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Supraphon | CAMARA | SIGLOS XX Y XXI (1 CD)

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precio

17,95 €

Sofia Gubaidulina
Integral de cuartetos de cuerda


REF.: SU 40782
EAN 13: 0099925407827
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FECHA DE PUBLICACIÓN
27/02/2012

INTÉRPRETES
Stamic Quartet


CONTENIDO

Sofia Gubaidulina (*1931):

1/ String Quartet No. 1 (1971) 21:32
2/ String Quartet No. 2 (1987) 8:03
3/ String Quartet No. 3 (1987) 17:54
4/ String Quartet No. 4 with tape (1993) 12:16
5/ Reflections on the Theme B-A-C-H (2002) 7:18

1 CD - DDD - 67'36''


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Sofía Gubaidulina  –vaya por delante que la juzgo la/el mayor músico viviente– escribió su primer cuarteto de cuerdas en 1971. Alguna vez dijo que era para ella una época conflictiva. Ciertos críticos vieron que esta obra, la más extensa de la autora en el género, constituía una deconstrucción. No es mala fórmula para definir velozmente la estética de Gubaidulina. En todo caso, la institución musical se tomó ocho años para estrenarla. Lo hizo el Cuarteto Arcis en Colonia y en 1979. Luego vinieron sucesivos encargos, completando los cinco de este compacto. Hasta ahora conforman su tarea cuartetística. Habría que compararla con la de Shostakovich, en el sentido de ser como un solo cuarteto por entregas. Hoy no toca.

El cuarteto es un excelente escenario para contraer al máximo la expresión musical. Escueto de dispositivo, modelo en miniatura de sinfonías y conciertos, concentración de la forma sonata, orquesta mínima, coro sin palabras, en fin cuanto se quiera decir sobre la síntesis y el fulcro de la composición musical. En este primero suyo, Gubaidulina se expone al explorarlo. Se explora, por mejor decir. Como las partituras hermanas, consta de un solo movimiento pero dentro del cual caben las expresiones de los números clásicos, en ráfagas, en rachas, en rapsódicos aprontes. Son como una serie de lentos preludios, en el sentido etimológico de la palabra pre-ludio: lo que antecede al juego. Quizá proclamen que la música de este tiempo es la música que no puede ser, que tiende a ser, que trata de ser, que anuncia un ser indecible e inaudible. O los dispersos restos de una música que fue.

Ciertamente, hay parecidos de familia. Hay atonalismo sin dogma, momentos no tonales que se oyen como frases de una tonalidad irresuelta, breves esquicios melódicos que recuerdan al maestro de estas astucias, Alban Berg. Hay trémolos, pizzicati, notas tenidas y largos pedales, efectos de cadencias interrumpidas (¿recuerdan a un tal Robert Schumann?), modulaciones incompletas (¿y a tal Richard Wagner, que nunca escribió un cuarteto?), en lo vertical: alternancia de consonancias y disonancias, unos esquicios melódicos de amplia ambición que bien podrían haber sonado en un arrobamiento concertístico romántico, pedazos de movimientos rápidos y de cantos explayados, una arlequinada de teatro y un himno de templo, en fin: el paisaje tras la batalla, la primorosa ciudad bombardeada.

Se podría decir que todo esto aparece en la historia de la música contemporánea. Sí, pero la constelación es personal, el resultado no puede ser sino Gubaidulina. Buscar dónde reside el truco es vulnerar el misterio. Dejémoslo ahí, donde reside la música, en el misterio que no deja nombrarse. Quien lo probó lo sabe, según dice Lope.

El segundo cuarteto es un movimiento aislado y relativamente corto, que desarrolla un solo ostinato. Deja en el silencio los otros tres movimientos de una obra que jamás oiremos completa. Data de 1987 y no falta quien crea que, entre tanto, Sofía dudó en escribir más cuartetos, que esto lo hizo para probarse. La prueba resultó. La serie fue continuada.

El tercer cuarteto, también de 1987, en vez de acudir al discurso que se interrumpe del primero, o al fragmento aislado del segundo, opone dos extremos que se concilian en la unidad simbólica. Empieza con un juego de pizzicati que evoca un scherzo. Luego, las secciones del cuarteto dialogan como si deliberasen y alteran su temperamento, frasean en legato, una ligazón con algo por venir y que resulta ser una culminación hímnica. Lo buscaban sin saberlo y hallarlo constituye una revelación.

Hay siempre en Gubaidulina pequeñas células melódicas, definidas y sin despliegue, que se pueden escuchar como tonales irresueltas o muy raramente resueltas. Si recordamos a los fundadores del cuarteto, Haydn y Boccherini, y al primer ilustrísimo seguidor Mozart, comprobaremos que es un recurso clásico y que Sofía lo rescata como reconocimiento imperecedero y como homenaje. Faltaba más.

El cuarto cuarteto (1993) cuenta con una referencia literaria y es la admiración de la autora por T.S. Eliot, autor de un poemario llamado, justamente, Cuatro cuartetos. Gubaidulina se pregunta, gracias a Eliot, sobre el enigma del presente, que apenas se habita, pasa de largo y resulta, por lo mismo, evidente e inaprensible. Por armonizar con las inquietudes religiosas de la compositora, vale recordar a San Agustín, que entendía el paso del tiempo cuando lo vivía y no cuando debía explicarlo. Por las mías, replico: el presente se atrapa en la música porque ella siempre vuelve a estar presente, con lo cual, los tres, Sofía, Thomas Sterne y Agustín, tienen razón.

Es una obra híbrida, en el sentido de que mezcla lenguajes, ya que las agrias disonancias de los arcos se juntan con las precedencias poéticas, el juego de unas pelotillas de goma contra un encordado de hilos en el suelo (aquí se lo reemplaza por una cinta magnética) que semeja un címbalo de juguetería infantil, y una batería de luces que, desde luego, no vemos. En el primer cuarteto también hay un añadido espacial, ya que los músicos deben desplazarse de modo apenas perceptible, durante la ejecución, de forma que los puntos de emisión sonora se alteran. Personalmente, prefiero pasar de toda esta escenificación y, gracias al compacto, concentrarme en el sonido.

El quinto cuarteto (2002) es una reverencia ante Bach, un comentario a un tema extraído de El arte de la fuga. Sofía lo deforma, lo reforma y termina conformándolo, de manera que ella acaba siendo Bach y Bach acaba siendo ella. A lo largo de estas líneas he observado cómo Gubaidulina se vale de elementos hereditarios de la historia musical y, al recrearlos, los reaviva y los torna originales. La música siempre está en el origen de lo que hace, porque el origen de toda nuestra simbología es musical. En el principio era el verbo pero el verbo está hecho de sonido y es posible que la clave fundacional de la Creación haya sido un ejercicio de solfeo.

Gubaidulina ha dicho de sí misma que es una respuesta en busca de una pregunta. La respuesta, claramente, es la música. Estamos buscando con ellas dos, Sofía y su arte, la pregunta. Cuando repaso Las siete palabras que Sofía articula con la ayuda de un acordeón, el instrumento de las tabernas, creo que también en las tabernas se escucha la Palabra, es decir la vibración del dicho redentor. Redimir la palabra por medio de la música, volver a su vivaz manantial, aunque sea en la pringada penumbra de una taberna.

Blas Matamoro

 

Sofia Gubaidulina, one of the most distinctive composers of the present time, says that she is “a daughter of two
worlds, whose soul lives in the music of both West and East”. From her father’s side, her life was entered by the
world of Islamic culture, while her mother introduced her to Christianity, in which she found her identity in the
Orthodox faith. An attentive interpreter of the first complete recording of Sofia Gubaidulina’s string quartets
is the Stamic Quartet, an ensemble continuing the illustrious tradition of the Czech quartet school. On the occasion of the CD’s release we asked the Stamic Quartet’s Josef Kekula a few questions.

Can you describe the Stamic Quartet’s encounter with Sofia Gubaidulina’s music?

The encounter with Sofia Gubaidulina’s music was a great adventure and challenge for us since above all we had to
master a musical language that was new to us or, better said, the many sonic finesses in which her compositions
abound. And I have to admit that they were often difficult, both in technical terms and when it comes to sonic imagination. But particularly beautiful was ascertaining that string instruments possess infinite sonic possibilities. The recording primarily differed from that of traditional pieces in the case of the 4th quartet with tape, which the composer dedicated to the Kronos Quartet. First it was necessary to play the individual sections in a non-traditional manner, using rubber sticks specially made for the purpose. And only then the “live” quartet itself, significantly different in tempo… We were pleased that the effects applied do indeed serve a purpose, that this exceptionally novel and experimental music is fed from folk-music sources…

Have you met the composer in person?

Unfortunately we haven’t met her, even though she has visited Prague in the past. Perhaps we will one day have the opportunity.

What have the Stamic Quartet lined up for this year?

For several years now the Stamic Quartet have been involved in the EuroArt Prague International Music Festival project, within which we have performed the complete Sofia Gubaidulina quartets. We are preparing to collaborate with other artists too; for example, the pianist Malcolm Martineau and successful participants in international competitions, in September with Arta Arnicane and in December with the horn player Premysl Vojta, with Schubert’s Octet awaiting us. This year, in addition to scheduled concerts in, for example, Germany and Switzerland, the Stamic Quartet will also be performing in Japan and Lvov, Ukraine. Within other projects, we are planning to perform in Prague works by New Zealand composers: the London-based Gillian Whitehead and the recently discovered Richard Fuchs.

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