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Orfeo | OPERA | ROMANTICA Y NACIONALISTA (2 CD)

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precio

16,95 €

El holandés errante
Richard Wagner


REF.: C692092I
EAN 13: 4011790692227
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La nueva entrega de la serie Bayreuther Festspiele de Orfeo supone la edición oficial de un clásico: el mejor Holandés errante conservado en disco. En total estado de gracia, Hans Knappertsbusch impone su concepto, arbitrario y genial, que no renuncia a la oscuridad que impregna sus aproximaciones al Anillo, a su denso sonido característico, a sus tempi amplios para, mediante la dirección más rica (nunca se ha mostrado así el naturalismo de la partitura), sugerente, dramática y trascendente, plasmar una monumental marina de fuerza irresistible. El reparto es asímismo estratosférico, encabezado por la inalcanzable Varnay y el desgarrado Uhde.


FECHA DE PUBLICACIÓN
14/09/2009

INTÉRPRETES

Ludwig Weber
Astrid Varnay
Wolfgang Windgassen
Elisabeth Schärtel
Josef Traxel
Hermann Uhde

Chor der Bayreuther Festspiele
Orchester der Bayreuther Festspiele
Hans Knappertsbusch, director


DATOS DE PRODUCCIÓN
Grabado en 1955

CONTENIDO

Richard Wagner (1813-1883):

El holandés errante

2 CD - Mono / Digitally Remastered - 2h 34'


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Bayreuth 1955: “K” vs. “K”

Prosigue Testament la publicación diferida del segundo ciclo del Anillo dirigido por Joseph Keilberth en el Festival de Bayreuth de 1955 (la reseña de El ocaso de los dioses apareció en el número 178 del Boletín). Lejos de resultar una duplicación innecesaria, este segundo ciclo está revelando un interés propio, y en La Valquiria los resultados son muy superiores a los alcanzados en el primero. El estilo sin estilo de Keilberth subyuga y convence plenamente durante la escucha. Sonido lujurioso, potenciado por la toma de sonido, ejecución pulida, exposición cristalina de la polifonía, respeto escrupuloso a las minuciosas indicaciones dinámicas y agógicas que abundan en la partitura, tempi animados y siempre juiciosos, excelente concertación y un gran reparto son garantía de un Wagner muy disfrutable. Puede que no impresione tanto como otros, que no haya momentos que queden inmediatamente grabados en la memoria. En modo alguno es así porque la interpretación sea anodina, “estándar”, sino porque Keilberth no busca dejar un sello personal. El paisaje tan familiar se nos ofrece esplendoroso y sin accidentes.

No hay altibajos en esta Valquiria, y sí en cambio una continua progresión dramática, desde los primeros intercambios de los wälsungos, envueltos en una atmósfera irreal, onírica, nada carnal ni inmediata, al tercer acto en que la orquesta de Keilberth es un magma incandescente que envuelve a las voces. Vinay cuajó el mejor Siegmund que le recuerdo, seguro, viril, heroico, con la emisión más liberada que de costumbre. La voz de Varnay no será idónea para Sieglinde (1), pero cuando ella interviene, todo se transforma, se ilumina, la música parece liberarse de invisibles ataduras y fluye, aumenta la temperatura en la escena. Es la impronta de los grandes. La Brünnhilde de Mödl, espléndida de voz, es muy humana, pasional y frágil. Es la antítesis de la Brünnhilde olímpica de Varnay, con quien se alternaba. Hotter, sublime (¡qué media voz en el monólogo!), suma un nuevo Wotan bayreuthiano a la ya extensa relación. Estupendos Greindl, Hunding paradigmático, y von Milinkovic, Fricka persuasiva y con mucho porte. ¿Qué pasó durante la última escena (CD 4, pista 3)? A partir de 3:39, y durante siete versos, ¡oímos a Varnay en vez de a Mödl! En 6:19 se oyen voces entre bambalinas, como si llamasen a alguien o le advirtieran. Al entrar en la pista 4, la dirección de Keilberth se vuelve cautelosa. Hotter y él no se entienden (1:00), y durante unos segundos hay un pequeño barullo en el que cada uno va por su lado, tratando de encontrarse. Al fin, en 1:12, un enfadadísimo Wotan dice “Und das ich ihm in Stücken schlug!”, golpea el suelo con el asta de la lanza, y todo vuelve a su ser. Un enigma.

En 1955, además de los dos ciclos del Anillo y El holandés errante con Keilberth (2), Decca grabó en el Festspielhaus, con carácter experimental, partes de Tannhäuser, un Tannhäuser “maldito”, que el año anterior salvó Keilberth a regañadientes tras la espantada de Igor Markevitch antes del ensayo general (3), y que en 1955 el pluriempleado Keilberth compartió con André Cluytens. Como bonus, Testament incluye los 37 minutos que se conservan, inéditos hasta hoy, grabados el 31 de julio y el 2 de agosto. Aunque disponemos de una función completa de 1954 del director de Karlsruhe (Golden Melodram, Archipel), que permite comparar el sólido Tannhäuser alemán de éste con el más espiritual y refinado del belga (Orfeo d’Or, Golden Melodram, Walhall), escuchando estos fragmentos, en sonido comparable al del Anillo, es de lamentar que Decca no lo grabase completo. Tras una obertura rutinaria, la bacanal, con sonido sensual de la orquesta y fraseo robusto y cantabile (la analogía con Toscanini que hace Mike Ashman en las notas está bien traída), resulta deslumbrante. Fischer-Dieskau borda la romanza de la estrella (faltan las dos primeras palabras, “Wie Todesahnung”), con magnífico acompañamiento (etéreo trémolo de los violines en el recitativo; delicados chelos en la conclusión). La audición del comienzo del tercer cuadro del último acto con Windgassen y Fischer-Dieskau constituye una experiencia frustrante: uno observa con horror cómo se agotan los segundos y en el cuarto verso de la narración de Roma se termina el disco.

La nueva entrega de la serie Bayreuther Festspiele de Orfeo supone la edición oficial de un clásico: el mejor Holandés errante conservado en disco. Knappertsbusch y Keilberth se repartieron las seis funciones. Keilberth hizo todos los ensayos, menos el general, del que se encargó «Kna», quien dirigió además las tres primeras funciones. Le bastó el ensayo general para imponer su concepto, arbitrario y genial. Estilísticamente, la dirección de Krauss, Reiner o Fricsay parecen más en sintonía con la ópera romántica de Wagner. «Kna» no renuncia a la oscuridad que impregna sus aproximaciones al Anillo, a su denso sonido característico, a sus tempi amplios (153’ por 140’ de Keilberth), para, mediante la dirección más rica (nunca se ha mostrado así el naturalismo de la partitura), sugerente, dramática y trascendente, plasmar una monumental marina de fuerza irresistible. Las olas salpican y el viento zumba en los oídos, el oyente siente los vaivenes de las naves, se embriaga con el aguardiente que beben los marineros noruegos y baila con ellos. Atención al coro del tercer acto, sin trucajes o amplificación, de un realismo y una tensión irrepetibles. Todo el reparto, espoleado por la batuta, se muestra en estado de gracia. Los dos protagonistas encarnan a la perfección los arquetipos del Holandés y de Senta. Uhde no poseía medios tan poderosos como los de sus coetáneos Hans Hotter o George London, y está algo tirante por arriba, pero el gran trágico es la imagen misma de la desesperación. Varnay, quien tampoco exhibe una línea de canto inmaculada, lo es de la abnegación. Añádanse el Daland humanísimo de un decadente Ludwig Weber, el Timonel, bellamente cantado, de Josef Traxel y, sobre todo, el Erik inigualable de Wolfgang Windgassen, que hace toda una creación de este rol menor y lo eleva hasta casi codearse con los principales. El sonido, salvo diferencias de ecualización y pequeñas dosis de estéreo artificial (reverberación añadida), que puede hacerlo algo más atractivo pero falsea la toma original (se nota, p.ej., en la canción del timonel, pista 3), no mejora sustancialmente el de ediciones anteriores. Presenta las mismas interferencias (sonido de un timbre) en la Obertura y monólogo del Holandés y cierta borrosidad y congestión en algunas partes.

Miguel Ángel González Barrio

(1)  Con Sieglinde realizó su debut absoluto. Fue en el MET, el 6 de diciembre de 1941, con 23 años. Hay grabación (Myto, Naxos).

(2)  Publicado asimismo por Testament en estéreo (SBT2 1384, ver Boletín nº 151). Teldec publicó en 1997 la versión monoaural del mismo.

(3) Keilberth abominaba del apaño de Wieland: versión de Dresde con bacanal de París coreografiada por su esposa Gertrud. Markevitch fue incapaz de coordinar el foso con la escena y, como Keilberth había vaticinado, les dejó plantados a punto de estrena

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