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Alia Vox | BARROCA (1 CD)

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15,95 €

Biber: Esplendor Barroco
Missa Salisburgensis


REF.: AVSA9912
EAN 13: 8435408099127
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FECHA DE PUBLICACIÓN
22/09/2015

INTÉRPRETES
Hanna Bayodi-Hirt
Marianne Beate Kielland
Pascal Bertin
David Sagastume
Nicholas Mulroy
Lluis Vilamajó
Daniele Carnovich
Antonio Abete
La Capella Reial de Catalunya
Le Concert des Nations
Jordi Savall


CONTENIDO
Biber:
Motet 'Plaudite tympana'
Battalia à 10
Sonata Sancti
Polycarpi
Missa Salisburgensis
Fanfara

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Savall vuelve a Salzburgo

Javier Sarría Pueyo

Heinrich Ignaz Franz Biber está de moda. Indiscutiblemente. Y, sin embargo, corre un riesgo que ha amenazado a tantos grandes compositores: ser identificado por el gran público mediante una sola obra. Y aquí nos situamos en el terreno de los Mesías, Brandemburgos, Cuatro estaciones y demás. Así, en la discografía biberiana encontramos una sobreabundancia de Sonatas del Rosario –más de treinta grabaciones, la mayoría en catálogo–, de las que un tercio han aparecido en los últimos diez años. No me quejo de lo bien tratada que está esta magnífica composición, pues me cuento entre sus más rendidos admiradores, pero lo cierto es que más allá de ellas hay vida. Mucha vida. Biber se ha caracterizado por tener una obra vocal sacra –su única ópera, Arminio, es bastante insoportable– casi a la altura de su opus instrumental, lo que es muchísimo decir. Sin embargo, al margen de las mencionadas Sonatas del Rosario, el resto de su riquísimo y sustancioso corpus compositivo cuenta con grabaciones que, si bien cubren buena parte de lo sustancial, son más bien aisladas. 

En el centro de su obra vocal aparece una composición que, por sus colosales proporciones, destaca muy por encima de las demás: la Missa Salisburgensis. A estas alturas, uno, que lleva veinte años hinchándose de escuchar barroco y que sitúa a Biber en el más alto pedestal, da por hecho que todo el mundo conoce esta misa al dedillo y que goza de una popularidad semejante a la gran misa de J.S. Bach. Pero lo cierto es que no. Prueba de ello es que sólo se ha grabado, hasta hoy, cuatro veces. La primera, en la década de 1950, por Otto Schneider (miedo da sólo pensar en ello); la segunda, por el venerable Ireneu Segarra al frente del Collegium Aureum, el Tölzer Knabenchor y la Escolanía de Montserrat en 1974, los albores del moderno historicismo (DHM); la siguiente, aparecida en 1998, bajo la batuta de Paul McCreesh (la mención a Goebel en la portada fue poco más que un gesto de Archiv hacia uno de sus viejos puntales, poco antes de que sello e intérprete decidieran decir adiós); y la última, del año siguiente, encomendada al entusiasta Koopman (Erato). Ni que decir tiene que las dos primeras son hoy mero documento histórico no apto para oídos sensibles. Y es que esta magnífica creación merece que sea más visitada, que sea estudiada, interpretada y grabada por los grandes músicos de cada época; merecía, justamente, que Jordi Savall decidiera visitarla para regalarnos su propia visión de la composición, en su tercera incursión en el repertorio vocal del bohemio, tras sus estupendas grabaciones dedicadas a la Missa Bruxellensis y al Réquiem à 15

Cierto es que esta misa no tiene buena fama entre algunos críticos y musicólogos, ya que se considera por ellos que es la desmesura hecha música. Sin embargo, aun siendo cierto que nos hallamos ante la composición de mayores dimensiones de todo el barroco –si consideramos el número de partes (cincuenta y cuatro, pues, aunque se presenta como Missa à 53 hay que añadir otro bajo continuo), es decir, sin el ripieno, en su caso–, no lo es menos que los efectos conseguidos van más allá de lo escuchado hasta entonces en el ámbito de la policoralidad. También se ha criticado la limitación armónica, derivada de la gran presencia de los dos coros de trompetas, lo que implica la omnipresencia de la tonalidad de do mayor. Sin embargo, la obra, como bien indica el excelente folleto adjunto, tiene numerosos momentos en que las trompetas callan y permiten juegos armónicos más elaborados.

Savall se enfrenta a este reto con las mejores armas disponibles, sus tres grupos habituales: Hespèrion XXI (violas da gamba, flautas dulces, cornetas y sacabuches), Le Concert des Nations (violines, violas, violonchelo, violone, bajones, oboes, trompetas, timbales, órganos y clave) y La Capella Reial de Catalunya. Son ya muchas décadas de rodaje y, aunque la renovación es y ha sido constante, siguen manteniendo sus magníficas cualidades. Aquí cabe destacar su cohesión, empaste y precisión, en una obra que lo exige a gritos. ¿Y la dirección de Savall? El reto en este caso es sacar adelante todo el contenido de la composición sin resultar sepultado por el colosalismo. Y no hablo del de la obra, que está ahí y no se puede evitar–afortunadamente–, sino del de la propia interpretación, que corre el serio riesgo de dejarse llevar por la resonante marea de tremendas sonoridades, pasando por encima de los detalles que nos reservan los momentos más serenos. Y aquí está el gran acierto del igualadino, pues, sin merma de la majestuosa grandiosidad de los momentos en que la atmósfera se llena con los rayos fulgurantes de los metales, todos esos pasajes en que asoman unas flautas, una corneta, un par de solistas vocales, tal vez unas violas, reciben un mimo, un significado, una interpretación, en suma, óptimos, merced a un superior sentido de la articulación y el fraseo. Estas virtudes destacan en momentos como el inicio del Gloria, en que, tras la entonación en canto llano llega un pasaje para solistas deliciosamente hecho, lo que hace todavía más apabullante la entrada del tutti en los estallidos que subrayan la palabra “pax”. O en los momentos a capella del Agnus Dei, llenos de arrobo y unción religiosa.

Junto a la misa, Savall ha grabado una fanfarria del Padre Bartholomäus Riedl (ahí se nota la mano maestra de Pedro Estevan en las improvisaciones del timbal) como estupendo prólogo. Sigue el alucinante motete Plaudite tympana, inevitable compañero de la misa, pues, compuesto para idénticas fuerzas, hoy existe unanimidad en que se compuso para la misma ocasión, el 1.100º aniversario de la fundación del obispado de Salzburgo por San Ruperto, dedicatario del motete. Aquí los fuegos artificiales logrados por los efectivos convocados son aun más impresionantes que en la misa y, en consecuencia, más ímprobos los esfuerzos de Savall por sacar partido de la más reposada sección intermedia. Como intermedio se recupera la grabación de la Battalia à 10 que Savall grabase en 2002, editada por primera vez en el disco dedicado al Réquiem à 15 en la mayor. Esta composición goza del favor del público, con toda razón, pues en ella se combinan de forma genial, el estilo representativo tan caro a Biber, la diversión desenfrenada, lo estrafalario –y hasta grotesco– lo hermoso (aria) y la emoción dolorosa (lamento). Magnífica, en todos los aspectos, la incursión de Le Concert des Nations, felizmente recuperada con nueva compañía. Por último, antes de la misa, llega la soberbia Sonata sancti Polycarpi, majestuosa composición para ocho tompetas, timbales y bajo continuo (aquí adecuadamente hecho por trombón y órgano) en que se combina el estilo procesional, la fanfarria y las secciones virtuosas. Espléndidas las trompetas y timbales intervinientes.

Mención aparte merece el aspecto técnico de la grabación. Resulta obvio que una obra así presenta grandes dificultades para su plasmación en disco, pues los intervinientes están expresamente divididos en ocho grupos: cinco coros (dos de ellos vocales) nominados, un sexto que no se designa, pero que existe, y dos loci, ubicaciones de las trompetas y timbales. Esta distribución responde a las galerías existentes en la catedral de Salzburgo y, si se quiere hacer justicia a la composición, es preciso reflejar esta distribución separando los conjuntos lo suficiente, siendo todo audible, sin saturación, con oxígeno, pero sin que el espacio y la reverberación lleven a la confusión. Manuel Mohino, de nuevo, vuelve a realizar un trabajo ejemplar, especialmente patente en la versión multicanal. 

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