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Columna Música | RECITAL VOCAL (1 CD)

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Victoria de los Ángeles
Recitales en Tokyo, 1988-1990


REF.: 1CM 0161
EAN 13: 8429977101619
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FECHA DE PUBLICACIÓN
04/01/2007

INTÉRPRETES
Victoria de los Ángeles, soprano
Manuel García-Morante, piano


CONTENIDO
Obras de Robert Schumann, Franz Schubert, Maurice Ravel, Reynaldo Hahn, Manuel García-Morante, & Joaquín Nin

1 CD - DDD


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

El timbre, tan característico, aterciopelado y dotado de una satinada suavidad. La sonoridad, envuelta en una muy matizada, pero clara y diáfana luz emanada de una garganta preparada prácticamente desde el nacimiento, con una impostación natural y una línea de canto extrañamente madura. La luminosidad, aunque con claroscuros muy excitantes, la cremosidad y la pátina acariciadora, la tersura, de evidente sensualidad, la homogeneidad, con fácil soldadura de registros, el purísimo esmalte. Todo ellos atributos que podían aplicarse a la voz de Victoria de Los Ángeles y que nos vienen a las mientes en este momento en el que Columna Música y Diverdi se unen para difundir, de cuenta de la Fundación creada con el nombre de la cantante, una serie de grabaciones, en muchos casos inéditas, que van a aparecer en el espacio de los próximos cuatro años.
Lo cual es un lujo para el oído del buen aficionado o profesional, porque, en verdad, no siempre está uno en posición de escuchar una voz tan mórbida, de tan delicadas inflexiones. El canto en ella, debido a esa naturalidad emisora, era de aplastante espontaneidad. Victoria cantaba como hablaba, sin apreciable esfuerzo; era un acto reflejo como el de respirar. Lo que hacía pensar en una sorprendente técnica, que sin duda provenía de la propia cuna y que los buenos oficios de su profesora en el Conservatorio de Barcelona, Dolores Frau, contribuirían a ampliar, completar y mejorar.
Decía en cierta ocasión Joaquín Calvo Sotelo que la de Victoria era una "voz químicamente pura". Pronto se comprobó, incluso antes de su salida de las aulas del Conservatorio de Barcelona, que allí había una artista excepcional, de una ductilidad, de una expresividad emotiva singulares. Lo que quedó confirmado tras su debut en el Liceo, el 13 de enero de 1945, en el papel de Condesa de Las bodas de Fígaro de Mozart, un personaje que bordaba gracias a su mágico legato de violín -que daba a su canto un cierto toque instrumental-. Era en esa época, en efecto, una cantante nacida para los pentagramas del salzburgués. Así escribía al respecto Lauri-Volpi en su libro Voces paralelas: "La pureza de la música mozartiana puede dar la imagen de esta voz, límpidamente esencial, desdeñosa de la exterioridad, del énfasis, del manierismo, de la teatralidad." Un manierismo que, sin embargo, afloraría de vez en cuando al cabo de los años cuando el timbre había perdido ya frescura y el aliento no poseía la firmeza inicial. Entonces Victoria dibujaba volutas y acentos que podían llegar a rozar la afectación.
Es algo que algunos podrán detectar en ciertos momentos del disco que abre la primera entrega de esta serie, que reúne interpretaciones provenientes de cuatro recitales realizados en Tokio en octubre de 1988 y mayo de 1990, siempre con el cuidadoso acompañamiento -más bien, colaboración- de Manuel García-Morante. Escuchamos el timbre ya añoso de una mujer que había entrado hacía tiempo en el umbral de la sesentena. A esas edades, los músculos no poseen ya la elasticidad necesaria para el apoyo justo y el fiato adecuado. Pero queda el arte. A pesar de que hay frases que no pueden tener el legato preciso, la soprano las esquivaba hábilmente en virtud de una discreta respiración. A despecho de la cortedad de la tesitura, de una extensión muy estrecha, con, eso sí, un centro todavía magnífico, la artista era capaz de crecerse para orillar esos inconvenientes y para acometer, con un comienzo, es cierto, calante, una prodigiosa recreación de La muerte y la doncella de Schubert, dicha con una intensidad lírica sensacional, algo que fue en todo momento una de sus peculiaridades. Lirismo del que partía, ensombreciendo a voluntad el timbre, para acercarse a papeles operísticos o a lieder muy densos y dramáticos con una penetración rara. Alejada desde luego de los engolamientos y excesos de otros cantantes.
La gracia con la que está enunciada La trucha del propio Shubert es indudable, aunque denotemos en ocasiones, en virtud de un apoyo insuficiente, un toque tímbrico excesivamente aniñado; en todo caso, éste era un efecto del que gustaba la soprano y que a veces privaba de matices serios, adultos a ciertas aproximaciones. Pero hay algo básico en cualquier arte y en el de Victoria de manera especial: el estilo. Si no siempre al servicio totalmente fiel al de la época o del compositor, sí al de uno mismo. Estilo que equivale a estilización, a sutileza y a expresión educadamente alucinada. Como la que se desprende de esa Ave María, igualmente del músico vienés, que es una joya y que supone una novedad absoluta en disco. Los lieder de Schumann circulan por similares sendas de interpretación. El nogal nos toca de manera especial.
Siempre fue Victoria de Los Ángeles una admirable intérprete de la creación popular, a la que, curiosamente, se acercaba desde un ángulo culto, intelectual, de una musicalidad exquisita, siguiendo sus volutas con discreción. Eso la distinguía, por ejemplo, de la racialidad a flor de piel de una Supervía o del arte más urbano y espontáneo de una Berganza. El alquitaramiento de la línea, la esbeltez del sonido, la fluidez de la exposición dieron marchamo de clase singular a sus recreaciones de la música popular española, de Granados a Falla, de Turina a Obradors. Es el mismo que observamos en esta delineación de Cinco melodías populares griegas y la que aplica a las Cinco canciones catalanas de su pianista. El refinamiento es protagonista en las tres piezas de Hahn y la alegría contenida, con algunos balbuceos y desequilibrios en la emisión, la principal virtud de las propinas: El Vito y El paño murciano de Nin y El majo tímido de Granados, las tres dichas con elegante y casi aristocrático gracejo. La grabación es buena, aunque apreciamos un eco o reverberación excesivo.
Mucho más joven, por supuesto, se encuentra el instrumento en el lejano 1961, en el curso de una interpretación neoyorkina de Martha de Flotow, suerte de comedia musical romántica llena de melodías populares inglesas y alemanas, de aires de danza y de tonadas pegadizas, hábilmente ensambladas por el compositor. Aquí, en lo que es para nosotros auténtica rareza, nos topamos con una De Los Ángeles inusual, en una obra que no estaba en su repertorio y que nos es ofrecida en inglés -la historia, después de todo, transcurre en la Inglaterra de la reina Ana (1710)-, con numerosas morcillas y chistes locales, que hacen desternillarse el respetable público del antiguo Metropolitan. Victoria canta maravillosamente, con su proverbial finura, la famosa La última rosa del verano. No le va a la zaga su pareja masculina, un esplendente Richard Tucker, que entona con un entusiasmo diríamos que casi desmedido la no menos célebre M'appari, tutto amor (Ach, so fromm) -aria que procede de otra ópera del autor y que, con aquélla, se constituye en base del tejido musical de la partitura-. El tenor, descarado en la zona alta, expone sin mucho cuidado del legato, un poco a saltos, pero su timbre, y su acento, naturales y sanguíneos, enganchan. El prácticón Nino Verchi dirige desde el foso con fogosidad y buen sentido rítmico antes que con el lirismo que a veces se demanda. Buena prestación general de los conjuntos y plausibles secundarios, en especial habituales del Met como Rosalind Elias y su marido Giorgio Tozzi. Sonido no más que aceptable, pero suficiente para apreciar todo lo dicho. Aunque la voz de Victoria de Los Ángeles era la de una soprano lírica -cambiante, densa e irisada, por supuesto- abarcaría pronto otros géneros y estilos y tocaría incluso partes más propias de las mezzos: una delicada Charlotte, una Carmen curiosamente poética e introspectiva, una Santuzza de raro patetismo (ésta en disco)… Pero su reino era el de la soprano lírica. Recordemos su intensa, desvalida Mimi; su Butterfly interiorizada, aunque falta de la amplitud para una parte spinto; su soñadora y refinada Amelia (de Simon Boccanegra); su sensible y humana Desdemona, bien que sin la anchura adecuada para el concertante del tercer acto. Y, en otro orden de cosas, sus exquisitas Noches de verano de Berlioz; su Salud de La vida breve, que ponía de relieve la pureza moral del personaje. Para el lied, Victoria poseía un arte que aunaba la expresividad, a veces algo demodée, de Schwarzkopf, la ingenuidad de Seefried, la intensidad de Lemnitz o la limpidez de Grümmer. No olvidemos tampoco la finura con la que la cantante daba vida a ciertas figuras de la ópera francesa; por ejemplo, una casi infantil Margarita y una elegantísima, entrañable y cálida Manon. Y la sapiencia con la que decía la mélodie.
Para terminar recomendaremos unas cuantas e imprescindibles grabaciones: recital en la colección Lebendige Vergangenheit con arias de Mozart, Wagner, Gounod, Massenet, Falla, Granados, algunos lieder y una versión exquisita de las 7 Canciones españolas de Falla (1948, 49 y 51); Requiem de Fauré de Cluytens junto a Dieskau (EMI 566894-2, 1962); Nuits d'étè de Berlioz con Munch (RCA GD60681, 1955, más Romeo y Julieta); Las bodas de Fígaro del Met (ARLA68-A70, 1952) Pelléas et Mélisande (EMI-Testament SBT 3051, 1956), con una delicadísima encarnación del misterioso personaje femenino; Manon, en las limpias manos rectoras de Pierre Monteux (EMI-Testament SBT 3203, 1955). En lo italiano puro debemos destacar ante todo una primorosa Mimi de Bohéme, de un lirismo intenso, al lado de Björling y bajo el manto protector de un elocuente Beecham (EMI 556236, 1956).

Arturo Reverter

Con este CD, que recoge fragmentos de recitales que Victoria de los Ángeles diera en la capital japonesa entre 1988 y 1990, el sello Columna y la Fundació Victoria de los Ángeles inician una importantísima colección discográfica íntegramente dedicada a la genial soprano catalana, con mucho material inédito y, lo que es más importante, aportaciones de gran trascendencia, como por ejemplo la segunda entrega que aparecerá en breve, que recoge íntegramente una representación de Martha, de Flotow, toda una rareza en el repertorio de la gran Victoria.

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