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Orfeo | OPERA | ROMANTICA Y NACIONALISTA | SINFONICA (2 CD)

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16,95 €

Richard Wagner
Fragmentos orquestales


REF.: C879132I
EAN 13: 4011790879222


En un sello con tanto pedigree wagneriano como Orfeo no podía faltar la figura de quien hoy en día es considerado como uno de los grandes garantes de esa tradición, el berlinés Christian Thielemann. Desde que en 2000 hiciera su debut en Bayreuth  con unos Maestros que parecían, en lo musical, mirar de frente a los grandes logros de los años 50 y 60, su nombre y su estilo se asocian a los grandes directores de esa época dorada, a los Keilberths, Krauss, Knappertsbuschs, Furtwänglers…


La Novena Sinfonía de Beethoven y el Parsifal que dirigió un año más tarde no hicieron sino confirmar la impresión inicial de que era difícil encontar otro director en activo con una aproximación tan ‘natural’ a la gran tradición musical germánica del XIX, y a Wagner en particular. El estilo de Thielemann exudaba un sentido de imperiosa calma, muy en la línea de un Knappertsbusch, y la música fluía bajo su batuta dejando a los cantantes el suficiente espacio para respirar. Cuando en 2002 abordó Tannhäuser en la Verde Colina, Thielemann ya era dueño de un estilo inconfundible que logró aplicar plenamente al poder corresponsabilizarse en la elección de los cantantes. Preparó y dirigió el Anillo entre 2006 y 2010, y en ese último año añadió además El Holandés errante. De esa manera, en apenas una década había cubierto el total del canon de Bayreuth, con la excepción de Lohengrin y Tristan (aunque, por supuesto, estas dos óperas las ha dirigido a menudo fuera de Bayreuth).


En Berlín, su ciudad natal, donde fue Director Musical de la Deutsche Oper entre 1997 y 2004, dirigió todas las obras del canon de Bayreuth, empezando por un Tristan que a la postre resultaría crucial para su consagración internacional. Dirigió también Tristan en Hamburgo, Nüremberg, Bolonia y en la Ópera de Viena. El Musikverein de la capital austriaca fue el escenario en 2004 del concierto con la Orquesta de la Deutsche Oper de Berlín que ahora edita y publica Orfeo. Y lo que aquí se ofrece es mucho más que un ‘interim report’ del profundo conocimiento de Wagner que Thielemann atesoraba ya por aquellos años. En el programa estaban los preludios de Lohengrin y Tristan, así como el Liebestod de esta última, además de la Música del Viernes Santo de Parsifal. El hecho de que las partes vocales estuvieran ausentes no hacía más que subrayar el inmenso espectro orquestal, de infinitos colores, que se ofrecía. Ya en sus colaboraciones con la orquesta de la Deutsche Oper Thielemann había cultivado una muy personal mezcla de sonido que permitía extraer un intensa y radiante luminosidad del gran repertorio sinfónico y operístico alemán más allá de Wagner, de Beethoven a Strauss pasando por Marschner, Brahms, Bruckner o Pfitzner. Por esta razón, interludios orquestales como el Viaje de Sigfrido por el Rhin o la Marcha Fúnebre de Gotterdämmerung, a pesar de toda su latente ampulosidad, nunca suenan pesados o toscos bajo la batuta del berlinés, tanto en el teatro de ópera como en la sala de conciertos. De igual manera, la obertura de Tannhäuser y el preludio de los Maestros Cantores se ven animados por la cuidadosa atención que Thielemann concede a la estructura musical, a las diferentes voces de la orquesta y, sobre todo, por el poderoso y vivificante control de la graduación dinámica, del más sutil pianissimo al más poderoso fortissimo. Incluso la algo superficial y efectista obertura de Rienzi parece brillar con nueva luz gracias al vigor y a la sutileza con que está expuesta. La decisión de incluir esta ópera en cinco actos en un programa adicional del Festival de Bayreuth 2013 bajo su dirección parece aún más adecuado a la luz de esta sensacional interpretación de su obertura en Viena.


FECHA DE PUBLICACIÓN
01/10/2013

INTÉRPRETES
Orchester der Deutschen Oper Berlin
Christian Thielemann, director


CONTENIDO
Richard Wagner (1813-1883):

Fragmentos orquestales

CD 1

1 Rienzi Overture 12’25
2 Lohengrin Prelude 9’18
3 Tannhäuser Overture 14’13
4 Götterdämmerung Siegfried's Rhine Journey 13’23
5 Götterdämmerung Funeral March 9’06

CD 2

1 Parsifal Good Friday Music 11’20
2 Tristan und Isolde Prelude 11’13
3 Tristan und Isolde Liebestod 8’25
4 Die Meistersinger von Nürnberg Prelude 10’17

2 CD - DDD - 120'

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Thielemann dirige Wagner… naturalmente

Miguel Ángel González Barrio

La evolución en los últimos años de la carrera de Christian Thielemann, baluarte fundamental (único, diría yo) del Festival de Bayreuth (“aquí la única estrella está muerta”) desde 2000, titular de la Filarmónica de Munich (una relación difícil) de 2004 a 2011, de la Staatskapelle Dresden (una asociación natural que veremos lo que dura) desde la temporada 2012-13, director artístico del Festival de Pascua de Salzburgo desde 2013, ha hecho caer prácticamente en el olvido sus años (1997-2004) como director musical de la Deutsche Oper de Berlín (una relación abortada por los recortes), donde terminó de labrar su reputación como wagneriano (allí dirigió los diez títulos del canon), ya apuntada con un extraordinario monográfico en DG en 1998… ¡con la Orquesta de Filadelfia! Ya desde sus primeras grabaciones para DG, Thielemann cambiaba eclécticamente de orquesta: Filadelfia, Philharmonia, Metropolitan, Filarmónica de Viena… Con la orquesta de la Ópera de Berlín Oeste grabó apenas cuatro discos, entre ellos su imponente debut (1996), toda una declaración de intenciones (Pfitzner y Strauss), un espléndido Carmina Burana (1999) que merecería mayor difusión o esa joya que es el disco de arias de ópera alemana con Thomas Quasthoff (2002). El cuarto, recientemente reeditado, es una rareza: un recital Wagner-Strauss de René Kollo, publicado por EMI (1992). 

ORFEO incorpora a su amplio catálogo a Thielemann y rescata un monográfico Wagner grabado en vivo en la Musikverein vienesa el 28 de noviembre de 2004, con la Orquesta de la Deutsche Oper. Irónicamente, el concierto pertenece a una gira realizada cuando el director berlinés ya había abandonado la dirección musical de la institución. Una curiosidad: diez días antes visitaron Madrid (Ibermúsica) con otro programa Wagner: Primer acto de La Walkyria (Susan Anthony, Stephen Gould, Jyrki Korhonen) y escena final de El ocaso de los dioses (Gabriele Schnaut).

El concierto vienés se abrió con una lectura contenida, dignificadora, de la obertura de Rienzi.  La marcha es de una marcialidad elegante, en las antípodas del sano despiporre desmitificador, casi irreverente, de un Sinopoli, por ejemplo. Es un Rienzi visto en retrospectiva, desde el Wagner incontestable de madurez, no demasiado fiel al estilo desmedido y bombástico de la Grand Opéra. Un aperitivo exquisito, recibido con cierta frialdad general y algún bravo aislado de los T-freaks, como se conoce en Centroeuropa a los fans de Thielemann. Siguió un preludio de Lohengrin decididamente alemán: denso, oscuro, terrenal, alejado de la cegadora y etérea luminosidad mediterránea de Abbado (DG). La tendencia de Thielemann a destacar las voces intermedias rinde fruto aquí: chelos y violas, con los violines en registro agudo de fondo, aportan riqueza, densidad, actividad, a este Preludio. La retención del tempo antes del primer clímax, marca de la casa, es un guiño a la gran tradición. La obertura de Tannhäuser (versión de Dresde) marcó el punto más alto del concierto. Hay preciosismo, transparencia y precisión. Thielemann destaca las figuraciones en ostinato de los violines, y no deja que queden sepultadas por el metal. No recarga las tintas, no apura el sentimentalismo, es un romántico racional.

En los dos fragmentos del Anillo, la batuta se centra en desplegar habilidosamente el rico entramado orquestal y las bellezas de la partitura, con una respuesta orquestal suntuosa. El enfoque concertístico se traduce en tempi cómodos y un dramatismo contenido. El Viaje de Sigfrido por el Rin (espléndida la transición tras un Amanecer refinado y perezoso, con un clímax monumental) parece hecho en yate. En la Marcha fúnebre adopta un muy convincente tono de lamento sereno, hímnico, de celebración del héroe caído, sin excesos. El Encantamiento del Viernes Santo, de Parsifal, recibe una lectura muelle, delicada, fluida, de gran belleza, sin la unción de los grandes celebrantes (no lo pretende). Es un Parsifal deliberadamente laico, que se complace en la contemplación de las maravillas de la naturaleza pero no se sobrecoge ante la manifestación de la divinidad. Antes de aplaudir, el público guardó unos segundos de respetuoso silencio. Podrían aprender en Madrid. Al preludio de Tristán e Isolda le falta un punto de cocción. Es una interpretación más horizontal que vertical (Barenboim), hermosa, fluida, narrativa, muy bien tocada, pero la encuentro asexuada, algo blanda, carente de voluptuosidad. Echo en falta esas oleadas envolventes de sonido que te sumergen, te arrastran. La toma de sonido tiene parte (no toda) de responsabilidad en esto. Un detalle me llama poderosamente la atención: en 1:43 hay un audible pisotón de Thielemann, al que la cuerda responde con un pizzicato blando y desparramado que me ha recordado a Karajan. La Muerte de amor, ayuna de grandeza, epidérmica, es lo más flojo del concierto. Una labor técnica, sin alma. ¿Dónde fueron el fluctuante torrente, la resonancia armoniosa, el infinito hálito del alma universal? Por fortuna, al final hubo redención (muy apropiado tratándose de Wagner) en la propina: una vivaz y festiva Obertura de Los maestros cantores, obra en la que Thielemann carece hoy de rival. No puede imaginarse cierre mejor. El último acorde es saludado, ahora sí, por bravos entusiastas y ruidosos.

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