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Orfeo | INSTRUMENTOS | SIGLOS XX Y XXI (1 CD)

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17,95 €

Benjamin Britten
Las suites para violonchelo


REF.: C835111A
EAN 13: 4011790835129
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FECHA DE PUBLICACIÓN
03/05/2011

INTÉRPRETES
Daniel Müller-Schott, violonchelo


CONTENIDO

Benjamin Britten (1913-1976):

Las suites para violonchelo

Suite nº 1, op. 72
1 Canto Primo. Sostenuto e largamente 2’36
2 I Fuga. Andante moderato 4’06
3 II Lamento. Lento rubato 2’40
4 Canto Secondo. Sostenuto 1’15
5 III Serenata. Allegretto: pizzicato 2’14
6 IV Marcia. Alla marcia moderato 3’44
7 Canto Terzo. Sostenuto 2’11
8 V Bordone. Moderato quasi recitative 3’10
9 VI Moto perpetuo e Canto Quarto 3’29

Suite nº 2, op. 80
10 I Declamato. Largo 3’52
11 II Fuga. Andante 3’34
12 III Scherzo. Allegro molto 1’46
13 IV Andante lento 4’43
14 V Ciaccona. Allegro 7’05

Suite nº 3, op. 87
15 I Lento 2’42
16 II Marcia. Allegro 1’51
17 III Canto. Con moto 1’28
18 IV Barcarola. Lento 1’39
19 V Dialogo. Allegretto 1’51
20 VI Fuga. Andante espressivo 2’51
21 VII Recitativo. Fantastico 1’11
22 VIII Moto perpetuo. Presto 0’50
23 IX Passacaglia. Lento solenne 4’56
24 X Molto semplice 4’32 

1 CD - DDD - 70'33''

 

 


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Repetía Sir Georg Solti que él era un intérprete, no un creador. El intérprete es necesario, imprescindible, tanto en música como en artes escénicas. Para ser intérprete hace falta un aprendizaje largo, duro, y amplias capacidades artísticas. En música lo tenemos más o menos claro: hay que respetar al compositor, su partitura, su intención, sus ideas. Lo haremos mejor o peor, pero lo haremos. Al menos, mientras no venga algún intérprete de teatro que quiera hacer suya esa obra. Es decir, en teatro lo tenemos menos claro: el pupilo quiere ser tutor, y hasta los gatos quieren zapatos. En música puede darse todavía el encuentro entre un intérprete y un compositor, aunque la verdad es que el gremio creativo anda un poco desacreditado últimamente; en general, quiero decir. Este CD nos muestra el resultado de uno de esos encuentros, hace años, allá por la década de los sesenta. Fue cuando, a iniciativa de Dimitri Shostakóvich, se conocieron Benjamin Britten y Mstislav Rostropóvich. Hay una famosa foto de Galina, Slava, Pear y Britten muy abrigaditos en la Plaza Roja de Moscú, con San Basilio al fondo, y a un lado el Kremlin. O eso creo recordar, porque no la tengo. En cambio, tengo delante otra, con ellos cuatro, en un automóvil. Slava va detrás; Galina, de copiloto; conduce Britten. De pie, fuera, está Pears. Qué jóvenes están, da gusto. Queda mucho tiempo para que muera Benjamin. Muchísimo le queda todavía a Peter. A Rostropóvich le quedan cuatro décadas y pico de vida. Galina vive todavía hoy, felizmente. El caso es que el intérprete está contento de que el creador componga obras para él, y el creador está feliz de que un virtuoso de la categoría de Slava Rostropóvich acepte esas obras y las toque.

Entre las diversas maldades que se atribuyen a Pierre Boulez, una de ellas pretende que, hablando alguien de Britten, el entonces enfant terrible dijo: “¿Pero no hablábamos de compositores?” No, no era puta envidia, no crean. Boulez ha resultado ser un musicazo insuperable, muy buen compositor y enorme director de orquesta. Era otra cosa. Se trataba de quitarse de en medio a la competencia. Cada cual lo hace a su manera. Tienes que ser vanguardista, o, si no, no eres nada. Aunque, la verdad sea dicha, “soy yo quien define quién es vanguardista”. Si esto lo escriben mis amigos, es vanguardia. Si no, es cosita convencional. Como aquel tipejo del partido socialcristiano austriaco que fue alcalde de Viena, y gran antisemita, Karl Lueger, con su estatua en el Ring y todo. Le reprochaban que, después de ganar la alcaldía (pese a que el emperador se negaba a ratificar el nombramiento, porque un representante de una de sus nacionalidades, los germánicos, se mostraba enemigo de otra de sus nacionalidades, los judíos) se tratara con judíos e hiciera negocio con ellos. “Soy yo quien dice quién es judío”. Boulez, cuando escribió aquel famoso artículo en el que venía a decir que Schoenberg impidió que surgiera un verdadero Schoenberg, más schoenbergiano, venía a declarar algo por el estilo: “Soy yo quien dice quién es serial y quién no lo es”. A Stockhausen y a Boulez se les dio bien descalificar a la competencia. No pudieron con muchos de ellos, aunque consiguieron arruinar algunas carreras. No pudieron con Dutilleux, no pudieron con Henze. Y no pudieron con Britten.

Pero este Britten de las suites para Rostropóvich, que evoca a Bach y a todo el Barroco, pero que es de un clasicismo y una modernidad incontestables, es demasiado exigente, poderoso y artista como para sufrir en exceso los embates de una vanguardia hoy bastante descreditada, et pour cause. Apreciad las obras de la vanguardia (y no siempre), pero no su ejemplo, y mucho menos a sus seguidores y epígonos, víctimas artísticas que a menudo supieron agenciarse el favor del poder local, y ahí encontraron su fortuna (vendieron su alma, o al menos la alquilaron). Britten se agenció el suyo, con su obra, con su compañía, con sus músicos, con su labor infatigable en Aldebourgh. Fue a la URSS, conoció a Shostakóvich, conoció a los Rostropóvich, y compuso cinco obras para Slava: estas tres suites magistrales, poco bachianas, música pura de quien tanto compuso para el teatro, es decir, para todo lo contrario; y otras dos anteriores, la Sonata op. 65 y la llamada Sinfonía para violonchelo y orquesta op. 68.

Son estas suites tres propuestas relativamente cercanas en el tiempo que plantean movimientos muy breves, a veces fugaces miniaturas de sonoridades que en determinados puntos nos parecen mágicas. Atención, por ejemplo, a esa imitación sonora, Bordone, hacia el final del op. 72. O a la Serenata, pizzicato, otra imitación, ahora de la guitarra. Canto, marcha, lamento… Una maravilla en seis partes, en rigor ocho movimientos, y así lo reconoce este CD, con ocho pistas para el op. 72.

El op. 80 cuenta con sólo cinco partes. El canto de la primera nos sugiere que el título trata de confundirnos: Declamato. La Fuga es magistral, y de nuevo es música pura, pero es una trama de escaso espesor, cuyo discurso deja respiro y alivio. El Scherzo es breve, las bromas deben serlo; además, es ágil y resuelto. El andante es lírico, y al canto o lamento, casi siempre en agudo, se le opone un punteo, un pizzicato (¿serenata, elegía…?). La grandeza del último movimiento, Ciaccona, necesita de amplio espacio para desenvolverse: variaciones, una otras otra, para concluir con una evocación del Declamato inicial. Ah, caramba…

El op. 87 cuenta con diez partes, algunas brevísimas. Las dos últimas precisan de mayor holgura y tiempo y espacio: de nuevo variaciones (Passacaglia), de nuevo un canto elegíaco para culminar, y aquí además para concluir (Molto semplice).

Empiezan a abundar los chelistas ambiciosos que se atreven con estas obras de Britten. Daniel Müller-Schott parece, con tres escuchas que son un placer a medida que avanzas en ellas, de un rigor, una gracia, una comprensión insuperables. Hay otros, sin duda. Pero Müller-Schott nos ha conquistado por su sentido del canto y por la manera en que despliega y desgrana las tramas más complejas… que no son tantas, puesto que Britten parece preferir la sencillez de la línea a la acumulación de las verticalidades. En fin, un recital de una musicalidad riquísima y un virtuosismo que no busca la espectacularidad, sino el gozo de los sonidos y la propuesta de sentidos de eso que suena. Viva Müller-Schott.

Santiago Martín Bermúdez

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