buscar

Nibius | ESPAÑOLA | PRECLASICA Y CLASICA (1 CD)

Facebook Twitter

precio

9,95 €

oferta

7,45 €

Joaquín Montero (1740 ? - ca. 1815)        
Integral para piano


REF.: NIBI 115
EAN 13: 8437015627014
24 horas: Si realiza el pedido hoy, este producto estará listo para ser enviado el martes 20/11/2018

Joaquín Montero (1740? - ca. 1815) es uno de los compositores españoles más interesantes y desconocidos del siglo XVIII. Organista en la iglesia parroquial de San Pedro el Real de Sevilla, y coetáneo de Manuel Blasco de Nebra, su reducida obra sorprende por su elegancia, sencillez y, en muchos casos, atrevimiento compositivo. El presente CD, publicado por el sello discográfico NÎBIUS, incluye su legado musical completo para tecla.

Los textos del libreto han sido escritos por el académico Andrés Ruíz Tarazona y, coincidiendo con el lanzamiento del disco, se estrenará la película-documental "Silente", del director Rubén García, centrado en la figura del compositor Joaquín Montero.

FECHA DE PUBLICACIÓN
01/02/2016

INTÉRPRETES
Pedro Piquero, piano


CONTENIDO
Joaquín Montero (1740 ? - ca. 1815) :

Seis sonatas para clave y piano fuerte, op.1
Sonata nº 1 en la Mayor
1. Adagio  5:20
2. Allegro  4:51
Sonata nº 2 en fa menor
3. Adagio  3:17
4. Allegro  4:28
Sonata nº 3 en re Mayor
5. Adagio  4:02
6. Allegro  3:51
Sonata nº 4 en si menor
7. Adagio  5:06
8. Allegro molto  5:22
Sonata nº 5 en sol Mayor
9. Adagio  3:55
10. Presto  4:16 Sonata nº 6 en mi menor
11. Adagio  3:24
12. Allegro  5:48

Diez minuetes para clave y piano fuerte
13. Minuete 1:40
14. Minuete 1.19
15. Minuete 1:47
16. Minuete 1:37
17. Minuete 2:11
18. Minuete 1:19
19. Minuete 1:17
20. Minuete 2:29
21. Minuete 1:08
22. Minuete 0:59

1 CD - DDD -  70:23

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

INTRODUCCIÓN

Muy poco es lo que se conoce de la vida de Joaquín Montero (1740 - ca.1815), probablemente andaluz y sevillano. Saldoni, en su “Diccionario biográfico-bibliográfico de efemérides de músicos españoles” nos dice que fue organista de la parroquia de San Pedro el Real de Sevilla durante la segunda mitad del siglo XVIII. La hoy céntrica iglesia de San Pedro el Real, se alzó en el barrio de la Gorgoja, uno de los límites de la antigua morería. La obra para teclado del que fuera organista de San Pedro nos da idea de su calidad como tal, pero sobre todo de su importancia en el terreno de la composición. Como compositor, Joaquín Montero representa un caso de asimilación excelente del más puro e internacional estilo clásico en el teclado de su tiempo. Su moderno editor, Linton Powell, resalta que Montero estuvo más influido que su conciudadano Blasco de Nebra por el lenguaje universal de los maestros del último clasicismo. En su “History of Spanish Piano Music”, Powell nos dice que casi todos los movimientos de las sonatas de Montero “muestran una muy lúcida estructura melódica, la cual revela con frecuencia un equilibrio de frases antecedentes y consecuentes. Los modelos del bajo Alberti o acompañamientos similares ayudan a crear movimiento y suministran un trasfondo para sus numerosas y cantarinas melodías”.

En Montero, como en su seguramente amigo Manuel Blasco de Nebra, hallamos conexiones con el arte de Carl Philipp Emanuel Bach, o cierto parentesco espiritual con Johann Christian Bach.

Estamos ante un músico más próximo al rococó o estilo galante que al impetuoso clasicismo de un Haydn o un Mozart, si bien no tiene nada que envidiar a estos en la brillante claridad de textura de sus sonatas.

¿Cómo se pueden explicar figuras tan notables como las de Blasco de Nebra y Montero en la Sevilla del siglo XVIII? Scarlatti no había abandonado la ciudad hace mucho tiempo, cuando uno y otro se pusieron a componer y además la capital andaluza seguía siendo (pese a haber cedido en 1726 a Cádiz, la Casa de Contratación, que controlaba el tráfico a América) un activo puerto comercial en el intercambio con las colonias. Lo suntuoso de los palacios de la nobleza, el esplendor de sus manifestaciones religiosas, la grandeza de los edificios (la Fábrica de Tabacos se alzó en 1757), el crecido número de habitantes, unos 120.000, hacían de Sevilla un lugar adecuado para el cultivo de las artes, eso sin contar con la herencia de una gloriosa tradición, tanto en la pintura (Velázquez, Zurbarán, Murillo...) como en la música (Morales, Guerrero, Vázquez...), por no hablar de la literatura o la escultura.

Un hecho a destacar durante el periodo en el que se desarrolla la actividad de Joaquín Montero (entre los años 1764 y 1815), es la llegada a Sevilla del Asistente e Intendente General de Andalucía, don Pablo de Olavide (1725-1803). La labor de Olavide en la modernización urbanística y económica de Sevilla es asombrosa (vid. “Pablo de Olavide ou L'Afrancesado”, de Marcelin Defourneaux, Paris, 1959), pero lo es aún más en lo cultural. Por desgracia sus intentos reformistas fracasaron ante la resistencia de los medios eclesiásticos y conservadores. La Inquisición acabará con sus ideales aperturistas. Aun así, la Sevilla ilustrada de las Academias tendrá, gracias a la culta tertulia de Olavide en su residencia del Alcázar sevillano, un lugar de expansión y cultivo de la poesía, el teatro o la música. Por allí pasará el muy joven Melchor de Jovellanos, el Conde del Águila, que poseía una de las mejores bibliotecas de Sevilla, el cardenal arzobispo Francisco de Solís, el Duque de Alba, Martín de Ulloa, que fue director de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, y otros muchos, entre ellos el canónigo Cándido María Trigueros (1736- 1798), dramaturgo y traductor del “Tartufo” de Moliére, bajo el título “La hipocresía castigada o Juan del Buen Alma”. Sabida es la pasión de Olavide por el teatro, su labor de formación de buenos actores (Grimaldi, encargado de la dirección de los teatros de los Reales Sitios, tuvo que acudir a él a ese respecto) y su afán por introducir en España lo mejor de la tragedia francesa, pese a la enemiga inquisitorial que, por ejemplo, denunció la representación en Cádiz de ciertas tragedias de Voltaire, dadas allí “con fingidos títulos y supuestas inscripciones”.

Lo que suele ser desconocido es la afición a la música del Asistente, siempre dispuesto a dar cabida en su tertulia al divino arte. Gracias al viajero inglés Twis (“Travels in Spain”, 1772-73) sabemos que Olavide, en su mansión de los Reales Alcázares, tenía mesa dispuesta para los quince o veinte invitados que recibía diariamente. “Cada semana –dice Twis– tenía lugar una academia de música, donde se escuchaban las últimas obras francesas e italianas”. Nosotros añadiríamos que también las españolas, pues por aquella brillante tertulia, cuyo salón presidía Gracia Olavide, la atrayente y cultivada hermanastra de don Pablo, pasaron muy probablemente los músicos más notables de la Sevilla del momento: Antonio Ripa, Juan Roldán, Joaquín Sánchez, José Blasco de Nebra y su hijo Manuel y con toda seguridad, el organista de San Pedro Joaquín Montero.

VIDA Y OBRA

La primera noticia de Montero que tenemos proviene de un manuscrito de la Biblioteca Nacional (M2810) en Madrid, procedente del fondo Barbieri, el cual contiene numerosas piezas anónimas para salterio, clave y orquesta. La copia manuscrita no es de Montero, pero anuncia doce minuetos de este autor, si bien luego solo se encuentran diez. Estos diez minuetos, incluidos en este disco por el pianista Pedro Piquero, fueron publicados por el profesor, pianista y compositor granadino Antonio Ruiz-Pipó (Unión Musical Española. Madrid, 1973) y llevan la temprana fecha de 1764. Esto hace pensar que Montero pudo nacer alrededor de 1740, y consiguientemente estaría en plena juventud a la hora de asistir a las tertulias y academias de música en la residencia de Olavide. Que Montero fue un partidario decidido de las nuevas ideas queda bien claro en la dedicatoria de sus “Seis sonatas para clave y fuerte piano”, Op.1. Con el encabezamiento “Real Sociedad Bascongada”, figura lo siguiente: “La protección que V. S. sabiamente ha prestado siempre a las Ciencias, me ha animado para consagrarle los primeros frutos de mi trabajo en la profesión de la Música, con la esperanza de que se dignará aceptar este corto obsequio, dispensándome el honor de darle este mérito. Joachin Montero”.

Fundó la Real Sociedad Económica Bascongada de los Amigos del País, pronto apadrinada por Carlos III e imitada, por cuanto representaba las aspiraciones de muchos ilustrados españoles, en otros lugares del reino. Desde 1769, Olavide estaba en contacto con ella y Jean Sarrailh (L'Espagne éclairée de la seconde moitie du XVIIIe siècle, 1954) recuerda que por su mediación, la sociedad trajo de Francia un tipo de arado moderno, nombrando a Olavide miembro no residente de la Sociedad, en agradecimiento, a la vez que se felicitaba de que la recuperación económica de Andalucía hubiera sido confiada a un vasco de origen, pues la familia Olavide procedía de Zerain, Guipúzcoa, aunque él naciese en el Perú. Por otra parte, la última intervención personal del Asistente, antes de su caída, fue la fundación el 15 de abril de 1775, de la Sociedad Patriótica o Económica de Amigos del País, de Sevilla, a cuyo frente estuvieron, primero el marqués de Vallehermoso y el marino y científico Martin de Ulloa, cuando la Sociedad tenía su sede en los Reales Alcázares. No es necesario insistir en el impulso que dio Olavide al movimiento ilustrado en Sevilla, con escritores como Lista, Blanco-White, Reinoso, Arjona, Trigueros, Marchena, José María Roldán, pero también en la importancia que en la música tuvo la Sociedad Bascongada, en el Real Seminario de Nobles de Vergara y en el cercano Santuario de Arantzazu, donde algunos músicos se afiliaron a ella. Basta decir que su fundador nos ha legado la primera ópera en euskera.

Seguramente Montero, a través de Olavide y del poeta y músico Tomás de Iriarte, admiraba las tareas de la Sociedad Bascongada, una de las bases del resurgimiento científico y artístico del reinado de Carlos III. También Jovellanos, uno de los asistentes a las tertulias de Olavide, le daría noticias de la ilustre fundación del conde de Peñaflorida. Recordemos que el Asistente había colaborado también con la Sociedad Bascongada en el programa de su Academia de Música, adaptando dos óperas cómicas francesas, “Le Deserteur” y “Ninette á la Cour”.

Todo ello explica la dedicatoria de las sonatas de Montero, quien el mismo año que las anunciaba en la “Biblioteca periódica anual para utilidad de los libreros y literatos” (complemento del “Memorial literario, instructivo y curioso de la corte de Madrid”) del año 1790, publicaba su “Compendio Harmónico” sacado de los autores más antiguos. Años más tarde, en 1796, Montero publicaría otras sonatas y minués para clave. El admirable organista asistiría en su Sevilla a la destrucción causada en 1755 por el terremoto de Lisboa, a la expulsión de los jesuitas en 1767 y la ocupación de sus numerosos edificios, a la terrible inundación el 28 de diciembre de 1789, año de la muerte del rey Carlos III, a la peste del año 1800 que mató a cerca de 15.000 personas y a los muchos avatares de la Guerra de la Independencia (1808-1812). Durante una fuerte epidemia murió el organista de la catedral Joaquín Sánchez. El segundo organista Pedro Bodul y el tercero, el ciego Nicolás Zabala, cayeron enfermos. El cabildo recurrió entonces, anteponiéndole a cualquier otro de la ciudad, a Joaquín Montero, el prestigioso organista de San Pedro el Real, que recibirá cien ducados por suplir a los organistas catedralicios, según cuenta el actual organista José Enrique Ayarra en su libro “La música en la catedral de Sevilla” (Sevilla, 1976). Así fue como Joaquín Montero pudo tañer el fabuloso órgano de Jorge Bosch, hoy desaparecido y entonces rey de los órganos hispanos.

La última obra de Joaquín Montero fechada, es un “Tratado teórico-práctico sobre el contrapunto” (1815), cuyo manuscrito se ha conservado en la Biblioteca de Cataluña y en la Biblioteca Capitular Colombina de la Catedral de Sevilla. No sabemos si el compositor, que por entonces tendría más de setenta años de edad, sobreviviría mucho tiempo a la culminación de su tratado.

LAS SONATAS Y LOS MINUETOS

Las “Seis sonatas para clave y fuerte piano”, Op. 1 (1790) de Joaquín Montero han conocido una edición moderna, en transcripción y adaptación de Linton Powell (Universidad de Texas, Arlington, sept. 1976) publicadas por la UME (1977). El musicólogo estadounidense asegura en el prólogo que todas las indicaciones en cuanto al fraseo, ornamentación y dinámica, se han tomado del ejemplar que consta en la Biblioteca del Orfeó Catalá en el Palau de la Música Catalana de Barcelona, única fuente disponible por ahora. Para Powell hay una gran similitud formal entre las sonatas de Montero y las de su colega y paisano Manuel Blasco de Nebra, pues ambas colecciones constan de seis sonatas y cada una de ellas tiene dos movimientos, uno rápido y otro lento. “Todos los movimientos –dice Powell– están en compás binario”. Las de Montero presentan una mezcla interesante entre los estilos de Scarlatti y de Haydn, menos evidente en las de Blasco, ya grabadas hace unos años por Pedro Piquero. Uno de los detalles a tener en cuenta en las “Seis Sonatas” es que estamos ante piezas donde el autor especifica la posibilidad de ser interpretadas al piano, lo cual es muy llamativo en la España dieciochesca. Mayor mérito tiene esa indicación en el caso de los minuetos, pues se hallan en un manuscrito que perteneció a un comerciante barcelonés en 1764, llamado Joan Roig i Posas. Allí se lee: “Síguense 12 Minuetes para Clave y Piano fuerte, compuestos por D. Joaquín Montero”. Ya dijimos que en este manuscrito, recuperado por Barbieri, solo se encontraron diez minuetos, publicados por Antonio Ruiz-Pipó en 1973, pero la fecha de 1764 significa que estamos ante una de las primeras composiciones destinadas al pianoforte en España.

La colección de “Minuetes” es una joya de soltura, gracia y delicadeza. La finura espiritual de Montero surge aquí y allá. Cada minueto tiene su carácter según la temática, de acuerdo a la línea conductora, y emplea un tiempo, desprende una gentileza diferente al que le precede. El primero recuerda, en algunos diseños, a la última sonata de Beethoven, la cual proviene a su vez, de Carl Philipp Emmanuel Bach. Los dos últimos presentan una curiosa similitud con ciertas sonatas de Blasco de Nebra, con quien tuvo que tratar y compartir Montero muchas cosas, como organistas y compositores avanzados que fueron en la contradictoria y apasionada Sevilla de su tiempo. Piénsese en la amistad entre el sabio sacerdote Alberto Lista, todo mesura, y el descreído y revolucionario Blanco-White.

Los minuetos de Montero son concisos, carecen de tríos o secciones centrales y jamás se valen de desarrollos excesivos. La economía de medios temáticos y un perfume muy europeo les otorga un encanto especial, nacido de la sobriedad expresiva, de la levedad. Montero es escueto, no le gusta insistir en los motivos –a veces muy bellos– de sus minuetos. Nunca se excede. Es posible que ello fuese debido a una modestia natural, pero creemos que se puede atribuir también a su buen gusto, fruto de un talento musical y una cultura evidente, suya y de su entorno.
ANDRÉS RUIZ TARAZONA

descuentos especiales

7,45 €

Nibius
Joaquín Montero (1740 ? -...
Integral para piano

6,70 €

Verso
Joaquín Nin-Culmell
Tonadas
14,15 €
13,44 €

7,45 €

Nibius
Joaquín Montero (1740 ? -...
Integral para piano

6,70 €

Verso
Joaquín Nin-Culmell
Tonadas

7,45 €

Nibius
Enrique Granados
Goyescas / El pelele
21,60 €
19,44 €

+ del mismo artista

8,95 € 6,70 €
Verso
Joaquín Nin-Culmell
Tonadas

+ del mismo sello

9,95 € 7,45 €
Nibius
Sergio Cervetti
Las Indias olvidadas
9,95 € 7,45 €
Nibius
Enrique Granados
Goyescas / El pelele
LA QUINTA DE MAHLER

Nuestro espacio

La Quinta de Mahler
c/ Amnistía, 5
28013 Madrid
Teléfonos:
91 8053899
91 8961480

APERTURA LIMITADA DURANTE LO QUE RESTA DE MES:

Viernes 16:
17:00-20:00

Sábado 17:
12:00-20:00

Viernes 23:
12:00-20:00

Sábado 24:
12:00-20:00

Resto de días: tienda física cerrada por reorganización de negocio | tienda web activa sin interrupción