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Orfeo | OPERA | ROMANTICA Y NACIONALISTA (3 CD)

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29,85 €

Lohengrin
Richard Wagner


REF.: C691063D
EAN 13: 4011790691329
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Prosigue Orfeo su serie dedicada a recuperar las grandes veladas de la 'edad de oro' de Bayreuth con la edición, de inmejorable sonido, del Lohengrin azul-plata, «griego», arquetípico y estático (Ángel Mayo dixit) que supuso a Wieland Wagner el primer triunfo indiscutido en 1958. Dirige el gran Von Matacic, y el reparto está encabezado por Sandor Kónya (la voz de tenor más bella que se escuchara en el Festspielhaus desde Völker) y Elisabeth Grümmer, Elsa inalcanzable y absoluta. Imprescindible.

FECHA DE PUBLICACIÓN
10/08/2006

INTÉRPRETES

Sandor Konya, tenor (Lohengrin)
Elisabeth Grümmer, soprano (Elsa)
Franz Crass, bajo (König Heinrich)
Ernest Blanc, barítono (Friedrich von Telramund)
Rita Gorr, mezzo-soprano (Ortrud)
Eberhard Waechter, bajo (Heerrufer)
Chor und Orchester der Bayreuther Festspiele
Lovro von Matacic, dirección


DATOS DE PRODUCCIÓN
Grabación en directo, Bayreuth 1959
Nuevo reprocesado sonoro

CONTENIDO
Richard Wagner (1813-1883):

Lohengrin
ópera romántica en tres actos
Libreto de Richard Wagner

3 CDs - ADD - Mono

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Orfeo continua su lento pero constante goteo de grabaciones oficiales -santificadas por Wolfgang Wagner- del Nuevo Bayreuth, a partir de las cintas originales conservadas en los archivos de la Radio de Baviera. Este año eran dos los lanzamientos anunciados, que, como viene siendo habitual, se presentan en el Festival de Bayreuth. Sin embargo, el esperado Parsifal de André Cluytens de 1957 ha sido pospuesto, y sólo nos ha llegado el conocido Lohengrin de 1959, dirigido por von Matacic, editado anteriormente por Golden Melodram. La edición Orfeo supone una mejora del sonido, sensible aunque no espectacular, sobre el que ofrecía Golden Melodram.
Cluytens había estrenado el año anterior la producción, que supuso un gran éxito personal para Wieland, pero abandonó Bayreuth para no regresar hasta 1965. Las funciones de 1959 se las repartieron el director croata Lovro von Matacic y una visita del pasado, Heinz Tietjen, que se autoinvitó. El orondo von Matacic (un caballero con nobleza y ese charme inequívocamente austrohúngaro que poseen algunos yugoslavos, en palabras de Elisabeth Schwarzkopf), vienés de formación, carece de la poesía de Cluytens, más acorde con la puesta en escena, estática, despojada, que anticipó a Robert Wilson y transformaba la ópera romántica en un oratorio. Matacic se deja de misticismos, de milagros, de magia, se centra en los conflictos terrenales y va directo al grano. El preludio está magníficamente construido. En el preludio del segundo acto y el dúo Telramund-Ortrud, por ejemplo, se echa en falta una batuta más incisiva, pues los motivos sinuosos asociados a las maquinaciones de Ortrud reciben un tratamiento prosaico, superficial. Matacic parece despertar cuando Telramund se traga el engaño y piensa en la venganza ("Entsetzlich, ha!"). Es, que duda cabe, un director eficaz, que brilla especialmente en la escenas de acción (primer acto) y corales (escenas cuarta y quinta del segundo acto). Esta grabación documenta su único año en Bayreuth.
El extraordinario reparto, junto al de la grabación de estudio de Kempe, el más completo conservado en disco, obedecía a las intenciones de Wieland de aligerar la interpretación wagneriana, con directores de tradición latina y voces más líricas de lo habitual, algo que ahora se ha convertido en una necesidad, antes que en una opción. Sándor Kónya, el caballero del cisne de voz más bella desde Franz Völker, mejoró considerablemente su actuación del año anterior. Como apunté al reseñar su Lohengrin de 1958, "no gradúa las dinámicas -no distingue apenas entre p y pp, y a veces se instala en el mezzoforte- y ablanda las consonantes". Algo de esto sigue habiendo, pero un año más tarde no hay rastro de tensión, envaramiento o monotonía, el fraseo se ha flexibilizado. Escúchese, por ejemplo, la bienvenida al cisne (CD 3, pista 12), compendio de todas las virtudes de Kónya. En el dúo nupcial se permite algún que otro alarde, como la frase "hoch über alle Frau'n dünkst du mich wert!" (CD 3, pista 0:33) en la que se pasa de frenada. La excelsa Elisabeth Grümmer poseía un instrumento privilegiado que manejaba con prodigiosa técnica y gusto exquisito. Voz bellísima, cristalina, de gran calidez, que irradia un halo de dulzura y candor ideales para componer una Elsa insuperada, por vocalidad y por caracterización del personaje.
En una curiosa distribución, mientras que Elsa, Heinrich y el Heraldo son alemanes y el caballero del cisne viene de Hungría, la pareja negra es franco-belga (de 1953 a 1971 no hubo una Ortrud alemana). Rita Gorr es una Ortrud importante, de voz metálica, volumen enorme y cierta estridencia en el agudo (que quien la vio en directo en plenitud asegura no existía), donde además tendía al sonido fijo, como se aprecia en la invocación a los dioses paganos ("Entweihte Götter!", CD 2, pista 7), intensa sin llegar a la exaltación de una Varnay. Telramund lírico, espléndidamente cantado el de Ernest Blanc, el primer barítono francés que actuó en Bayreuth. Su voz, como la de Uhde, refleja perfectamente la debilidad de carácter del personaje. En las audiciones del verano de 1957, Blanc deleitó a la familia Wagner con el aria de Escamillo, de Carmen. Después de su éxito como Telramund en 1958, Wieland quiso incluso contratarlo como Wotan para La Walkyria, pero habiendo visto a Hotter en el papel, Blanc no lo vio claro y declinó el ofrecimiento. Franz Crass, quien el mes pasado, por error, apareció con catorce años menos (n. 1928) en mi reseña del Parsifal de Sawallisch, es un Rey Enrique lírico, noble, no tanto el rudo jefe que viene a Brabante a reclutar tropas como el hombre justo. Su vocalidad, de bajo-barítono, se aleja del barbas estándar marcado por los Hofmann, Kipnis, Greindl, Frick… Crass no sólo escala las alturas (Fa 3) sin problemas, sino que se defiende con soltura en la profundidades abisales (Mi 1). Modélico el Heraldo de Eberhard Wächter, que ese verano interpretó también los papeles de Amfortas y Kothner.
En 1959 se levantaron los cortes al comienzo de la tercera escena del segundo acto practicados el año anterior (con dirección de André Cluytens; Golden Melodram 1.007), pero se mantiene el de la escena final. En una producción que prescindía de toda referencia histórica y del elemento nacionalista, aquello que Lohengrin le dice al rey Enrique, "ni en un futuro lejano las hordas del este triunfarán jamás en tierras alemanas", estaba fuera de lugar. Por otra parte, antes de partir, Lohengrin presenta a la multitud al reaparecido Gottfried como "protector" (Schützer) de Brabante, no "guía" o "jefe" (Führer), una peculiaridad más de esta producción.

Miguel Ángel González Barrio



[El artículo de Ángel-F. Mayo que reproducimos a continuación fue escrito inicialmente para comentar el registro de GM 10002 (con el Lohengrin de Matacic que recoge esta misma grabación) , GM 10003 y GM 10004. Años más tarde y mejoras sonoras aparte, el comentario artístico de nuestro crítico sigue tan vigente que no hemos podido evitar recuperarlo.]

Apenas hemos empezado a recuperarnos de la sorpresa, pues no hay wagneriano de raza que se recupere de los efectos del terremoto estético, provocada por el Anillo bayreuthiano de 1956, reprocesado por GOLDEN MELODRAM mediante el asombroso sistema «20 Star Prism», cuando el sello italiano vuelve a dejarnos con la boca abierta y el bolsillo aligerado con cosas del Nuevo Bayreuth. Estas «cosas» eran ya conocidas y, pese a voces discrepantes aisladas, consideradas marginales o complementarias en relación a sus precedentes. El sonido «prismático» revoluciona también aquí las jerarquías.

Consagrado Wolfgang Wagner a la intendencia del Festival renaciente y dedicado Wieland a la dirección de cinco producciones nuevas, esto es, de Parsifal y de las cuatro piezas nibelungas, la de Los maestros cantores de Nuremberg fue confiada a Rudolf Hartmann, acreditado escenógrafo de corte tradicional, que no convencional. Hartmann no tenía la menor idea del seísmo que tramaba el heredero de Bayreuth (1): escenificó así el Nuremberg cordial «de toda la vida», que había quedado cruelmente destruido durante la guerra; escogió cantantes asimismo expertos(2) y acogió encantado al responsable general, Herbert von Karajan, pues éste era a todas luces un valor en ascenso imparable. La última función de 1951 la dirigió inopinadamente Knappertsbusch(3), quien se hizo cargo de toda la serie en 1952 mientras Karajan se centraba en su memorable Tristán y Keilberth establecía el conveniente cordón sanitario entre los dos directores del año anterior, haciéndose cargo de los dos ciclos del Anillo. Durante muchos meses, Los maestros de 1951 fueron fraguando su leyenda gracias a la grabación realizada con EMI, y cuando al fin apareció —primero en disco negro, luego en CD— una edición de 1952, realizada a partir de alguna cinta «privada» de sonido relativamente pobre, hubo quien casi llegó a perdonarle a ésta la vida. Pero de las nuevas tres entregas, la de Maestros es ahora la más espectacular en cuanto a restauración. Decía Richard Strauss que esta obra diatónica y clara, llena de matices en la orquestación, es la menos adecuada para el foso de Bayreuth; el compositor-director dixit, pero el imponente «Kna» fecit: satisfecho con la escena (su escena), sin inhibiciones revanchistas ni dudas ideológicas, resolviendo sobre la marcha algún adelanto inicial de Unger o ciertas vacilaciones de los por lo demás espléndidos aprendices, acompañando con calor a los solistas —refinado «Wahn», noble arenga— y llenándolos de humanidad, sus Maestros de 1952 rebasan a los de Karajan de 1951 por arriba y por abajo, a la izquierda y a la derecha; hoy por hoy, la orquesta y los coros son los más elocuentes de todos los registro de la obra disponibles «en vivo»(4). En el reparto, que en conjunto hubiera sido mejorable, falla sólo Böhme, Pogner imposible al menos esta velada. Pfanzl no es tampoco un Beckmesser memorable. Neidlinger, Faulhaber, la solvente Malaniuk y el «especialista» Unger convencen. A Hopf, gran voz, no mal cantante, sin dotes artísticas superiores, hay que tomarlo como era; además, con «Kna» matiza todas sus intervenciones como no lo hizo en 1951. Queda Edelmann. ¿Hablamos en serio o en broma? No es Schóffler, Frantz le superaría en la mitad de los años cincuenta; mas Adam, Fischer-Dieskau, Weikl, Brendel y por supuesto Holl no nos han regalado un Sachs tan sólido. Por fin,Lisa della Casa no «queda», sino que «es» la joya canora de la velada: diálogos con Sachs, confesiones con Walther, intemporalidad del quinteto, el trémolo final con toda la depuración del canto de una Eva predestinada.

El Lohengrin azul-plata, «griego», arquetípico y estático —se habló de oratorio— de 1958, supuso a Wieland su primer triunfo indiscutido. Evidentemente, la producción, que había sido «ensayada» en Hamburgo(5), era wielandiana al ciento por ciento, pero sólo Astrid Varnay (Ortrud) pertenecía al cesto hecho con los mimbres del Nuevo Bayreuth: Leonie Rysanek no había vuelto desde 1951, Blanc era una novedad francesa recomendada por «Kna», y Cluytens llevaba dos años dirigiendo Maestros sin demasiado brillo. Mas Kónya, la voz de tenor más bella que se escuchara en el Festspielhaus desde Völker, de canto alado y dulce, casaba a las mil maravillas con la visualidad armoniosísima de la escena, y las grandes Varnay y Rysanek prestaban el contrapunto de los acentos fuertes. Como la grabación «oficial» con Sawallisch (1962) contó con un reparto en conjunto inferior, quedó sancionado como ejemplar el registro «privado» de 1958. Su primo hermano de 1959 ha circulado menos. A Elisabeth Grümmer, Elsa absoluta, algunos la consideraron demasiado angelical, un tanto ajena a la robusta dirección romántica de von Matacic. pero ocurre como con los Maestros comentados: el sonido reprocesado hace de esta edición la más convincente entre las obtenidas hasta hoy «en vivo», y el reparto es aquí notable: el joven Waechter, el también joven Crass (claro, no es Andrésen, pero como dice Alfred en El murciélago: «Esto no me incomoda»). Gorr y Blanc ofrecen una pareja tenebrosa bien cantada, sobre la maravillosa Grümmer no me voy a extender, y la voz de Kónya está muy bien reproducida, con momentos mágicos (en especial el infinitamente melancólico saludo al cisne que viene a buscar a su caballero). Mas el tenor húngaro acude a algunos trucos: el bello timbre permite mecerse a gusto en el cómodo mezzoforte y, ablandando todas las consonantes iniciales, se puede presumir de cierta italianidad, de un belcantismo a pesar del alemán. Como siempre, Wieland corta la escena que corre entre la revelación de la personalidad de Lohengrin y la reaparición del cisne, y hace que aquél proclame a Cottfried no Führer de Brabante, sino Schützer (Protector), título inapropiado para designar al heredero del ducado brabantino: remilgos ante el pasado político.

Sobre el último Parsifal de «Kna», también su última actuación profesional, se ha escrito mucho. Su referencia valorativa no se halla en el registro con Boulez (1970) y ni siquiera en el de Krauss (1953), siempre correspondientes a la legendaria Inszenierung de Wieland, sino en el conjunto del legado bayreuthiano del propio maestro de Elberfeld(6). Permítaseme la auto-cita con algunos pulimentos y actualizaciones(7): «La crítica internacional reaccionó con sorpresa cuando apareció el documento allá por 1985: no hay síntomas de decadencia; al contrario, la construcción es aún más orgánica, con los tempi otra vez un poco más amplios, la sensación de trascendencia, de comunión espiritual, se impone desde el preludio (algo saturado en el nuevo reprocesado). ¿Somos nosotros quienes, bajo el peso de la fecha, añadimos voluptuosidad sufriente a las voces de los caballeros que imploran: "por última vez, por última vez"? Sumamente atractiva es la segunda y última aparición de Vickers en Bayreuth; por supuesto, hay que acostumbrarse a su pronunciación; logrado esto, sólo cabe admirar al magnífico cantante, impresionante en el Amfortas! Die Wunde, die Wunde! y dueño de todos los recursos expresivos necesarios para dominar el tercer acto: "Kna" lo acompañó con mimo; al fin y al cabo un canadiense no era un "Ami". Barbro Ericson es más sólida que Irene Dalis (1962), pero no puede equipararsealas grandes intérpretes históricas de Kundry. Hay aún el hondo sufrimiento del Amfortas de Stewart, la excepcional calidad de Gurnemanzde Hotter y los coros del grandísimo Pitz con un Erlösung dem Erlöser elevado al reino de la poesía mística».

En conclusión, los marginales de ayer se han situado entre los fundamentales de hoy gracias a los prodigios de la técnica bien entendida y mejor aplicada.

Ángel-Fernando Mayo

 

1. Los antecedentes escenográficos de Wieland —entre otros los decorados de Parsifal (1937) y de Los maestros cantores (1943)— no permitían aventurar lo que iba a suceder a partir de 1951.
2. Elisabeth Schwarzkopf era la excepción, impuesta por Legge, ya que EMI iba a grabar el evento.
3. La orquesta miró con asombro a «Kna» cuando éste entró en el foso. Al alcanzar el podio, el director espetó con sorna: «¿Qué se les ocurre? ¿Creen que no conozco la obra?». Se comentó que Karajan había dejado Bayreuth corriendo tras las faldas de una cantante, pero la anécdota es dudosa.
4. Vamos a ver pronto lo que, del fondo muniqués (1955), con el mejor reparto (Franz-Frick) ofrece ORFEO D'OR.
5. La encargó el viejo Tietjen, quien aprovechó la oportunidad para autoinvitarse a dirigir dos funciones de Lohengrin en Bayreuth (1959). Wieland lo detestaba, pero se tragó el sapo.
6. Hasta ahora siete registros completos. Justamente famosos los «oficiales» de 1951 y 1962, si el sistema «20 Star Prism» es aplicado alguna vez al «privado» de 1954 de nuevo va a temblar la tierra.
7. Hans Gurnemanz, o el cronista del Grial, RITMO, octubre de 1990.

 

 

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