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Glossa | OPERA | PRECLASICA Y CLASICA (2 CD)

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27,90 €

Sémiramis
Charles-Simon Catel


REF.: GCD 921625
EAN 13: 8424562016255
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FECHA DE PUBLICACIÓN
25/07/2012

INTÉRPRETES
Choeur et Orchestre du Concert Spirituel
Hervé Niquet, director


CONTENIDO

Charles-Simon Catel (1773-1830):

Sémiramis
Tragédie Lyrique, París, 1802

CD 1

1. Ouverture
2-14. Acte premier

CD 2

1-18. Acte deuxième
19-31. Acte troisième

2 CD - DDD - 35'19''+70'02''

 


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Charles-Simon Catel, nacido en Normandía en 1773 (o quizá en 1770), estudió composición con Gossec, abrazando muy joven la causa revolucionaria: a partir de 1791 compuso numerosos himnos para la Guardia Nacional y en 1795 fue nombrado profesor de armonía y contrapunto en el recién fundado Conservatorio de París. Autor de un Tratado de armonía que se convirtió en un texto didáctico muy apreciado durante años, en 1802 se sintió tentado por la escena; entre sus diez óperas destaca, además de la que aquí nos ocupa, Les bayadères (1810), cuyo estilo anuncia la futura grand opéra, de la que Spontini se había convertido en precursor con títulos como La Vestale y Fernand Cortez.

Estrenada el 4 de mayo de 1802 en el Théâtre de la République et de les Arts, nombre que adoptó la Ópera de Paris durante el período revolucionario, Sémiramis suponía un serio intento, por parte de su novel autor, de recuperar la tragédie lyrique anterior a 1789, tras unos años en los que ésta había cedido su puesto a un género mucho más popular, de intención moralizadora y de edificación patriótica, basado en las formas y la estética de la opéra-comique.

Desde la Semiramide de Francesco Sacrati (Venecia, 1648) a la de Manuel García (México, 1828), las óperas que abordan el tema de la legendaria reina asiria superan el medio centenar; en el siglo XVIII sus fuentes argumentales siguen dos líneas básicas: las que recurren a Metastasio, autor de una Semiramide riconosciuta para Leonardo Vinci (1729), ampliamente reutilizada durante casi un siglo; y las que trazan su origen en la tragedia de Voltaire (1748), de la que deriva la más conocida y genial de todas ellas: nos referimos, claro está, a la debida a la pluma de Rossini, estrenada en La Fenice veneciana en 1823.

De filiación volteriana es también la Sémiramis de Catel, pero pese a la familiaridad de situaciones y personajes entre ambas, las dos obras no pueden ser más distintas entre si: todo cuanto de monumental, con sus cuatro horas de duración y su hipertrofia de las formas, caracteriza a la versión rossiniana, ha desaparecido en la de Catel, que en hora y tres cuartos va derecha al núcleo de la historia, sin permitirse otra disgresión que un breve ballet al final del primer acto; junto a los tres personajes básicos de la trama –Semíramis, el héroe Arsace y Assur, el “malo” de la historia– Catel confiere protagonismo musical, con plena lógica dramática, a la princesa Azema, que Rossini convertirá en un personaje decorativo, casi silente, mientras enriquecerá con dos grandes escenas a un personaje dramáticamente inane como Idreno, ausente en Catel.

Esa intención de ir directamente y sin rodeos al desarrollo de la esencia del drama que caracteriza el libreto de Philippe Desriaux es servida por Catel con una música que hoy nos puede sorprender por su atrevida modernidad. Alejada del hedonista melodismo de los compositores que en el reinado de Luis XVI habían cultivado la tragédie lyrique, especialmente los italianos Piccinni, Sacchini o Salieri, la ópera de Catel basa su fuerza expresiva en una orquestación sombría que desde el sostenido acorde inicial de una obertura que evoca lo mejor del clasicismo vienés (obertura de Don Giovanni, el joven Beethoven), nos hace experimentar una conmoción que anticipa el trágico desenlace. Y, junto a ese color orquestal (cuerdas graves, cobres), una armonía atormentada y unas líneas melódicas de gran fuerza dramática son las bazas jugadas por el autor, a las que se suman un recitativo formidablemente potenciado por la orquesta, abundantes escenas corales y breves pero efectivos ensembles–mientras arias y dúos resultan más convencionales aunque no carentes de inspiración–, todo impregnado de una urgencia que nos lleva en volandas por la historia, sin buscar recrearse en el efecto de una situación o en un hallazgo particularmente feliz. Y sería precisamente esa novedad de escritura, que utilizaba lo mejor de la tradición postgluckista abriéndolo hacia el horizonte de la ópera romántica, unida a las intrigas académicas provocada por los enemigos del nuevo Conservatorio y a un insatisfactorio reparto vocal, lo que condenó al fracaso a la obra que, calificada de savante, obtuvo no más de veinte representaciones.

Al frente de Le Concert Spirituel –orquesta y coro– y un conjunto de cantantes poco conocidos (a excepción de la Semíramis de Maria Riccarda Wesseling) pero perfectamente entrenados y adecuados a las exigencias que el género demanda, Hervé Niquet vuelve a demostrar su dominio del estilo y su enorme comunicatividad. Una magnífica sorpresa, un formidable descubrimiento.

Santiago Salaverri

 

First performed at the Paris Opéra in 1802, Sémiramis by Charles-Simon Catel is an example of the revival at that time of the tragédie lyrique inherited from Gluck. A work with a touch of exoticism (Babylon), expressing the pathos of isolation, but also with pomp in its ambitious finales, the work bade farewell to the ‘Louis-XVI style’ and announced, in a neo-Classical style, the grand opéra of the Romantic period. But it came at a time of polemics between supporters and detractors of the new Paris Conservatoire, where Catel, at that time professor of harmony there, had made so many enemies that the audience pit at the Opera was bristling with vengeful hostility when the curtain rose on the first act...

Hervé Niquet and his Le Concert Spirituel, this year celebrating its 25th anniversary, continue with their untiring rehabilitation of forgotten tragédies lyriques (we might recall here their Callirhoé by Destouches, Sémélé by Marais, Proserpine by Lully and Andromaque by Grétry) with this recording of Catel’s Sémiramis made during the course of the Festival de Radio France, in Montpellier, in July 2011. The typical skill of Niquet when it comes to selecting singers – among who shine here are Maria Riccarda Wesseling and Andrew Foster-Williams – further helps to make this new operatic release a stimulating surprise for all lovers of the best in French music.

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