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Alia Vox | PRECLASICA Y CLASICA (1 CD)

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14,95 €

Wolfgang Amadeus Mozart
Serenatas; Nocturno


REF.: AV 9846
EAN 13: 7619986098463
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Basta escuchar la irresistible lectura que hacen Savall y Le Concert des Nations de la Broma musical (Ein musikalischer Spass K522, una parodia sobre la mala música realizada por el mejor de los músicos) para caer en la cuenta de que la aportación del artista catalán al año Mozart no será otro disco que añadir al aniversario, sino una de las más atractivas y brillantes propuestas que nos dejará el 2006. Entre los solistas, Pablo Valetti, Manfredo Kraemer y Bruno Cocset; casi nada.

FECHA DE PUBLICACIÓN
12/01/2006

INTÉRPRETES
Manfredo Kraemer, concertino
Pablo Valetti, violín II
Angelo Bartoletti, viola
Bruno Cocset, violonchelo
Xavier Puertas, violón
Thomas Müller y Javier Bonet, trompas naturales

Les Concerts des Nations
Jordi Savall, dirección


CONTENIDO
Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Serenata en Re Mayor KV. 239 Serenata Nocturna
Serenata en Sol Mayor, KV. 525 Eine kleine Nachtmusik (Una pequeña melodía nocturna)
Nocturno en Re Mayor para cuatro orquestas, KV. 286
Una broma musical, KV. 522

1 CD - DDD - TT: 72' 28

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Pese al aluvión de novedades, reediciones, colecciones y todo tipo de iniciativas y propuestas que amenazan ya, pese a no haber hecho más que comenzar el aniversario, con la temida saturación, cabía esperar que la aportación de Jordi Savall y sus conjuntos al Año Mozart fuese original, distinta, fuera del camino trillado. Pues bien, después de escuchar el sorprendente regalo mozartiano que el músico catalán, al frente de Le Concert des Nations y de un lujoso plantel de solistas, acaba de hacernos a todos los que suspiramos para que la figura del gran Amadeus no acabe resultando indigesta tras la aparatosa maquinaria del voraz mercado, hay que descubrirse una vez más y reconocer que no hay que tener miedo a repetirse cuando se cuenta con una voz inconfundible y con una imaginación capaz de renovar cualquier propuesta y de arrojar luz nueva a lo que tantas veces antes ha sido iluminado.
Savall ha decidido con buen criterio centrarse en un repertorio que es, a la vez, muy popular y muy desconocido, el de las serenatas, y más específicamente el de las serenatas nocturnas, esas piezas cuya denominación proviene simplemente del hecho de que eran escritas para veladas vespertinas, pero cuyo carácter solía ser ligero, liviano y desenfadado. Música para amenizar veladas, música de fondo en muchos casos, con los instrumentistas -cuerdas sobre todo, con algunos añadidos de metal y percusión- desplegándose en pequeñas orquestas por distintos lugares de la pieza en que se desarrollaba la reunión, en una especie de estéreo avant la lettre que debía producir, qué duda cabe, un efecto envolvente y embriagador en todos aquellos afortunados ciudadanos que pululaban entonces por los perfumados salones rococó de la aristocracia y la burguesía prerrevolucionarias. Dos de las piezas, la célebre Serenata Notturna KV239 y el Notturno KV286, son obras escritas por Mozart durante su último período en su ciudad natal, Salzburgo, poco antes de su huída definitiva del opresivo yugo del Arzobispo Colloredo y de su padre Leopoldo, para instalarse definitivamente en la cosmopolita Viena, donde pretendía ganarse la vida como músico independiente. Las dos son piezas de circunstancia en las que, sobre todo en la primera, el genio de Mozart logra trascender los propios límites del género, creando formas y melodías de inmediato efecto que todavía hoy seducen por su frescura, su amable combinación de gracia, elegancia y picardía y por el suave virtuosismo que emana de los ágiles y elocuentes diálogos entre los instrumentos solistas. La tercera de las serenatas pertenece ya al período de plenitud, y no es otra que la archipopular Pequeña música nocturna (Eine kleine Nachtmusik KV525), cuyo comienzo figura probablemente en la lista de las cinco melodías más populares de todos los tiempos, lo que en verdad es un handicap para una obra que merece la escucha atenta y minuciosa de sus cuatro movimientos, y que en si misma es una sinfonía perfecta y sutil que no se agota ni mucho menos tras sus primeros compases, sino que por el contrario ofrece al oyente todo un mapa anímico sembrado de sentimientos contrastados, que van de la euforia a la melancolía, de la confidencia al júbilo, gracias a un maravilloso juego de transiciones que nadie como Mozart, ni antes ni después, supo manejar con semejante inspiración.
Claro está que, para que estas músicas sigan reclamando nuestra atención y obteniendo nuestra incondicional entrega, necesitan de músicos que den con la clave de bóveda de su estilo, ni demasiado ligero ni demasiado pesado, pues su relación de fuerzas se acaba siempre resolviendo en un justo "término medio" que es la razón de ser del llamado estilo galante, al que sin duda se adscriben. Savall y los suyos lo entienden a la perfección, y su genio artístico, así como la sincera devoción que emana de su fascinante aproximación a estas piezas, nos revelan al Mozart más "mozartiano" que hemos escuchado en mucho tiempo. La humildad nace del genio, y solo un espíritugenial y a una infalible intuición como el del director y violagambista catalán puede acercarse a esta música de una manera en la que finalmente sea el gran Amadeus el que brille, transfigurándose todos y cada uno de los músicos, desde el primer solista al último de los componentes de esa prodigiosa formación que sigue siendo Le Concert des Nations, en pequeños Mozart cuya única misión parece que sea el mostrar el júbilo, la generosidad y esa vitalidad serena y amable que desprenden los pentagramas del salzburgués. Savall recurre a tiempos vivos, ágiles, frasea con la elegancia del que conversa con los sonidos y se sirve de ellos para matizar sin pretender imponer, evita cualquier estridencia o cualquier contraste abrupto, y así la música fluye y discurre sin casi ser sentida, como debía suceder en esos salones a los que antes aludíamos, siendo a la vez un placer sensorial y físico, y no un torneo entre virtuosos. Escúchense los refinadísimos diálogos entre los dos violines o la rotunda ya la vez matzadísima intervención de la percusión (qué grande sigue siendo Pedro Estevan) con la que concluye la Serenata Notturna para darse cuenta de que aquí lo que prima es el arte de la transición, las pequeñas inflexiones, los giros inesperados y las medias voces que hacen de esta música un diálogo sobre el diálogo.
Pero lo mejor viene al final, pues Savall decide cerrar el compacto/homenaje ni más ni menos que con la Broma musical (Ein musikalischer Spass KV522), ese grandioso ejercicio de metalenguaje en el que el más grande de los músicos decide, por su cuenta y riesgo y para correrse una juerga a mayor gloria de todos los chapuceros que en el mundo han sido, componer una pieza de música mala, o peor que mala, trivial, insignificante, torpe y desatinada. Hay que ser un gran genio para llevar a buen puerto tal proyecto, y uno puede imaginarse los esfuerzos de todo un Mozart por componer música mala, ya que en él tal cosa debía ser lo más antinatural del mundo (como si, de pronto, le pidiesen que hablase en chino), para no llegar a la conclusión de que, pese a lo paradójico que pueda parecer, nos encontramos ante una de las joyas absolutas del catálogo mozartiano. Pero, atención: hay que llamarse Jordi Savall, Pablo Valetti, Manfredo Kraemer, Bruno Cocset o Angelo Bartoletti, para sacar el máximo partido de este auténtico y genial disparate. ¿El mejor músico componiendo la peor de las músicas, los mejores instrumentistas abandonándose al insólito ejercicio de desafinar, reiterar, languidecer, desatinar...? Estamos, que nadie lo dude, ante un magistral y desopilante juego musical que nadie debería perderse, pues resulta a la vez instructivo y desternillante, iluminador y profundamente cachondo. Entre una gran cantidad de ''catástrofes'' sonoras, mencionemos sólo ese delirante Menuetto en donde las trompas parecen perder todo decoro y, temblorosas, caer en manos de la más ebria disonancia; en este caso, el buen hacer en su "mal hacer" de Thomas Müller y Javier Bonet, felizmente incorporados al mágico equipo aquí reunido por Savall, logran arrancarnos la carcajada en el momento justo, allí donde Mozart lo había predicho con exactitud de geómetra. ¿Qué mejor homenaje se le puede brindar al gran autor que desaparecer tras él, fundirse en él, ser él?. Savall y sus huestes lo logran, y nunca se lo agradeceremos bastante.

Stephanie Marshall

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