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Verso | CAMARA | ESPAÑOLA | SIGLOS XX Y XXI (1 CD)

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Jorge Fernández Guerra
Los niños han gritado (obras de cámara)


REF.: VRS 2121
EAN 13: 8436009801218
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FECHA DE PUBLICACIÓN
27/09/2012

INTÉRPRETES

Ensemble Residencias

Trío Arbós

Juan Carlos Garvayo, piano
Miguel Borrego, violín
José Miguel Gómez, violonchelo

Neopercusión

Juanjo Guillem
Rafa Gálvez
Juanjo Rubio

Artistas invitados

Francesca Calero, soprano
Pedro Adarraga, barítono
Juana Guillem, flauta
Eduardo Raimundo, clarinete
Sergio Sáez, viola



CONTENIDO

Jorge Fernández Guerra (1952):

1. Workin’ Problems (2005) [7:06] (para violín, viola y violonchelo)
I
II
III

Oceánicas (1998-2003) [8:42] (para piano)
2. I [3:36]
3. II [1:54]
4. III [3:12]

5. Interstellar Sound 2011 [6:12] (para violín, violonchelo y piano)

Los niños han gritado (2009-2010) [30:58] (para soprano, barítono, flauta, clarinete, violín, violonchelo, piano y percusión)
6. Previo a I (dos percusionistas) [0:36]
7. I (soprano, barítono, flauta, clarinete y dos percusionistas) [3:48]
8. Previo a II (un percusionista) [0:25]
9. II (soprano, violín y violonchelo) [1:41]
10. III (soprano y dos percusionistas) [1:24]
11. IV (barítono, flauta, clarinete y un percusionista) [3:20]
12. Previo a V (soprano y un percusionista) [0:35]
13. V (soprano y piano) [2:52]
14. VI (barítono, violonchelo y un percusionista) [3:44]
15. VII (violín, violonchelo y un percusionista) [1:10]
16. VIII (barítono, violín y un percusionista) [1:59]
17. Previo a IX (barítono y un percusionista) [0:35]
18. IX (soprano, violín, violonchelo y piano) [3:47]
19. X a (soprano, barítono, flauta, clarinete, violín, violonchelo, piano y dos percusionistas) [1:58]
20. X b (soprano, barítono, flauta, clarinete, violín, violonchelo, piano y dos percusionistas) [3:04]

1 CD - DDD - 53'28''


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Pese a su prolongada dedicación reciente a labores de gestión, Fernández Guerra no ha preterido del todo la continuidad de su vocación creativa. Y aunque en los últimos tiempos hayan escapado de su estudio contadas obras, este nuevo disco de Verso –con la impecable complicidad protagonista del Trío Arbós, en su plantilla original y como parte del Ensemble Residencias– nos persuade de que su “decenio en la sombra” no ha sido, ni de lejos, años de música perdida...

Bien sea en el juego de ilaciones y fracturas sonoras de Oceánicas (1998/2003), de pianismo preciso y sugerente en el plano armónico (sobre todo en la segunda pieza), ya en el demorado trabajo contrapuntístico y vitalidad de discurso rítmico del trío de cuerda Workin’ problems (2005), sobre el que planea un aura bartókiana, el compositor madrileño apunta hacia empeños de mayor ambición, en un camino en que no faltan recodos más distendidos, caso del feliz clima scherzante de Interstellar Sound (2011), que en este registro encuentra su estreno público.

Empeños como los de la ‘cantata’ Los niños han gritado (2009/10), que suma a los intérpretes mencionados un conciso grupo instrumental y las voces, bien ajustadas, de Francesca Calero y Pedro Adarraga a lo largo de quince episodios cuya base textual, el escasamente recordado poema de Aleixandre “Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla”, fragmenta y reordena Fernández Guerra en aras de la consecución de una dimensión narrativa menos lineal y del hallazgo de núcleos de intensidad dramática:  la inquietud de las texturas de conjunto, la tirantez expresionista de la escritura vocal y cierto –y bienvenido– distanciamiento poético ante tema de actualidad tan acuciante como controvertida nos confirman que no nos hallamos ante “otra maldita obra sobre la Guerra Civil” (Isaac Rosa scripsit), sino ante una apuesta musical lograda.

Germán Gan Quesada

 

Niños sin sortilegios

Los niños han gritado (2009-2010) soprano, barítono, flauta, clarinete, violín, violonchelo, piano, dos percusionistas.

El mundo de los niños sigue siendo un arcano para el adulto. Le recuerda esa sorprendente potencia proyectada hacia el futuro que, una vez alcanzada, se desvanece entre los dedos de las manos salvo para aquellos raros adultos que consiguen conservar al niño que fueron. Le indican el ciclo de la vida en su fase más esperanzadora, pero no le llevan a olvidar, más bien al contrario, que el ciclo se termina y que, al final, somos lo que hemos dado. Esta turbadora experiencia que el niño evoca, tiene riquezas innegables y tesoros de afecto, pero puede desencadenar efectos devastadores si no se alcanza una madurez básica, si la personalidad del adulto es defectuosa. Todo esto no suele ser grave en sociedades equilibradas, pero es brutal en otros casos. Uno de esos casos es la guerra.

El presente disco tiene como obra principal Los niños han gritado, un trabajo reciente articulado sobre el desgarrador poema “Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla”, del inolvidable poeta y Premio Nobel Vicente Aleixandre. Se ha hablado mucho de la discreción del gran lírico español. De hecho, este poema es uno de sus raros ejemplos emanados de la Guerra Civil española.

Por razones que no vienen al caso, he tenido siempre un enorme interés por este tema y esta poesía estaba en cartera de mis apetencias desde hace tiempo. Y, como suele ser habitual, el trabajo final se inició cuando se me hicieron perceptibles los elementos musicales y el sustrato instrumental definitivo. Esto último se concretó cuando asumí la redacción de la obra con destino al fantástico proyecto del Ensemble Residencias, un grupo de grupos, pese a su reducido orgánico, capaz de cubrir las más exigentes prestaciones en una variedad de formatos lo más amplia posible. Pero antes faltaba otra decisión, la del tratamiento del texto en una forma apetecible para mí. Y esta forma terminó siendo la de una obra de números, un grupo de pequeñas piezas articuladas principalmente por el sobresalto del drama.

Es obvio decir que para un compositor de mi generación, una obra de números que evoque esos monumentos admirados que son Pierrot Lunaire, de Schoenberg, o Le Marteau sans Maître, de Boulez, provoca desazón y un respeto casi paralizante; algo de lo que solo se sale si se termina asumiendo que es eso y solo eso lo que pide una obra cuyo texto estremecedor puede quemar las alas de un autor que no aplique ciertas distancias.

Lo primero que notará un auditor atento ante la escucha de esta obra es que las voces no pueden evitar que el drama y la emoción se infiltren en el canto. Y el autor no ha hecho demasiados esfuerzos por evitarlo. Sin embargo, también notará que la textura instrumental de las diferentes piezas se sitúa en planos más fríos y abstractos. Esta ha sido una condición imprescindible para mí a la hora de conducir el proyecto; no es posible (no me es posible) caer en el horror de esos niños triturados o mutilados por las bombas de los que habla Aleixandre sin una red de distancia que convierta la experiencia en una generalización sin la que no resulte asumible la menor denuncia, el menor gesto de rechazo. Y, sobre todo, que esa denuncia pueda ser percibida en cualquier momento, aplicada a cualquier niño en cualquier situación.

A partir de esa decisión, la textura instrumental se ha convertido en el grueso de mi propia historia. Hay en Los niños han gritado una reutilización de obras mías anteriores casi sistemática, especialmente de obras a solo como Primavera eléctrica, para flauta en Sol, Hora Uno, para clarinete y Donc, para violonchelo. Hay también reutilización de materiales abocetados o preparados durante mi estancia en París que no habían encontrado acomodo en otros proyectos. No deja de ser curioso que las dos últimas obras citadas fueran estrenadas en París (por Iván Solano la de clarinete y por Pierre Strauch la de violonchelo).

En suma, en esta obra hay no diría que un resumen, pero sí un ajuste de cuentas con materiales que siempre había considerado que pedían más; una cierta solidaridad sonora, por decirlo de alguna manera, que solicitaba una ocasión para formar cuerpo. No me siento capaz de encontrarle un sentido a esta necesidad personal pero debo al menos advertirlo porque es un rasgo muy notable de la obra. Tampoco tiene una explicación lógica la utilización de dos cantantes, soprano y barítono, ni el itinerario elegido para el desarrollo del texto que, claro, se separa del poema de Aleixandre al seccionar una serie de fragmentos del original y disponerlo en un orden elegido por mí. Sin duda, son decisiones artísticas que se imponían por mi idea personal de la coherencia de la obra, y que solo a mí conciernen.

La obra consta de diez fragmentos o piezas, aunque el último podría subdividirse en dos atmósferas, más cuatro breves fragmentos denominados como Previos a la pieza posterior; todos estos Previos apenas alcanzan el medio minuto cada uno. Por ello, en rigor, podríamos hablar de quince números perceptibles porque los cambios instrumentales pueden obligar a breves pausas para el cambio, especialmente, la percusión. La variación instrumental es constante: dúos, tríos, hasta un sexteto en la primera pieza que llega tras un breve Previo; y, finalmente, la última pieza, la que he considerado como doble, reúne al tutti, los nueve músicos de la plantilla, siete instrumentales y las dos voces.

La obra, escrita para el Ensemble Residencia, como ya he dicho, tuvo un conato de estreno en Gijón, pero vio la luz definitivamente en el Teatro del Centro Cultural Galileo de Madrid el 13 de junio de 2011, dentro del Festival Konekt@rte Sonoro “CONEXIÓN.es” que organiza el Ensemble Neopercusión, uno de los pilares fijos de Residencias, junto al Trío Arbós. La grabación de la obra se realizó en los días posteriores al estreno aprovechando la experiencia, los ensayos y la impagable entrega del grupo de intérpretes del estreno. Sin ellos, quizá algunas de las exigencias técnicas e instrumentales de la obra podrían no haber nacido, por lo que expreso mi agradecimiento sincero a todos y cada uno de ellos, sin que deba servir de excusa la amistad personal que me une a este fabuloso grupo.

Workin’ problems (2005), violín, viola y violonchelo.

La oportunidad de realizar esta obra surgió a raíz de los actos conmemorativos del cincuentenario de la Fundación Juan March. No me resulta posible ni justo olvidar que fue en esta Fundación donde se realizó el estreno de mi primera obra, Tres noches, dentro de la añorada Tribuna de Jóvenes Compositores, en cuya primera edición de 1982 presenté mi primera partitura al público. Pero tampoco es la única razón para sentirme involucrado con la admirable institución que dinamizó la vida cultural en España (especialmente en Madrid) desde los años más duros de la predemocracia.

El concierto en el que se enmarcó lo que ha sido mi primer trío de cuerda tuvo como protagonistas al Trío Esteban Salas y tuvo lugar el 26 de octubre de 2005 en el Auditorio de la Fundación. El Trío constituyó para mí un punto de arranque formidable de cara a lo que fue al año siguiente mi primer cuarteto de cuerda, Bach is the name (2006). Si consideramos que un año después, 2007 realicé un segundo trío de cuerda, Beyond Scarlatti, queda claro que ese periodo de tres años ha quedado marcado en mi producción por la cuerda. Fue un periodo muy necesario para quien, después de todo, había realizado en sus años de estudiante un acercamiento al violín, corto, pero intenso.

Workin’ problems tiene algunas características curiosas y reseñables. No recuerdo si fue la primera vez, aunque en mi memoria ha quedado así marcado, en que utilicé una característica formal que no tiene nada de particular pero a la que he recurrido mucho luego, y es la composición en los tres movimientos convencionales, pero dejando el segundo, lento, reducido a un corto suspiro, a una suerte de palanca para atacar el tercero. Tampoco sé por qué ha sido así, pero está claro que a estas alturas me importa bien poco ese porqué.

La obra tiene también una suerte de construcción muy centrada en algo que se acercaría a una forma caleidoscópica en la que temas recurrentes se trasladan a nuevos emplazamientos, a veces incluso literalmente, para colisionar con otros fragmentos musicales. No recuerdo bien de dónde me vino la idea, pero sí recuerdo algo curioso que en su momento tuvo mucha importancia, aunque el tiempo lo ha hecho algo borroso. Cuando preparaba las ideas para la obra, recuerdo que un día cogí de la estantería el libro , de Thomas Bernhard. Llevaba años esperando ser leído y no parecía encontrar el momento de encararlo. Pero, en ese momento, recuerdo que lo leí de un tirón y a una velocidad que se me quedó marcada. No sé muy bien por qué, pero relacioné ese permanente balbuceo de las ideas del protagonista de la novela, así como la velocidad en que circulaban sus pensamientos, con gestos musicales vibrantes, a menudo histéricos o, cuando menos, nerviosos. Quizá la pausa lenta que precede al último tiempo fuera apenas una necesidad de frenar el ritmo desbocado del primer tiempo. Pero no estoy seguro ni creo que tampoco importe.

También había una idea que me dominaba, como un resto de mis torpes y apasionados trabajos con el violín: la del carácter idiomático de la textura musical, su adecuación a la naturaleza de los instrumentos de cuerda o, para decirlo con palabras de Stravinsky, que la música oliera a la resina de los arcos. Incluso la presencia, más bien modesta, de cuartos de tono, tenían como finalidad dotar a muchos de sus gestos de una cualidad casi de violín popular.

Oceánicas (1998. Rev. 2004), piano

Esta obra es la más antigua de las incluidas en esta grabación. Se trata, también, de mi única aportación a la literatura de piano por el momento. Oceánicas tuvo una intrahistoria: nació primero como un encargo del Festival Internacional de Música Contemporánea de Alicante para su edición de 1998 y su título para esa versión fue Danzas urbanas. La pieza no llegó a estrenarse por imperativos de la intérprete y quedó en mi cajón. En 2003 el pianista Ananda Sukarlan lanzó una convocatoria para organizar un ciclo de conciertos que conmemoraran el luctuoso atentado terrorista de la isla de Bali. Recordé mi pieza y pensé que su música tenía mucho más de un movimiento ligado a las fuerzas del agua que a esas danzas urbanas que evocaban en mi memoria alguna obra teatral pretérita que nada claro le decía a nadie que no fuera yo mismo. E Indonesia es el archipiélago por excelencia, y la causa era suficientemente fuerte como para no fallar la ocasión. Así que la arreglé y le conferí la versión definitiva. Y nuestro querido pianista indonesio-español, Ananda Sukarlan la estrenó en algún lugar de la cuenca oceánica (quizá Australia) sin que haya sido capaz de darme mayores precisiones.

Poco más tarde, Ananda Sukarlan me solicitó un concierto (en mi condición de director del CDMC, que ejercía entonces) que recordara el evento. También me solicitó que mi propia obra estuviera incluida. Desde el principio, y hasta el final de mi mandato, me negué a que cualquier obra mía figurara en algún programa del Centro, pero en esa ocasión consideré que la circunstancia especial podía ser un atenuante suficiente. Y cuando faltaban pocas semanas para que se produjera el concierto ?en el Auditorio Nacional de Música de Madrid? sucedieron los tremendos atentados de la Estación de Atocha y cercanías, atentados que casi hubiéramos podido escuchar desde nuestro despacho en la Plaza de Atocha, en el Museo Reina Sofía, si hubiéramos acudido una hora antes al trabajo. De pronto, el concierto dedicado al atentado de la isla de Bali conectaba con otro más cercano en un mundo que parecía incapaz de frenar la loca violencia desde la modestia de la música. El concierto, como es lógico, se celebró, tuvo unas altas cotas de emotividad y selló el compromiso de mi obra con un posible alegato contra la violencia.

Con posterioridad, Juan Carlos Garvayo ha hecho suya esta pieza en algún concierto para mí muy especial, como fue el que me ofreció el Instituto Francés de Madrid con motivo de mi nombramiento como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras [Chevalier de l’ordre des arts et des lettres] por parte del Gobierno francés. Ahora, en este disco, el gran pianista y gran amigo ha tenido la feliz idea de incluirla en un ámbito  natural, el de un panorama de reflexión contra la violencia.

Interstellar Sound (2011), violín, violonchelo y piano

Esta pieza es la más reciente de las incluidas en esta grabación. Tanto es así que el disco constituye su estreno mundial. La historia de la pieza es como sigue. La vídeoartista Ana de Alvear decidió realizar un vídeo dedicado a mí, Georges’ s Odissey, en el que unos simpáticos robots, unos juguetes realmente, evolucionaban por un planeta interestelar. El protagonista llegaba en un cohete, realizaba unos paseos, se enfrentaba a unos curiosos organismos y salvaba a un grupo de colegas atrapados en un barranco, tras lo que volvía a su cohete y despegaba del planeta.
Un día, tras un concierto, Ana le preguntaba a Garvayo si se animaría a interpretar, con su Trío, una hipotética música mía aún por hacer, incluso por pensar. Viendo su actitud positiva, yo mismo comencé a animarme con la idea, e incluso comencé a pensar que una música de juego, corta y positiva podría ser el opuesto a la atmósfera dramática y tremenda de la primera obra de esta grabación.

El resto ya fue encontrar un hueco para la composición y que el propio Trío Arbós hiciera lo mismo de cara a la grabación de la obra en el disco, además de que se grabara con la precisión rítmica adecuada como para que se pudiera incluir como música del vídeo que Ana de Alvear incluirá en su festival permanente por todo el mundo, Viva Festival. Es una música que se quiere descriptiva, en la que no falta el inevitable vals que rememora aquel grandioso momento del An der schönen blauen Donau [El bello Danubio Azul] haciendo ondular la gran nave espacial que Stanley Kubrik diseño para su monumental 2001: A Space Odyssey [2001, una odisea del espacio]. Oída como música sola, y dentro del recorrido del presente disco, a mí me sugiere justo la nota positiva final tras una caminata tensa por territorios de tragedia y dolor. Que así sea.

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