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Glossa | ESPAÑOLA | INSTRUMENTOS | SIGLOS XX Y XXI (2 CD)

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Isaac Albéniz
Iberia


REF.: GSP 98005
EAN 13: 8424562980051
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En coproducción con la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, Glossa presenta en tirada especial y limitada la grabación de la suite Iberia, de Albéniz, por la pianista española Rosa Torres-Pardo. Especialmente ilustrado por Eduardo Arroyo y con ensayos de Javier Rioyo y Antonio Iglesias, este exquisito disco doble se grabó en Camprodón (Gerona), lugar de nacimiento de Albéniz, y cuenta con el atractivo adicional de contener 4 de las 12 piezas en versión doble: en un piano de cola moderno y en el piano que fuera propiedad del propio compositor. Sin duda, una grabación para la historia.

FECHA DE PUBLICACIÓN
05/02/2006

INTÉRPRETES
Rosa Torres-Pardo, piano

DATOS DE PRODUCCIÓN

Grabación realizada por Martin Compton en el Monasterio de Sant Pere de Camprodon, Gerona, en agosto de 2004.
Evocación, El Puerto, Almería & El Albaicín: intrepretadas adicionalmente en el piano original de Isaac Albéniz
Notas de Javier Rioyo y Antonio Iglesias.
Ilustraciones originales de Eduardo Arroyo
Edición limitada.


CONTENIDO

Isaac Albéniz (1860-1909)
Iberia, impresiones para piano:

1º Cuaderno:
Evocación
El puerto
Corpus Christi en Sevilla

2º Cuaderno:
Rondeña
Almería
Triana

3º Cuaderno:
El Albaicín
El polo
Lavapiés

4º Cuaderno:
Málaga
Jérez
Eritaña

2 CD - DDD - TT:  64'28 + 61' 57


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Entre diciembre de 1905 y enero de 1908, Isaac Albéniz (1860-1909) culmina su obra más ambiciosa, Iberia, una colección de doce piezas, doce "impresiones" de España. Tal como quedó a su muerte, once piezas se refieren a Andalucía y una a Madrid. Pero la idea del compositor era recorrer toda la Península, incluido Portugal. Su prematura muerte se lo impidió.
Hoy nadie pone en duda que Iberia es la obra cumbre del músico español, en la que no solo materializa (si es que este verbo se puede utilizar al hablar de música) su deseo de hacer música de su país "con vistas a Europa", es decir, internacional sin renunciar a sus orígenes; demuestra además plenamente sus poderes técnicos y ambición estética con una escritura pianística trascendental y deslumbrante de luz, ritmo y color.
La estilización del elemento popular en Iberia es extraordinaria, como podemos apreciar ya en la jota surgida entre la niebla impresionista de ese nostálgico "quasinocturno" de apertura llamado Evocación, o en las sevillanas de Rondeña, el tango "a lo chotis" de Lavapiés, la malagueña de Málaga, la soleá de Jerez o el zapateado de Eritaña.
Sin embargo hay tanto de invención en Iberia como de estilización de temas tradicionales. Una invención desbordante, exagerada, de una amplitud generosa, apasionada y fértil. La ornamentación de cada una de las piezas es impresionante, abrumadora para el intérprete, impulsado a cada momento por una pasión incontenible.
Obvio es aludir a la enorme dificultad que estas piezas presentan al intérprete. Los escollos son innumerables y de la más diversa índole técnica y puramente musical. Pensemos, por ejemplo en la riqueza melódica y en la tensión rítmica de El Albaicín, y de Triana, de El Puerto y de Rondeña, o en el agotador virtuosismo del Corpus.
Por eso, Iberia no tiene tantas grabaciones integrales como podría suponerse, dado su muy alta exigencia artística.
Recordemos la del pianista valenciano, ya desaparecido, Leopoldo Querol, en la que mi generación aprendió a comprender y amar Iberia. A ella seguirían las de José Echaniz, José Falgarona, Irene Köhler, Blanca Uribe, Alicia de Larrocha, Esteban Sánchez, Rosa Sabater, Michel Blok, Rena Kyriakou, Ricardo Requejo, Marta Argerich, José María Pinzotas, Aldo Ciccolini, Nicholas Unwin, Miguel Baselga, Jean François Heisser, Hisako Hiseki, Pola Baytelman, Roger Muraro, Felicja Blumental, Ivonne Loriod, Guillermo González, Rafael Orozco y Angel Huidobro.
Grabaciones parciales hay infinidad, pero destacamos a pianistas españoles como Eduardo del Pueyo, José Cubiles, José Tordesillas, Joaquín Achúcarro y Manuel Carra, o extranjeros, Daniel Barenboim (que ahora, creo, es español), Claudio Arrau, Artur Rubinstein, William Kapell, Magda Tagliaferro, Sequeira Costa, Alfred Cortot, Nelson Freire, Roland Pöntinen, Joan Amils, Pierre-Laurent Aimard, Earl Wild, Moritz Rosenthal, Beatriz Klien, etc.
Y aquí está, por fin, una nueva integral de Iberia, la de la pianista madrileña Rosa Torres-Pardo. Y digo "por fin" porque he seguido a Rosa en numerosas audiciones públicas de su Iberia. Porque ella ha hecho lo que todos deberían hacer antes de grabar una obra de tal envergadura y complejidad: interpretarla todas las veces que sea posible, madurarla poco a poco, lentamente, tocándola una y otra vez ante los demás. Y así Torres-Pardo nos ha dado una verdadera "interpretación", pues es difícil interpretar cuando se está pendiente de leer o de dar las notas, ¿y quien se atreve a leer a primera vista el laberinto de las "iberias" de Albéniz? "Su prurito de escritura -escribió Debussy- lo ha llevado a la exageración, por esa generosa necesidad que iba hasta arrojar la música por las ventanas".
La sensibilidad de Torres-Pardo, el toque brillante y claro que caracteriza su arte, ha funcionado a las mil maravillas en esta versión, tan bien estudiada y desentrañada, antes de pasar al disco del modo más veraz, sin trampa ni cartón, que es el directo.
Hay queresaltar que Rosa Torres-Pardo siente especial devoción por la música española y ahí están sus conciertos, en recital o con orquesta, y las grabaciones, cuyo detalle sobrepasaría el espacio del boletín Diverdi.
Sus anteriores grabaciones de Albéniz o de Granados hacían prever una gran Iberia. Y ahora vuelve a cautivarnos con este Albéniz maduro y casi imposible de tocar, pero que, en sus manos, resulta fresco y profundamente vivido. Lo español aflora con naturalidad, sin el menor atisbo de afectación. Lo poético y lo refinado de Iberia nos atrae en su lúcida lectura, pero también lo popular, lo encendido y hasta lo místico de ciertos momentos.
Torres Pardo ha ido adentrándose en los muchos recovecos de Iberia en el plano teórico y en el práctico por medio de sucesivas ejecuciones en pianos y salas diferentes. Y ese pulso ante las múltiples incitaciones de la obra, le ha conducido a una versión que va a quedar entre las más egregias de este colosal fresco albeniciano.
Para mayor atractivo y autenticidad, se ha grabado en el Monasterio de Sant Pere de Camprodón, la villa natal de Albéniz. En la portada y en el interior del envoltorio del disco, donde Javier Rioyo cuenta una bonita historia acerca de su gestación, podemos ver la muy personal y simbólica presentación gráfica del pintor Eduardo Arroyo. El disco es doble. En el CD 1 se contiene los dos primeros cuadernos y las dos primeras piezas del tercero. El CD 2 comienza con Lavapiés, última pieza del tercer cuaderno (tal vez un guiño de la pianista a su ciudad natal) y sigue con las tres piezas del cuarto y último cuaderno. A todo ello se suma, en el piano del propio Albéniz que se encuentra en el Museo Isaac Albéniz de Camprodón , cuatro fragmentos estelares de Iberia: Evocación, El Puerto, Almeria y el Albaicín.
Los dos discos han sido publicados por Glossa, el sello escurialense que ha ganado prestigio internacional por la calidad de sus grabaciones y su dedicación a la mejor música española.

Andrés Ruiz Tarazona

 

Todos los fuegos, el fuego

por Javier Rioyo

Las ciudades balneario tienen algo melancólico. Son tranquilas, serenas, parecen diseñadas para dar valor a una suerte de civil y razonable aburrimiento. Como si entre sus calles, en sus paseos o en sus alrededores, la vida tuviera el lento transcurrir de una tarde de domingo en una pequeña ciudad del norte. Así es, así nos pareció Cambo-Les-Bains, un hermoso pueblo vasco y francés. Conserva el pueblo de Cambo -el mismo en que vivió sus últimos meses, en el que murió Isaac Albéniz- una elegante tristeza, como de sauce llorón. Perfecto para los deseos de reivindicación del aburrimiento de Erik Satie. (Una cosa es la teoría, el deseo, otra son sus composiciones. Le traicionaron; no fueron, al menos no nos lo parecen, lo aburridas que Satie decía desear.)

En ese pueblo tan rebajadamente ibérico, en compañía de Rosa Torres-Pardo y con un grupo de amigos, seguidores y admiradores de esta pianista que sabe mezclar lo terrenal y lo arcangélico, nos encontramos una tarde de mayo de hace dos años. De repente el pueblo dejó de ser aburrido, corros de gente se reunían en un parque, el templete de la música recibía a los músicos, todos nos acomodábamos alrededor de un pequeño monumento, con una foto en metálica reproducción del músico en su edad madura. Naturalmente al piano, naturalmente con un puro en la mano. La fiesta siguió. Una placa de homenaje, una interpretación de folclore popular vasco-pirenaico en un parque cercano a la última residencia del músico, algunas palabras de reconocimiento de los políticos del lugar, la destacada presencia familiar, la representación política, diplomática y de admiradores varios hicieron de aquella tranquila tarde una fiesta sobria y civil. Tranquilamente francesa y de ilustrada corrección.

Por la noche, no muy lejos de Cambo, en la mítica casa/palacio/caserío que fuera el lugar de refugio y vacaciones de Edmond Rostand, tendría lugar el concierto de Rosa Torres-Pardo. Naturalmente interpretaría Iberia. No eran las mejores condiciones: el caserón de Rostand, que está cargado de gracia, de rincones curiosos, de espacios que nos acercan a sus invenciones literarias, a su inmortal creación de Cyrano de Bergerac, tiene algo de pequeño museo más útil para el recorrido teatral que para la música de Albéniz. No importó. Rosa, con su fuego, su capacidad de elevarse en medio del riesgo, con su ángel y sus demonios, con aquel piano y en aquella sala, que parecía pensada para interpretar un duelo a espadas y no una lucha contra las enrevesadas y geniales notas del mejor Albéniz. Rosa ganó la pelea, en los primeros momentos; con unos pocos compases consiguió transportarnos de aquel lugar de Rostand a algún lugar de un sur llamado Iberia. Así, en unos segundos, al atacar con delicadeza y nervio el piano, con las primeras notas, nos sacó de aquel mundo tan esencialmente francés y nos transportó a una tierra imaginaria que un día soñara un español fuera de su tierra.

Comenzaron las notas primeras de Evocación, con ellas nos acompañaba una cierta melancolía. Aquello ya no era la tranquilidad balnearia, el racional norte se difuminaba, ahora estábamos en otro lugar, en un sur distinto, quizá sólo posible en la imaginación. Por aquellos salones, como un viento del sur, se colaron Andalucías jondas o alegres, suspiros y sollozos, llegaron alegrías y procesiones, pasaron fiestas y dramas. También pasó el Madrid de Lavapiés. Para terminar la juerga en alguna taberna del sur. La noche se hizo completamente ibérica. Paseamos por aquellos jardines, racionalistas, anglo-franceses, de la casa de Rostand y nos llegaban los recuerdos de otros jardines, de otras noches. Incluso el vino, seguramente francés aunque discreto, resultó delicioso. Ya estábamos embriagados por la borrachera ibérica salida de las manos de Rosa Torres-Pardo.

Unos meses después, en pleno verano agosteño, algunos de los amigos de aquella noche deCambo, y en compañía de otros habituales seguidores de Rosa -da igual que sea por las leonesas brañas de Laciana o por las butacas de auditorios de medio mundo- hicimos el viaje contrario. El viaje al lugar del nacimiento de Albéniz, Camprodón. Habíamos comido galletas de ese pueblo fronterizo. Incluso sabíamos que en aquel lugar del Pirineo Catalán, además de exquisitos embutidos, ríos límpidos y puentes medievales, hace tiempo tienen su refugio algunos catalanes ricos y famosos. No sabíamos que también allí, en una de sus más hermosas residencias, vivió los últimos días antes del exilio el presidente Negrín. También por allí pasaron miles de exiliados que, a su pesar, dejaban su querida Iberia. Gentes que seguramente estaban cerca del espíritu libre y del pensamiento libre de aquel músico que murió al otro lado de la frontera treinta años atrás. Seguramente Albéniz, el librepensador, independiente, vividor y gozador, Isaac, el hijo del aduanero de Camprodón, también tendría que haber acompañado a aquellos ibéricos hijos del exilio.

En ese pueblo natal de Albéniz, en la iglesia de su histórica abadía románica, por aquellas calles, entre aquellas piedras llevaba Rosa Torres-Pardo algunos días de lucha apasionada contra las increíbles complejidades de una obra tan grande como inaccesible. No han sido muchos los valientes. Ni los más geniales y reconocidos pianistas han querido arriesgarse con esas notas, con esa composición tan popular, tan de terrenales raíces profundas que les podía hacer tener que inclinarse demasiadas veces para recoger las notas perdidas. Endiablada y telúrica Iberia, que a la hora de la interpretación parece requerir a alguien que sea capaz de batallar con la energía de un ángel caído y aliarse con las fuerzas arcangélicas. Hay que trabajar como un demonio y tocar como un ángel, con energía y delicadeza. Ser rotundo y ligero. No es fácil. Cuentan que el propio Albéniz, que no era cuando compuso Iberia, en los últimos años de su vida, ni estilizado ni ligero de apariencia ni de formas, estuvo a punto de abandonar la obra por la propia complejidad de ejecución que ni un virtuoso y padre de la criatura como él, era capaz de interpretar a la manera deseada.

Albéniz era un luchador, pero también era un genio que no despreció los placeres. Incluso los amó demasiado, vivió apurando y gozando de la vida. Incluidos los excesos fumados, bebidos y comidos. Yo creo que para emocionar con Iberia, más allá de esa endiablada dificultad interpretativa, de esas especiales condiciones técnicas que sin duda son patrimonio de muy pocos, hay que tener el espíritu vital, el deseo de gozar, la capacidad de disfrutar que tuvo su creador. Así veo a Rosa Torres-Pardo. Vital, con muchos fuegos, con el fuego. No fuma, apenas alguna calada a escondidas. No bebe, quiero decir que no es capaz de seguir a los amigos, no que sea abstemia. Sí come, ma non troppo, aunque con placer y buen pico. Y por ello, o sin embargo, es capaz de apurar días, noches, charlas, escapadas, risas, paisajes y paisanajes. Se hubiera llevado muy bien con Albéniz. Con el cerebral y con el pasional. Pero eso, nada menos que eso, no basta. Además está la dedicación de lustros, la obsesión perfeccionista, el atrevimiento y el riesgo de jugártela con una obra imposible y sin embargo necesaria.

Allí, en Camprodón, en el lugar del origen, en una misteriosa noche de verano, en aquella iglesia medieval, en la tierra del genio, en presencia de Alicia de Larrocha, entre familia del compositor, especialistas, aficionados y algunos despistados -pocos-, nos sumergimos en ese magia llena de gracia, de riesgo, de fiesta y profundidad. Nos reconocimos en Iberia, nos emocionamos, nos pareció que la música, su interpretación, la que ahora podemos reproducir, hizo que ese lío, ese complicado ruedo que llamamos Iberia, se haga querer mucho más a partir de su inacabada suite. Maravillosas impresiones de un recorrido que nunca se terminó, que siempre será interminable. Gracias a esta grabación ahora podemos visitar, revisitar, volver una y mil veces, a esos lugares del sur a los que Albéniz nos invitó ahora hace cien años. Como se sabe, Iberia fue compuesta en el voluntario exilio europeo, por un hombre que nació en el norte catalán, descendiente de vascos y amante del sur. También Rosa, madrileña y cosmopolita, ibérica y universal, tiene esa condición tan española, tan de cualquier parte, de todas las partes, como la mejor música. Como esta Iberia que surgió del fuego de unas noches de un verano.

Javier Rioyo

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