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Supraphon | OPERA | SIGLOS XX Y XXI (1 DVD)

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precio

17,95 €

La Pasión Griega
Bohuslav Martinu


REF.: SU 70149
EAN 13: 0099925701499
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En escenarios naturales, con exteriores auténticos y escasos interiores, Tomas Simerda filma la versión que Charles Mackerras dirigió de La Pasión Griega, última de las óperas de Bohuslav Martinu, con acierto, con sensibilidad, con arte, y como si realmente fueran esos espléndidos actores los que cantan, como si no se tratara de un añejo fonograma que se acerca a la treintena. Una oportunidad única para acercarse a una de las más logradas creaciones líricas del siglo XX.

FECHA DE PUBLICACIÓN
16/11/2007

INTÉRPRETES
John Mitchinson
Helen Field
John Tomlinson
Catherine Savory
Solistas de la Welsh National Opera, Cardiff
Prague Philharmonic Choir
Kühn Children´s Chorus
Brno Philharmonic Orchestra
Charles Mackerras, dirección


CONTENIDO
Bohuslav Martinu (1890-1959):

La Pasión Griega
Film para la televisión de la ópera
Basada en la novela de Nikos Kazantzakis Cristo vuelto a crucificar
Escrito y dirigido por Tomáš Šimerda

1 DVD - DDD

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Martinu compuso dos versiones de La Pasión griega, su última ópera. La primera estaba destinada a Kubelík y al Covent Garden, pero la rechazaron los responsables del teatro: era demasiado rara, y no por vanguardista, sino por su disposición lírico-dramática. Como a veces ocurre, la originalidad de Martinu no entraba en las vigencias de la época (estamos en la segunda mitad de los años 50 del siglo XX), y ni siquiera podía arroparse con la estética de la vanguardia de posguerra, entonces victoriosa, pero muy poco dada a la ópera. Además, Martinu tenía ya una buena edad, iba camino de los 70 años (no llegaría a cumplirlos), mientras que los vanguardistas eran entonces jóvenes leones en auge. Había nacido en 1890, mientras que los compositores de la vanguardia venían a este mundo entre 1922 y 1928. En 1981, Sir Charles Mackerras grababa en Brno para Supraphon una integral de la segunda versión de La Pasión griega, la que se representaba siempre, la destinada por el compositor a Zurich y a Paul Sacher, estrenada después de su muerte, en 1961. Aquel registro sirve de base a la película que ahora recibimos y comentamos. La lengua original de ambas versiones es el inglés, pero ese mismo año 1981 Libor Pesek grababa para el mismo sello una versión en checo, con la traducción de Eva Bezdeková. Creo que esta última no ha pasado nunca a formato CD, tal vez por lo discutido de la traducción. Por fin, en 2000 apareció el primer registro de la versión original de esta ópera, la llamada "de Londres"; la dirigía Ulf Schirmer (Koch Schwann). Las diferencias son considerables. Digamos, sin entrar en más profundidades, que la versión de Londres es "más llevadera", se atiene más a lo que suele esperarse de una ópera. Insistimos en que no es la rareza de la música, sino la disposición dramática y la ausencia de concesiones líricas lo que tal vez jugó en contra de la versión original. En cualquier caso, hoy podemos comparar ambas. Puede que algún día lo hagamos, si no se nos adelanta alguien menos perezoso.

El aficionado conoce bien las dos posturas poco menos que irreconciliables a la hora de filmar una ópera. O filmamos con los verdaderos cantantes, para darle verdad a la película, o lo dejamos. Y la contraria: o filmamos con actores de verdad, para darle a la película verdad dramática (cómica, farsesca, trágica, lo que sea), o mejor lo dejamos. Los partidarios de esta última fórmula están en retroceso en estos momentos. Hoy, la vigencia es la de la primera postura. No importa que la hija del regimiento resulte ser una ancianita con cara de bruja, el caso es que respira al cantar; no importa que el galán sea un contundente retaco, porque se le nota que canta, que no se limita a mover los labios. Algunos abusos de filmaciones que cuidaban poco la relación entre actores y voz grabada han llevado a este desencuentro; en efecto, a menudo los actores daban la impresión de que sólo movían los labios, mientras que la voz grabada se le notaba demasiado "música de fondo". Pero, caramba, la ilusión dramática es esencial en cine, y el doblaje es una constante en la historia del séptimo arte, tanto si doblas a otro como si te doblas a ti mismo.

La Pasión griega nos cuenta un episodio entre griegos, con el trasfondo de la limpieza étnica que llevaron a cabo los turcos contra los griegos en Asia Menor. Los griegos perdieron la última de una serie de apuestas nacionalistas que había comenzado un siglo antes, la de una Grecia libre e independiente, cada vez más amplia en territorio y población, en detrimento del viejo enemigo ocupante, el Turco. Todo iba bien, todo iba a ir mejor en la primera posguerra, pero ahí acabó todo: la revolución de Mustafá Kemal Atatürk fue la reacción que arrojó a los griegos al mar. Al menos millón y medio de griegos fueron expulsados de un suelo en el que hubo griegos desde hacía cuatro milenios. El movimiento de población fue enorme y traumático. En la novela de Nikos Kazantzakis Cristo nuevamente crucificado aparece todo esto de manera notoria. En la ópera de Martinu basada en esa novela no es sino fondo, más aún en la versión de Zurich que en la de Londres. Los refugiados afluyen, y sus hermanos de nación los rechazan. Todos, no. Aquellos que han sigo elegidos para encarnar durante la próxima Semana Santa a Cristo, a Pedro, a Juan, a Santiago y a María Magdalena reaccionan de otro modo. El padre Gregorio les exhorta a que merezcan el papel que se les asigna, y llegan tan lejos que el poder local, legitimado por el mismo padre Gregorio, excluirá a su héroe, Manolios; el curilla vendido o alquilado al poder anatematizará, excomulgará a ese pobre pastor, joven y hermoso, que tan en serio se ha tomado su cometido de Cristo, cuando lo que se le pedía era algo más modesto, menos llamativo, no había razón para sentir esa compasión, esa solidaridad con los desplazados por mucho que sean compatriotas. En la ópera será el encargado del papel de Judas quien dé muerte a Manolios ante la explanada de la iglesia del pueblo.

No parece necesario buscarle motivación a Martinu, el desterrado; a Martinu, el de la Checoslovaquia sometida al Tercer Reich y después a la Unión Soviética; a Martinu, el que conoció desplazados y crucificados en todas partes, y que vio cómo su propio país desplazaba a otros, como los "castigados" sudetes. No parece necesario buscar motivos para que le conmoviese tanto la novela de Kazantzakis, los tenía de sobra. Conoció la Europa de los desplazados y la Europa que crucificó a Cristo una y otra vez durante años y años. La Europa de la chusma convertida en élite gobernante. La Europa que algunos buscan hoy, guiados por ese ejemplo vanguardista que es Yugoslavia, un bonito guión a imitar, viva la autodeterminación y vivan los desplazamientos de población, la limpieza étnica, ah, qué hermosura. Eso lo conoció Martinu, lo supo, tuvo que huir, esconderse, escaparse, llegar hasta Estados Unidos. Al final, ahí estaba su país, limpio ya de gente que no hablara checo (¡lo habían conseguido por fin!) y también limpio de libertades: no quedaba ninguna. No regresó, claro.

En escenarios naturales, con exteriores auténticos y escasos exteriores, Tomas Simerda filma la versión de Mackerras con acierto, con sensibilidad, con arte, y como si realmente fueran esos espléndidos actores los que cantan, como si no se tratara de un añejo fonograma que se acerca a la treintena. Aunque el film es menos "fuerte" que la propuesta operística completa. Simerda nos ofrece una película de una hora y media, justa. La duración de la lectura de Mackerras era de 115 minutos. Los cortes son propios de una adaptación cinematográfica; o, para ser más exactos, televisiva. Es una producción checo-eslovena. Estamos ante un producto cultural bello pero heterodoxo, en el que hay mutilación del original de Martinu, si bien la obra resulta potenciada claramente por estas imágenes bellas y poderosas. La belleza de la filmación, el arte de los comediantes y lo logrado de la puesta en escena deberían pesar en el ánimo del aficionado.

Santiago Martín Bermúdez

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