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Supraphon | ROMANTICA Y NACIONALISTA | SINFONICA (4 CD)

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precio

33,90 €

Josef Suk
Obras sinfónicas


REF.: SU 38642
EAN 13: 0099925386429
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FECHA DE PUBLICACIÓN
21/04/2006

INTÉRPRETES
Zora Jehlickova, soprano
Ivan Kusnjer, barítono
Ján Galla, bajo
Prague Philharmonic Choir
Petr Skvor, violín
Lubomir Mátl, dirección coral
Czech Philharmonic Orchestra
Václav Neumann, dirección
Libor Pesek, dirección


CONTENIDO
Josef Suk (1874-1935):

Sinfonía en Do menor, Asrael, Op. 27
Summer Tale, Poema musical, Op. 29
Praga, Poema sinfónico Op. 26
Madurando, Poema sinfónico para gran orquesta, Op. 34
Cuento de Hadas Op. 16, Suite sobre el poema dramático de Julius Zeyer Radúz y Mahulena
Epílogo
, Poema sinfónico para orquesta, dos coros mixtos, soprano, barítono y bajo, Op. 37.

4 CDs - DDD - TT: 242' 20

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

"En un bello terruño, en el corazón de Bohemia, no lejos de las orillas del arroyo Mastník que, en las cercanías de Zivohost se arroja al Vltava, hay una aldea llamada Krecovice […] Ahí, en ese pueblecillo, casi olvidado del mundo, nací yo […] ¡Qué silencio lo rodeaba en los días de mi infancia! Y fue gracias a ese silencio que comprendí, ya entonces, el alma de este país y de su pueblo". Con estas palabras abría el profesor Jirí Berkovec su pequeña biografía de Josef Suk, publicada en varios idiomas por Supraphon en 1970. Pero no pensemos que fue Suk un compositor nacionalista al uso. La comprensión del terruño no lleva necesariamente a enarbolar de manera permanente sus trajes regionales ni eso que abusivamente se ha llamado "señas de identidad" a costa de una expresión feliz de un escritor realmente comprometido. Suk perteneció a la segunda generación de grandes compositores checos, la posterior a Dvorák, Fibich y Janácek, la que había tenido como referencia indiscutible a Smetana. Esa otra generación es la de compositores que fueron algo más jóvenes de Josef Bohuslav Foerster y Karel Kovarovic; es la de Vítezslav Novák (1870-1949), Otakar Ostrcil (1879-1935) y Josef Suk (1874-1935).
Suk compuso relativamente poco, y nunca escribió nada parecido a una ópera. Ni siquiera era muy dado a componer para la voz. Su reino sonoro es el de unas cuantas grandes piezas sinfónicas o series orquestales, la música de cámara y el piano solo. Sorprende que no haya compuesto más que unas cuantas piezas para cuarteto de cuerda, cuando durante cuatro décadas fue el segundo violín del Cuarteto Checo. En buena parte de su música de cámara y en casi toda su producción orquestal y pianística Suk se vertió, se confesó, se proyectó como hombre, como individuo, y entre apenas dos puñados de piezas para orquesta sobresale lo que él mismo consideró una tetralogía, la formada por Asrael, sinfonía en do menor, op. 27 (1905-1906), Cuento de estío, poema sinfónico op. 29 (1907-1909), Maduración, poema sinfónico op. 34 (1912-1917) y Epílogo, sinfonía para orquesta, coros mixtos amplio y pequeño, soprano, barítono y bajo, op. 37 (1920-1933). Adviértase que Suk denominó Epílogo a su última gran obra, y que murió apenas dos años después de terminarla, pero eso no quiere decir nada especial, tan sólo que daba por finalizado ese recorrido que tiene mucho de autobiografía moral.
Este espléndido álbum, que hay que recomendar con calor a todo amante del repertorio sinfónico, contiene esas cuatro obras maestras; es posible que la mayor de todas, la más perfecta, sea Maduración. También contiene dos piezas orquestales de muy distinta índole. Por una parte, la suite de concierto denominada Cuento (Pohádka), cuatro números que habían formado parte de de la música incidental para el relato teatral de Julius Zeyer, en una época temprana, en 1899-1900, cuando el joven Josef era esposo reciente y enamoradísimo de Otilka Dvoráková, hija del gran compositor checo, maestro suyo y amigo. Por otra, una pieza de celebración (una rareza en Suk), el poema sinfónico Praga, un canto a la capital checa que por momentos es música descriptiva.
Asrael es el ángel de la muerte, y hacia 1905 Josef Suk tenía buenas razones para encarar a ese ángel, apelarlo, invocarlo, y hasta para pedirle explicaciones. El 1 de mayo de 1904 estaba Suk precisamente en Madrid, junto con sus compañeros del Cuarteto Checo, y recibió un telegrama: acababa de morir el maestro, el amigo, el suegro, el padre de Otilia. Abandonó la gira y regresó a Praga. Dvorák no había vivido demasiado tiempo, aunque entonces las medidas de longevidad eran distintas a las nuestras, apenas 63 años. La familia se sumió en un duelo inconsolable, y también y especialmente Josef Suk, su hijo en muchos sentidos. Ambos eran bondadosos y generosos, aunque a Josef los golpes de las muertes cercanas le llevaran a menudo al ensimismamiento y a algo que podía parecer misantropía. Entonces planea Suk una pieza sinfónica en recuerdo de Dvorák. Pero la muerte esperaba todavía en un recodo de aquel hogar, y en julio de 1905 moría Otilka. Siempre de gira, siempre de viaje por los compromisos del reputadísimo Cuarteto Checo, la pareja formada por Otilka y Josef no tuvo demasiado tiempo para disfrutar de su amor. La obra prevista sufrió un cambio, una ampliación, un replanteamiento. Asrael se convirtió en una amplia sinfonía en cinco partes diferenciadas, lejos de la ortodoxia (dura una hora y contiene tres movimientos especialmente lentos, más un Andante y sólo un Vivace), y el resultado ya marca las características de la tetralogía futura: primacía de lo elegíaco, intensidad dramática, introspección, ausencia de momentos vivaces, de Allegros expansivos, amplio aliento que se traduce en gran duración… Suk se muestra heredero del gran sinfonismo de Dvorák, mas también de la tradición que culminó en Brahms y que ya había cambiado con Bruckner. En muchos sentidos, Suk continúa el poematismo de Mahler y de Richard Strauss, cuando la sinfonía es, más que nunca, trasunto de humanos aconteceres y de infortunios, un relato, una biografía, un retrato sufriente. Pero Suk no es un epígono, y su estilo es distinto, a mitad de camino entre el tardorromanticismo y una sensibilidad muy de su tiempo.
La tetralogía continúa con el lirismo de Cuento de estío (Pohádka léta), otros cinco movimientos que se acercan a la hora; culmina en Zrání (Maduración); y se cierra con la larguísima elaboración de Epílogo, que incluye partes vocales con texto (Maduración da entrada al final a un coro sin palabras), para solistas y dos coros diferenciados. Las dos últimas entregas son algo más "breves": bordean los 40 minutos.
Suk vivió los años de la feliz independencia nacional, de la humillación austriaca y de la húngara, y fue uno de los favorecidos del nuevo sistema, aunque él jamás dejó de trabajar, de hacer giras, de enseñar, de llevar la música de su patria fuera de las fronteras. No vivió para ver el destrozo de esa patria. Feliz él, que no vio ese otro fin del mundo.
El gran maestro Václav Neumann se muestra perfecto continuador de Václav Talich en la creación y recreación sonoras de tres de las cuatro grandes obras de Suk: batuta detallista, batuta de un apasionamiento medido, sentido de la progresión dramática, de la ensoñación amarga y del lamento de gran alcance como género y como expresión personal. Neumann nunca se arrebata, pero siempre se muestra cálido. Algunas de estas páginas son puro fuego, como demuestran los momentos más dramáticos, como esa intervención del coro en el amplio Adagio inicial de Epílogo. Las transiciones entre drama y elegía están motivadas de manera asombrosa, y en manos de este grandísimo director la Tetralogía de Suk se convierte en una referencia sin rival. Al menos, las tres entregas que aquí se nos ofrecen.
Sin duda, habría sido preferible contar con un Cuento de estío de Neumann, pero los archivos tienen lo que tienen, y en este caso se rompe la unidad de batuta; aunque no la de estilo, porque Libor Pesek se muestra también excelente discípulo, en este caso continuador de Neumann, en esa tradición checa que crece y crece. Pesek es también un espléndido maestro de ceremonias en Praga, y un muy buen cuentacuentos en Pohádka.
Se trata de magníficas grabaciones de los años 80, reprocesadas en Praga el año pasado. En resumen: un álbum del que disfrutarán los aficionados al sinfonismo, por su altura artística, por la riqueza de unas partituras interpretadas con fuego, con sutileza y con mucha pasión.

Santiago Martín Bermúdez

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