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Orfeo | OPERA | PRECLASICA Y CLASICA (3 CD)

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29,85 €

Las bodas de Fígaro
Wolfgang Amadeus Mozart


REF.: C856123D
EAN 13: 4011790856322



FECHA DE PUBLICACIÓN
25/04/2012

INTÉRPRETES

Tom Krause, Il Conte d'Almaviva
Anna Tomowa-Sintow, La Contessa
Ileana Cotrubas, Susanna
José van Dam, Figaro
Frederica von Stade, Cherubino
Jane Berbié, Marcellina
Heinz Zednik, Basilio
Kurt Equiluz, Don Curzio

Orquesta y Coro de la Ópera de Viena
Herbert von Karajan, director



CONTENIDO

Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791):

Las bodas de Fígaro
Ópera en cuatro actos
Libreto de Lorenzo da Ponte

3 CD - ADD / Stereo Digital - 171'57''


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

No se había escuchado una cosa igual. Algunos asistentes, los menos, recordaban el maravilloso cuarteto Andrò, ramingo e solo de Idomeneo, que habían oído en el estreno muniqués de 1781, ejemplo extraordinario de combinación de voces y de expresión simultánea de sentimientos; incluso puede que en la sala hubiera quien rememorara alguno de los concertantes trazados de mano maestra por Haydn en óperas estrenadas en Esterháza años antes como La vera costanza, La fedeltà premiata u Orlando paladino, sin duda ilustres antecedentes de los perfilados poco después por mi padre. Pero nadie, en efecto, estaba por entonces en condiciones de prever que se llegara a tal perfección y a una longitud similar como las alcanzadas en el prodigioso Finale secondo de Le nozze di Figaro, la ópera que, yo incluido, escondido allá, en un palco noble, tuvimos ocasión de seguir en la histórica y triunfal función de 1 de mayo de 1786 en el Burgtheater de Viena.

Porque, y ahora veo todavía con más claridad la magnificencia del número, ese cierre de acto se extiende por espacio de 937 compases en una duración que oscila, según el tempo, entre los 20 y los 23 minutos. Dotado ya desde hace años de cierta capacidad de análisis, al placer de la escucha, de la sensación pura, se une el intelectual de destripar una tan compleja estructura, en la que se mueven hasta ocho personajes y se suceden hasta diez cambios de compás y constantes modificaciones de tempo y armonía. Una ordenación soberana de tonalidades y de coloraciones orquestales y vocales, de tal modo que los entresijos de la cómica trama quedan descubiertos de manera paulatina en un tourbillon postrero que levanta del asiento.

Eso es lo que me ha sucedido a mí esta mañana, tras escuchar, con mi vieja partitura manuscrita en mano, ese finale en la más reciente interpretación discográfica, una recuperación estupendamente reprocesada de lo que siempre, según los afortunados espectadores y la prensa del momento, se consideró una modélica recreación, recogida impecablemente por los micrófonos de la Radio austriaca, desarrollada en el escenario de la Staatsoper de Viena el 10 de mayo de 1977. Suponía el regreso triunfal de von Karajan al coliseo luego de largos años de enfurruñamiento mutuo. Yo conocía el antiguo registro de 1950 de la misma batuta, aunque, lamentablemente, sin recitativos. Lástima, en efecto, porque el equipo vocal era formidable, bien que discutible en algunos puntos, con Schwarzkopf, Seefried, Jurinac, London y Kunz. Ahora que conozco ya la interpretación posterior he de decir que no le va en zaga a la precedente y que supera a la moderna de estudio del propio director salzburgués. Evidentemente le quedan leguas para llegar a la jugosidad, la autenticidad, el agreste sabor y la ligereza de la inaccesible del estreno vienés, donde figuraban cantantes tan extraordinarios como Bennucci, Mandini, la Laschi, la Bussani… o la Storace. La inglesa Nancy Storace, una Susanna única, tan delicada como sensual. Siempre se dijo que Wolfgang, enamorado como un colegial, había tenido un lío con ella. A mí no me consta. Yo andaba muy despistado en aquella época, enredado con niñas de mi edad y jugando al aro vienés. Pero, conociendo a mi progenitor, la verdad, no me extraña en absoluto. La chica era un bombón; y además cantaba como los ángeles.

Como sin duda hace en esta versión de 1977, y ya es hora de que hable de ella, que para eso me paga mi amigo Salaverri, la gentil Ileana Cotrubas, que delinea con una sutileza magnífica la sensacional siciliana Deh, vieni, non tardar. Es cierto que la soprano rumana nunca tuvo una voz divina, un timbre de esmalte o carnosidad tan reconocibles como una Freni, mi preferida en la parte, o una Moffo –guapa cantidad– o, si se quiere, una Seefried. Pero es despierta y ágil, cuca e inteligente y desarrolla un sentido de la comicidad muy serio, valga la paradoja. Tiene en el Figaro de José van Dam un buen compañero. La voz de este belga era un tanto adusta, aunque muy bien emitida, sólida, algo débil en graves, empleada con justa técnica y expresión muy justa. Cantante siempre regular y hasta cierto punto intencionado, borda sus dos arias y otorga prestancia a los conjuntos.

La pareja noble es asimismo de alto copete, como corresponde. Tomowa-Sintow, que descubrí durante mis primeros años en Madrid en una representación de Così fan tutte, creo que de la Ópera de Berlín Este, tenía por entonces un timbre cremoso, envuelto en interesante penumbra, y cantaba con gusto exquisito. Fraseo lógico, sin la depuración última, como demuestra una exposición falta de ensimismamiento de Porgi amore. Algún agudo dotado de aspereza no quita méritos al esplendor de una voz singular y a una dicción elegante. Su marido en la obra es el finlandés Tom Krause, actualmente me parece que al frente de la cátedra de canto Ramón Areces de la Escuela Reina Sofía, un barítono oscuro, tonante, de emisión más bien ruda y relativa expresividad. Su voz siempre me resultó cavernosa y en ciertos puntos desagradable. Pero no hay duda de que, sobre todo visto a día de hoy, era un artista eficaz. Lástima que no acierte a expresar con la finura deseada su petición de perdón a su mujer en la escena final.

Muy bien Frederica von Stade. Sin los recursos ni el terciopelo de la Berganza, es un Cherubino juvenil y presto, refinado y hasta sutil. Bastin, Berbié, Zednik –malintencionado Basilio–, Equiluz, Kelemen y Perry completan un excelente reparto. Todos aparecen dominados, claro, por el sabio gobierno de don Heriberto, como le llama Dorotea, la mujer de mi primo de Alcalá de Henares (sus ancestros eran de Coburgo, pero vinieron a parar a esta localidad castellana; pero esa es otra historia). A lo que vamos, Karajan marca unos tempi firmes pero elásticos, he ahí el secreto del rubato. Su dirección es animada y desentrañadota, fluida y precisa y tiene verbo, elocuencia a raudales. Y, por supuesto, todo está en su sitio. Como debe ser. Orquesta de muy rico espectro que refulge cuando debe. Espléndidos recitativos. He ahí otro de los secretos, mi padre me lo dijo mil veces, de una buena recreación lírica de cualquier ópera salida de su mano.

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