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Orfeo | OPERA | ROMANTICA Y NACIONALISTA (13 CD)

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84,75 €

El Anillo del Nibelungo
Richard Wagner


REF.: C660513Y
EAN 13: 4011790660929


Tras varios meses de impaciente espera, los wagnerianos están de enhorabuena. Ya está aquí la versión "oficial", bendecida por la dirección de Bayreuth, esplendorosa en su cuidadísima remasterización sonora, del "Anillo del milagro" (Ángel Mayo dixit). Probablemente ninguna otra versión de la aclamada como "obra magna de la civilización occidental" pueda ser comparada con esta arrebatadora lectura dirigida por el sumo pontífice del wagnerismo universal, el gran Hans Knappertsbusch.

FECHA DE PUBLICACIÓN
01/09/2005

INTÉRPRETES
Wolfgang Windgassen, tenor (Siegfried & Siegmund)
Astrid Varnay, soprano (Brünnhilde & tercera Norna)
Hans Hotter, barítono-bajo (Wotan)
Paul Kuën, tenor (Mime)
Josef Traxel, tenor (Donner)
Ludwig Suthaus, tenor (Loge)
Gustav Neidlinger, bajo (Alberich)
Gré Brouwenstijn, soprano (Sieglinde, Gutrune & Freia)
Hermann Uhde, bajo (Gunther)
Josef Greindl, bajo (Fasolt, Hunding & Hagen)
Georgine von Milinkovic, mezzo-soprano (Fricka & Grimgerde)
Jean Madeira, mezzo-soprano (Erda, Rossweisse & primera Norna)
Lore Wissmann, soprano (Woglinde)
Arnold van Mill, bajo (Fafner)
Elisabeth Schärtel, mezzo-soprano (Waltraute)
Hilde Scheppan, soprano (Helmwige)
Paula Lenchner, soprano (Wellgunde & Gerhilde)
Gerda Lammers, soprano (Ortlinde)
Maria von Llosvay, alto (Flosshilde, Schwertleite & Segunda Norna)
Luise Charlotte Kamps, contralto (Siegrune)
Ilse Hollweg, soprano (Pájaro del bosque)

Chor und Orchester der Bayreuther Festspiele
Dirección: Hans Knappertsbusch

DATOS DE PRODUCCIÓN
Grabado durante el Festival de Bayreuth los 13, 14, 15 & 17 de agosto de 1956
Nueva remasterización digital a partir de las cintas originales de la Bayerische Rundfunk (Radio de Baviera)
Eliminación de ruidos y reducción de saturaciones.
Supervisión artística Dieter Fuoss

CONTENIDO

Richard Wagner (1813-1883)

El Anillo del Nibelungo o La Tetralogía, festival escénico en un prólogo y tres jornadas
Libretos del compositor.

El Oro del Rhin (Das Rheingold)
Prólogo al Anillo del Nibelungo en 4 escenas (1854 / Munich, 1869)

La Valquiria (Die Walküre)
Primera jornada de la Tetralogía.
Drama musical en tres actos (1856 / Munich, 1870)

Sigfrido (Siegfried)
Segunda jornada de la Tetralogía.
Drama musical en tres actos (1871 / Bayreuth, 1876)

El Ocaso de los Dioses (Götterdämmerung)
Tercera jornada de la Tetralogía.
Drama musical en un prólogo y tres actos (1874 / Bayreuth, 1876)


13 CD - ADD - Mono


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Parece que fue ayer

El 13 de agosto de 1956, Hans Knappertsbusch entró en el foso del Festspielhaus de Bayreuth, levantó la batuta con parsimonia, miró a izquierda y derecha reclamando atención a la orquesta, y segundos después comenzó a oírse en los contrabajos el mágico Mi bemol mayor del preludio de El oro del Rin. Exactamente ochenta años antes, el 13 de agosto de 1876, Hans Richter había protagonizado la misma escena. Hace ahora nueve que Golden Melodram irrumpió en el mercado discográfico con una sorpresa que dio mucho que hablar -y aún seguimos-: el Anillo de 1956 dirigido por "Kna", completo, por primera vez en compacto, y con buen sonido. La "hoja parroquial" dedicó la portada de su número 44 (diciembre de 1996) al histórico evento, a lo que Ángel Mayo denominó "El Anillo del milagro". Tengo delante de mí ese número, con la preciosa y espectacular fotografía de la escena de las Nornas, y no me parece que haya pasado tanto tiempo desde la tarde en que, ignorante de la novedad -la reseña se publicó un mes después-, me topé con una copia de esta Tetralogía en una tienda ya desaparecida de la capital, me rasqué los bolsillos y corrí a casa presa de la excitación para catar el botín. Pero las cifras no mienten: han pasado nueve años, casi cien números del boletín (!). Y Ángel no está para hablarnos de la oficialización del milagro.

Después del Tristán de Karajan y el Tannhäuser de Cluytens, la serie Bayreuther Festspiele Live de Orfeo nos debía EL Anillo. Y aquí lo tenemos, reluciente, comprimido en 13 CDs, en una atractiva presentación, con los discos en sobrecitos dentro de una caja delgada, portada en color, extensas e interesantes notas de Peter Emmerich, jefe de prensa del Festival de Bayreuth, y una restauración, a partir de las cintas originales conservadas en los archivos de la radio bávara, que supera los buenos resultados de Golden Melodram -y de su clon en Music & Arts-. La mejora beneficia sobre todo a la orquesta, que tiene ahora más presencia y relieve, con una mayor separación de planos. No obstante conviene advertir que, aún en su estado actual, inmejorable, no se alcanza la pasmosa calidad de sonido del "gran reserva" de 1958. Aunque parezca increíble, en esta nueva encarnación el precio se ha dividido por dos. Vamos, que por un puñado de euros -poco más de 80 si se adquiere a través de diverdipuntocom- se accede directamente al Walhall. Hablando con Juan Lucas de la edición Orfeo, se le ocurrió la magnífica idea de reproducir la vieja reseña de Ángel Mayo, que describía minuciosamente las maravillas contenidas en esta ya mítica grabación con su entusiasmo y sabiduría habituales. Así que les dejo con él, mientras yo sigo disfrutando con las explosiones jubilosas de la orquesta de "Kna", Varnay y Windgassen, en el final de la mejor representación de Sigfrido en la colina verde desde 1951 hasta hoy.

Miguel Ángel González Barrio


El Anillo del milagro
por Ángel Fernando Mayo

Tenía que llegar a producirse. Había demasiada fe en el suceso, demasiada conciencia de que entre 1956 y 1958 se habían alcanzado, en el Festival de Bayreuth, las más altas cotas en la representación-interpretación de El Anillo del Nibelungo desde los años de la posguerra (Berlín, Milán, Munich) a nuestros días.Había desde hace más de cuatro lustros demasiado trabajo, demasiada tenacidad puestos en la recuperación de los documentos sonoros correrspondientes, para que al final no se produjera el milagro. Bien porque se haya tenido acceso a las cintas originales, bien porque se dispusiera de la mejor de las copias posibles, y en todo caso gracias a una espléndida labor de limpieza y restauración técnica al servicio del espíritu poético-romántico-musical, no al revés, he aquí la revelación sonora que confirma el aserto de partida. Desde ahora nadie podrá ya lamentar las condiciones en que nos habían llegado los documentos de 1957 y 1958, ni mucho menos parapetarse detrás de ellas para negar la evidencia. Franz Baun, presidente de la Sociedad Hans Knappertsbusch de Munich y almade esta larga batalla, y GOLDEN MELODRAM, que huyendo de Mastrique ha domiciliado el producto en Croacia (!) bien merecen la vuelta al ruedo wagneriano, recogiendo prendas, cigarros puros y ramos de flores.

Con buen criterio se ha optado por no insistir en las Tetralogías de los Festivales que dirigió Kna en los años posteriores, optando por la de 1956, hasta hoy de circulación mucho más reducida. Hacia 1975 apareció en América en cintas magnetofónicas abiertas muy desiguales, pues a veces estaban bajas de tono o distorsionadas y el dúo final de Sigfrido -de importancia capital como luego se verá- resultaba a lo sumo conjeturable. MELODRAM publicó después, en disco de vinilo (carpetillas amarillas de la serie 12 Jahre Neu Bayreuth) sólo La Walkyria y El ocaso de los dioses, éste con una interferencia de la Sender Freies Berlin durante parte del acto tercero.

Hace dos o tres años un sello japonés, KING RECORDS, relacionado también con la sociedad muniquesa, publicó todo el ciclo por primera vez en CD, pero con resultados deficientes de nuevo en El oro del Rhin y en el infortunado Sigfrido; como yo soy miembro de la Sociedad Hans Knappertsbusch, si bien nada tengo que ver con sus trabajos de Persiles y Segismunda, supe a tiempo que la cosa iba a aparecer otra vez con muchísimo mejor sonido. Y a fe mía que así ha sido.

Lo primero que hay que resaltar es que la definición monoaural, que respeta y reproduce con fidelidad la acústica de la singular sala, posee limpieza, brillo y dinámica en grado muy satisfactorio. No sólo han desaparecido las borrosidades, los estrangulamientos y la interferencia de la Radio berlinesa, sino que por primera vez se oye el preludio de El oro del Rhin libre de la saturación que, en esta primera producción de Wieland Wagner, venía provocada por el refuerzo del mi bemol mayor de la cuerda grave con un aparato eléctrico. Además, la realidad, la teatralidad, se hace palpable con los ruidos de escena, algunos sumamente angustiosos (Nibelheim), los roces en los atriles, el paso de las páginas de las partituras, las intervenciones discretísimas -casi siempre más intuibles que verdaderamente audibles- de los apuntadores, los conocidos zumbidos y murmullos del Kna,  cuya presencia se advierte ya durante los escasos segundos que preceden a la materialización de la música del prólogo, las atronadoras ovaciones -no están trucadas- asimismo ya desde la finalización de El oro del Rhin, que alcanzan el nivel de la locura colectiva -griterío, pateo, besos, "¿cómo está la familia?": "ya lo ve usted, en la gloria"- al concluir las quince horas más que cumplidas de incesantes y sublimes emociones estéticas. Sí, sé que hay quienes rechazan las llamadas tomas en vivo, siempre imperfectas; pero aquí interesa precisamente el documento bayreuthiano puro, este sonoro latido de su corazón sano y fuerte, no la asepsia de la sala vacía y sin alma, reducida a un estudio de grabación más.

¿Cómo se llegó a tal acontecimiento artístico? Este iba a ser el duodécimo ciclo tocado en Bayreuth desde 1951. Se habían sucedido al frente, siempre con Wieland puliendo y mejorando la producción, Knappertsbusch, Karajan, Keilberth, Krauss y de nuevo Keilberth, quien dirigió desde 1954 los cinco ciclos antecedentes, incluido en ellos el primero de 1956; este magnífico concertador tenía, pues, la orquesta nibelunga a punto de caramelo: quién sabe si el papel que tuvo que representar en 1956 -preparador del segundo ciclo- contribuyó a que jamás volviera a dirigir en Bayreuth. A Kna  lo convencieron con argumentos conmemorativos, que siempre hallabanen él eco: el ciclo iba a desarrollarse ochenta años después del estreno exactamente en las mismas fechas, 13 a 17 de agosto, con el solo descanso del día 16 entre la segunda y la tercera jornadas. ¿Cuándo ensayó el gran improvisador lo que ya había ensayado tambien Keilberth? Se dice -no en las notas- que sólo hizo un ensayo general de Götterdämmerung: ¿el día 16 de agosto, el 12 sin cantantes o sólo con parte de ellos? ¿Cómo se explica entonces la realización de mil matices exclusivos en el tempo, la acentuación, el fraseo y las transiciones? ¿Acaso Maximiliam Kojetinsky, el kapellmeister de Graz, que sabía sánscrito wagneriano y era quien tenía la competencia delegada de prepararle a Kna  las representaciones, había hecho saber de antemano los detalles? La verdad es que las cuatro obras quedan diferenciadas, y dentro de ellas los actos y escenas, con un sentido de la unidad del conjunto jamás documentado así por otra batuta. El oro del Rhin no es la obra expositiva -aburrida y anticuada la consideraba Böhm- y escasamente creíble; al contrario, marca ya los extremos entre los que se mueve el Anillo: el estado de inocencia (fondo del Rhin) y el estado de terror (Nibelheim); La Walkyria es un vasto caudal de lirismo trágico, de emotividad incontenible; Sigfrido no es el cuentecito con la bestia nórdica rubia suelta, sino el territorio del bosque profundo, natural y humano: descubra el oyente por sí mismo la riqueza psicológica de los personajes y los meandros de sus relaciones; y El ocaso, ah, qué cima entre cimas, qué apabullante demostración del genio estructural de Wagner y del dominio del material que llegó a conseguir: los grupos sociales, las naciones, lo estados, las civilizaciones perecen cuando la corrupción lo invade todo y los mejores, los guías, son sacrificados a la debilidad moral de castas dirigentes agotadas y estériles (Gunther, Gutrune) y a la espantosa sed de poder de quienes tienen de piedra el corazón (Hagen). Wagner sabía mucho de esto. También Knappertsbusch, su canciller mayor. Así, la escena del juramento de hermandad de sangre -lo más noble y lo más abyecto unidos viscosamente- acongoja el alma, y la escena de aparente relleno -la falta de perspectiva y análisis ha llevado a hablar de recaída en la "gran ópera"- que sirve de puente entre el diálogo de Alberich y Hagen y la llamada por éste a los guibichungos se convierte, con la irresponsabilidad de Siegried, los flirteos de Gutrune y la sorna latente de su hermanastro, en la parodia de la pompa ficticia, que enseguida va a desmoronarse ante la furia de los acontecimientos.

Aunque Wieland Wagner no había dejado de hacer experimentos con los cantantes, la base se mantuvo firme desde 1953 -Hotter, Varnay, Greindl, Windgassen, Uhde, Neidlinger, Kuen, Von Milinkovic, Von llosvay-y el conjunto formaba ya un equipo insuperable en cuanto tal, modelado a imagen y semejanza del genial director de escena. Hablo de equipo porque el lenguaje y la eficacia son comunes, porque todos los miembros se comunican, dialogan, combaten o se complementan; mas las grandes individualidades pasan también a primer plano con sus personalidades magnas. No faltan, claro, las asperezas de Greindl, los problemas de fiato de Hotter (aquí afortunadamente insignificantes), las economías de Windgassen (1), por otra parte tan sabias para llegar sobrado allí donde hay que decir aquí estoy yo y con el incomparable cantante en el mejor año -estado vocal, madurez interpretativa- de toda su carrera. Astrid Varnay, Gustav Neidlinger y Paul Kuen son tres pilares maestros; la soprano se deja en el empeño, como siempre, la vida, pero además canta, modula, dice, frasea y, cuando procede, corta los aires con la espada de su majestuosa voz de plata; en ella es soberano todo, mas no pueden dejarse de destacar dos cosas: cómoaguantó -por última vez- la nota larga opcional, con el tempo de Kna, sobre ihm innig vertraut (acto III de La Walkyria), y el prodigioso dúo de Sigfrido, cuando ella y Windgassen aceptaron el desafío de la batuta para dejar en los anales esta sentencia: más allá, imposible. Pero además están la elegante, sensible y femenina Gré Brouwenstijn (Freia, Sieglinde, Gutrune), el gran Suthaus como Loge de sutiles recursos expresivos y esa otra inmensa contralto que se llamaba Jean Madeira -¡qué Carmen debía de hacer en el teatro!-, Erda mítica y Waltraute trágica (otra escena irrepetible la de ambas walkyrias en Götterdämmerung); y las tres magníficas hijas del Rhin, con Lore Wissmann entre ellas (el gran amor de Windgassen), y las indescriptibles Nornas: de nuevo Jean Madeira, Maria von llosvay y... ¡Astrid Varnay!, quien caracterizada ya como Brünnhilde tuvo que sustituir -sin previo aviso y envuelta en penumbras- a Martha Mödl, repentinamente indispuesta. Eficientes Traxel y Herwig, aunque éste ande un poco apurado en la invocación del trueno, y muy dulce Use Hollweg como Pájaro del Bosque, quizá pudiera hablarse, en principio, de inadecuada distribución de los gigantes, pues para el violento Fafner iría mejor Greindl y para el enamorado Fasolt convendría la voz de Van Mill, más elegante; pero Wieland era Wieland, y así consigue hacer atractivo el contraste de la rudeza del gran Greindl con los sentimientos que expresa, mientras el noble color del bajo holandés da un dragón-ogro-traganiños de auténtico cuento. Quien es indiscutible como Gunther es Uhde, otra invención de Wieland. En fin, despidamos al soberbio reparto con la mención colectiva a las imponentes walkyrias, quienes, como siempre con Kna, son el regimiento de coraceros del Walhall, no el Séptimo de Caballería de un western.

¿Qué dirá la crítica inglesa, que llegó a equiparar a Reginald Goodall con Knappertsbusch? ¿Qué dirán ciertos críticos franceses, quienes sentenciaron que La Walkyria y El ocaso de 1956 mostraban al director desentendido de los cantantes y llevándolos al límite de lo imposible, que el ciclo de 1957 lo presenta atrincherado en sus dogmatismos y que el de 1958 significó al fin la liberación de las cadenas, la invocación a la fantasía y la vuelta a un tempo razonable (2)? ¿Qué dirán Egon Voss y otros teutones voceros de la suciedad y falta de dramatismo de la orquesta wagneriana de Kna ? Por de pronto, si la distribución comercial es ágil, la edición va a hacer furor en Japón y en América. Además, si hay justicia en este mundo, acaparará los premios de 1996 -cuarenta años del evento, treinta de la muerte de Wieland Wagner- a la mejor grabación histórica. Pero para los creyentes será el milagro, y el milagro quiere decir en resumen que este documento se eleva, en su servicio a lo más grande, muy por encima de todo lo conocido (incluidos los Anillos de 1957 y 1958 en su actual estado sonoro) antes y después de la manifestación del prodigio. Por último, un consejo si se me permite. Sé que es inevitable que el oyente expectante quiera picar aquí y allá; sin embargo, la portentosa unidad de conjunto demanda la audición del prólogo y de los actos de las jornadas completos y por su orden, con tiempo y sosiego, y con una versión bilingüe solvente entre las manos, si no se dispone de las partituras.

Ángel-Fernando Mayo

(1) El eminente cantante-actor se reía así si le preguntaban qué había dicho la crítica sobre una actuación suya: "Lo de siempre, que he estado económico". Pero tenga en cuenta el lector que el día 11 de agosto de 1956 nuestro hombre cantó Walther; el 12 se fue a Stuttgart, a descansar; el 14 regresó conduciendo para sustituir a Vinay como Siegmund y pasó casi directamente desde el coche al escenario; el 15 y el 17 sumó como si tal cosalos dos Sigfridos,yel 18 remató la semana con otro Walther.

(2) Las duraciones totales -recuérdese que en el Sigfrido de 1957 hay un corte en la Canción de la Fragua- no difieren gran cosa; ¡pero el ciclo más lento es el de 1958

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