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Orfeo | ROMANTICA Y NACIONALISTA | SINFONICA (2 CD)

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precio

13,20 €

Sergiu Celibidache dirige
Liszt, Ravel y Brahms


REF.: C788122B
EAN 13: 4011790788128
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FECHA DE PUBLICACIÓN
17/01/2013

INTÉRPRETES
Robert Casadesus, piano
Wiener Symphoniker
Sergiu Celibidache, director


CONTENIDO

CD 1

Franz Liszt (1811-1886):

1. Les Préludes S 97 (Symphonische Dichtung Nr. 3)

Maurice Ravel (1875-1937):

2. Concierto para la mano izquierda

CD 2

Johannes Brahms (1833-1897):

Sinfonía nº 1 en do menor op. 68

2 CD - Mono ADD (Remasterización digital) - 84'05''


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Muchos nos alborozamos todavía cuando llega a nuestras manos una nueva, más o menos añosa, grabación de un concierto de Sergiu Celibidache, aquel maestro, ya mítico en este tiempo en el que se acaban de cumplir los cien años de su nacimiento y al que, afortunadamente, pudimos seguir en la mayoría de sus actuaciones en España –con la Nacional, con la RTVE y con orquestas foráneas, la Filarmónica de Munich sobre todo– y algunas del extranjero. Su recuerdo, y sus excentricidades, permanecen en la memoria.

Hemos escuchado con atención esta nueva publicación de Orfeo, que recoge un concierto celebrado en la gran sala de la Konzerthaus de Viena el 30 de octubre de 1952, única muestra, nos informa Gottfried Kraus, de los no demasiados conciertos en Viena del director. Allí, excepto en una ocasión, gobernó siempre a la Sinfónica, a no ser en alguna esporádica visita posterior al frente de la Orquesta de la Radio Sueca. No hacía mucho, en ese mes de octubre del 52, que el maestro rumano, había comenzado su relación con el budismo zen, al que accedió tras su relación con el catedrático Martin Steinke, protector de sus primeros pasos en el estudio de los límites del raciocinio en la música, base de las teorías fenomenológicas que tan ampliamente llegaría a desarrollar con el tiempo. Para que su aprendizaje diera sus más completos frutos faltaba el contacto con Furtwängler, a quien se le había levantado la prohibición de dirigir tras su proceso de desnazificación y con el que compartió podio durante varios años. Hasta que abandonó su puesto precisamente ese año y comenzó una nueva y positiva andadura, que determinó la sublimación y síntesis de su pensamiento musical y lo colocó en una senda distinta y original, abjurando prácticamente de todo lo que había realizado hasta entonces.

Nos encontramos pues con un Celibidache de 40 años, todavía ardoroso y en buena parte insuflado de un temperamento vibrante, algo lejos aún de la fenomenología estricta y que iba más por derecho a la hora de alumbrar las estructuras sinfónicas y penetrar en los entresijos. Muchos lo preferirán a despecho de reconocer que sus interpretaciones no calan tan hondo y de que los grados de matización y sutileza, la medida y planificación de las texturas, el juego de la rítmica y las gradaciones dinámicas tenían camino que recorrer en aquella fecha. Lo que no obsta para que ya advirtamos huellas evidentes de ese futuro modo de hacer, que terminaría por definir su estilo, tan distinto al de cualquier otro director; con sus grandes virtudes y sus pequeños defectos.

Sea como sea, lo que se esconde en estos dos discos es impresionante, a lo que ayudan la muy digna toma sonora de la radio y la excelente prestación de la Sinfónica vienesa, es cierto que de sonoridad menos fresca y sedosa en las cuerdas y de redondez y empaste menos rotundos que los que califican a la Filarmónica de la misma ciudad. Pero Celibidache, ya por entonces, sabía cómo obtener la mejor respuesta tímbrica, el más hermoso espectro acústico de los conjuntos en los que ponía su mano. Y lo apreciamos singularmente en la soberbia actitud de los instrumentistas, unidos como uno solo, en los claroscuros, en la exactitud métrica, dentro de un discurso pleno de accidentes y llevado en volandas gracias a la administración de un rubato milagroso que hacen tan excitante la versión del Concierto para la mano izquierda de Ravel. Los aires de tenebrosa marcha que animan la parte central de la obra nos levantan del asiento.

Pocas veces se da una introducción tan lóbrega de esta fenomenal partitura, en la que la oscura luz se va abriendo paso paulatinamente en pasaje vecino al de La Valse del mismo compositor. Y en raras ocasiones encontramos una conexión, en el fondo y en la forma, entre el tutti y el solista, aquí un experimentado y conocedor, contundente y al tiempo delicado Robert Casadesus, en la plenitud de sus 53 años. Ajustado, elocuente, vigoroso, expresivo y fantasioso. Una interpretación magnífica, sin un solo fallo y que no tiene parangón con ninguna de las que el pianista grabara, antes y después, en estudio y en concierto. Y, desde luego, más convincente y atenta a lo escrito que la que, en Viena también y 20 años antes, había ofrecido el dedicatario, Paul Wittgenstein, artista de mucha menor firmeza y exactitud. Así nos lo cuenta Lennart Schneck.

Ya en esta recreación advertimos cómo Celibidache maneja los planos y cómo acierta en las progresiones en busca de esos contrastes tan definitorios, logrados a veces por la manera de destacar un timbre o una voz determinados. Las trompetas se abren paso entre la niebla en los clímax más virulentos, concediendo una pátina especial a los forte. Algo que ilustra asimismo la exposición de Los Preludios de Liszt, que oscila entre la soberana y lenta majestuosidad de los compases iniciales, tras los misteriosos pizzicati, y el valor cantabile y lírico de los tramos centrales. El cierre, siempre con la transparencia como norma, es fulgurante. Como lo es el final de la Sinfonía nº 1 de Brahms, luego de una primorosa realización instrumental y de un trabajo constructivo impecable. Una versión más animada, ligera, vibrante y juvenil de las que con posterioridad hemos tenido oportunidad de escucharle al director, habitualmente más densas y reflexivas, más rotundas y robustas; aunque la minuciosidad y el valor dado a los acordes, con las voces más expresivas en primer plano, aun a fuer de acentuar la sensación de disonancia y el carácter más dramático que lírico, ya estaban ahí. Los contrapuntos, tan importantes en la escritura brahmsiana, quedan permanentemente destacados.

Arturo Reverter

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