso anterior, aquí no podemos destacar a un cantante por encima de los demás sino que lo que es remarcable es la homogeneidad y el alto nivel medio de todos los cantantes, configurando un reparto sin fisuras. Christophe Dumaux, en el papel que da nombre a la obra, puede dar rienda suelta -de forma justificada- a esa  vena histriónica que ya ha demostrado en papeles anteriores como el Tolomeo del Giulio Cesare; el pérfido Tamerlano encuentra en Dumaux un intérprete perfecto, tanto en el terreno vocal como dramáticamente hablando (nunca he terminado de entender cuáles son las razones por las que este cantante no haya hecho una carrera a más alto nivel). El tenor inglés Jeremy Ovenden no tiene ni la clase ni el timbre de voz de algunos de sus colegas compatriotas pero defiende con arrojo su papel, reflejando perfectamente el carácter atormentado e intransigente de Bajazet. Sophie Karthauser, en el papel de Asteria, se consolida como una de las sopranos más sólidas del repertorio barroco; su interpretación de ?SCor di padre? es uno de los momentos más intensos de la ópera. La contralto Delphine Galou, con su peculiar timbre, tan idóneo para los papeles masculinos,  encarna un Andronico convincente, mostrando agilidad (?SPiu d?"una tigre altero?) y un fraseo elegante (?SBella Asteria?, ?SBenché mi sprezzi?). La presencia de Anne Hallenberg, encarnando un papel secundario como el de la repudiada Irene, constituye un lujo; Hallenberg, intérprete habitual de algunos de los grandes héroes haendelianos, aporta a su papel una dignidad y dimensión excepcionales. Cierra el reparto otro cantante de categoría, el noruego Nathan Berg, haciendo de Leone, un papel que Haendel escribió originalmente para el excepcional bajo Antonio Montagnana; Berg sale airoso de ?SNel mondo e nell?"abisso?, una de las arias más exigentes escritas para la cuerda más grave durante el siglo XVIII.

Como en Alcina, la puesta en escena de Tamerlano destaca por su sencillez. Los decorados apenas cambian y la escena ?a excepción de una silla multiusos que lo mismo sirve como trono que como objeto arrojadizo amenazador- permanece vacía de elementos accesorios. La dirección escénica de Pierre Audi otorga la mayor importancia a la posición de los cantantes en cada momento, haciendo visible con ella las emociones y relaciones de los personajes entre sí. Por ello, los movimientos están muy calculados y se realizan en función de la evolución de la trama, que logra de esta manera una plasmación visual muy efectiva. La economía de medios sirve en este caso para desvelar los resortes de la dramaturgia. Por otra parte, Audi no recurre a la molesta práctica de intentar establecer chuscos paralelismos entre otras épocas y la nuestra, lo cual en este caso hubiera resultado muy fácil. No por ello su enfoque es menos moderno; de hecho Audi recurre a algunos elementos distanciadores, el principal de los cuales es mostrarnos en ambas óperas, en el tercer acto, el fondo de la escena desnudo, plasmación del carácter ilusorio de la ópera y el teatro.

La labor en la dirección de Rousset participa del mismo vigor y de la tensión que hemos mencionado para Alcina. Hay que aclarar que no se interpretan dos arias, bien es verdad que no de las más importantes -una de Andronico y otra de Asteria-, y en otras arias se corta la sección B y el da capo, posiblemente por motivos escénicos, para concentrar la acción (esta última práctica también se lleva a cabo en un par de arias de Alcina).

Sin duda, nos encontramos ante un hito en la historia reciente de los registros de las óperas de Haendel, así que no se dejen disuadir por el inusual formato. Si no tienen reproductor de Blu-Ray esta es una buena ocasión para estrenarlo con dos auténticas gemas musicales.

ALPHA 715

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