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Supraphon | INSTRUMENTOS | ROMANTICA Y NACIONALISTA (1 CD)

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precio

13,95 €

Sviatoslav Richter
Robert Schumann


REF.: SU 37952
EAN 13: 0099925379520
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FECHA DE PUBLICACIÓN
05/02/2008

INTÉRPRETES
Sviatoslav Richter, piano

DATOS DE PRODUCCIÓN
Grabado en Dvorak Hall, Rudolfinum, Praga el 1 de noviembre de 1959 y entre el 26 y el 28 de noviembre de 1956

CONTENIDO

Sviatoslav Richter (1915-1997):

Schumann: Fantasía en Do Mayor, Op. 17
Schumann: Waldszenen, Op. 82
Schumann: Fantasiestücke, Op. 12
Schumann: Marcha en Sol Menor, Op. 76/2

1 CD - AAD Mono - 75:17

 


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Cada vez que uno escucha una grabación de Sviatoslav Richter no deja de sorprenderse de su asombroso pianismo integral: un conjunto de cualidades técnicas -manejo de pedal, ataque, toque, apoyo, digitación- y artísticas -sentido del fraseo, dinámicas, colores, mil y un matices, exposición de acentos, elaboración de un discurso- que dan como resultado un todo de una pieza, de mil cabezas, de un espectro variadísimo, plúrime y uno. No hay pasaje, por difícil que sea, obra, por compleja que parezca su estructura, a la que no lleguen las manos y el intelecto del instrumentista ucraniano.

Es sabido que una de las características fundamentales y definitorias de un pianista es la cualidad y calidad de su sonido. Elaborar, fabricar, conseguir una sonoridad, una tímbrica, una personalidad acústica no es nada fácil y tiene que ver con la sensibilidad de cada uno, con su oído, por supuesto, pero también, y no en menor medida, con su técnica. La mente y el gusto proporcionan al respecto una información que ha de transmitirse a las manos y de éstas a las teclas. A los grandes servidores del piano se los individualiza por esa facultad para obtener la cual es preciso un trabajo de años, de repeticiones, de incansables y maratonianas sesiones de ensayo y de estudio. El legato y el manejo del rubato se obtienen a través de esos mecanismos que incorpora el artista-instrumentista. Por su sonido los conoceréis, podríamos decir. El sonido como elemento fundamental del juego interpretativo.
Muchos pianistas, la mayoría, poseen un sonido poco personal, un sonido poco elaborado, que revela una superficial forma de aproximarse al teclado. Incluso en aquellos instrumentistas de sonoridad más característica es difícil a veces apreciar sus rasgos esenciales. Pero cuando esa definición acústica se consigue y se llega a entender y a detectar, tenemos un elemento clave para juzgar el arte del intérprete, que lo puede hacer perfectamente diferenciable, a oídos conocedores o bien adiestrados, de otros colegas. Diríamos que el de Richter es un espectro de especialísimas características, de una personalidad apabullante. A la densidad y espesor de un Gilels, sobre el que escribíamos hace unos meses, añade el de Jitomir, asimismo alumno en Moscú de Neuhaus, una clarificación y una irisación de mayor belleza, una cualidad nada fácil, de convertirlo en delgado y sugerente, de replegarlo como si tocase para dentro o para sí mismo. La potencia y tensión originadas por la energía de su colega se ven mejoradas por el mayor grado de matización conseguido en cada compás. Aun recociendo que su mecanismo no era en todo momento infalible. Pero poco importa este hecho cuando la música sale, emana, se proyecta con ese calor, esa verdad, esa pasión que nunca rompe el equilibrio, muchas veces puramente clásico, de la exposición.

Hemos vuelto a reencontrarnos con el arte de Richter en estos dos valiosos discos, que proceden de lejanas actuaciones en vivo y de grabaciones en estudio de los años cincuenta realizadas en Praga. La calidad de las tomas no es excelente, pero lo que se nos ofrece nos galvaniza y nos hace olvidarnos de eso que, a la postre, para nosotros -sabemos que no para otros auditores- son minucias siempre que se distingan suficientemente, sin distorsiones graves, sin soplidos excesivos, los sonidos y su articulación. Y el ucraniano, que nada más escucharle los primeros compases nos retrotrae a los tiempos en que teníamos ocasión de seguirle en directo, nos convence una vez más; en primer lugar, por su soberano concepto del sinfonismo schumaniano. Rara vez se tiene oportunidad de aprehender una interpretación tan formidable de la Fantasía en do mayor del músico de Zwickau, que va, sin perder el norte de la espléndida construcción, de la alucinación apasionada al lirismo más sutil y al tiempo más intenso. Las Escenas del bosque op. 82, con todo su sabor paisajístico y su aire cinegético, nos llegan con calor, no sin el toque poético preciso; los mismo quela selección de las más juveniles Fantasiestücke op. 12, aireadas y elegantes.

Nunca dejó de estimularnos el completísimo y caleidoscópico Chopin de Richter. Como pocos sabía encontrar ese equilibrio entre el fraseo alado y gustoso, el canto libre y refrescante, por un lado, de extracción a veces italianizante, y la solidez y firmeza de la construcción pianística, tan importante en los Estudios op. 10 y op. 25, por otro. Pocas veces tenemos la impresión, como aquí, en esta selección -siete obras del primer opus, seis del segundo-, de facilidad, de virtuosismo trascendente. Es en estos casos cuando nos damos verdadera cuenta del genio del compositor polaco, de su detallismo, de su potencia y, también, de su delicadeza; que Richter sabe elevar al cubo en ese fraseo medido y sinuoso del nº 3 de la op. 10, Lento, deletreado con calidez, finura y un sonido de una belleza irreal, lo que no obsta para que luego escuchemos un clímax realmente pavoroso en la sección central. Estando muy atentos hemos podido detectar algún fallo, incluso una rápida nota por otra, en el tourbillon del nº 2 del mismo cuaderno, que es tocado con una velocidad que nunca desequilibra el edificio y que da buena cuenta de las semicorcheas sin pestañear. Y un logro que escasas veces se alcanza: diferenciar claramente las intensidades del nº 1, ese furibundo Allegro en do mayor. De la op. 25 nos quedamos, por destacar alguna cosa, con la sabia reproducción de notas purísimas, nítidas, auténticas y sustanciosas perlas, del nº 6.
El disco se completa con otra joya: media docena de los 24 Preludios y Fugas de Shostakovich, en los que Richter no es que fuera extraordinario, sino que era realmente único. Sólo de esta manera es posible, por ejemplo, dar relevancia a una página de un melodismo aparentemente plano, como el Allegretto del nº 6. En el nº 3 nos impresiona la claridad de la fuga, elevada a lo más alto por una fina construcción por estratos. En el Allegro del nº 2 admiramos el virtuosismo discreto, reconcentrado, vertido hacia adentro, lo que lo dota de una oscuridad y de una densidad sensacionales, muy convincentes. No cabe más.

Arturo Reverter

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