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Orfeo | SINFONICA (8 CD)

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41,85 €

Wilhelm Furtwängler
Los Conciertos de Salzburgo (1949-1954)


REF.: C409048L
EAN 13: 4011790409825
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FECHA DE PUBLICACIÓN
27/11/2006

INTÉRPRETES
Orquesta Filarmónica de Viena
Dir.: Wilhelm Furtwängler

DATOS DE PRODUCCIÓN
Edición conmemorativa de los 50 años de la muerte de Furtwángler
Selección y supervisión artística: Gottfriedd Kraus

CONTENIDO
Wilhelm Furtwängler
Los Conciertos de Salzburgo (1949-1954)

CD 1
Pfitzner – Sinfonie
Stravinsky – Sinfonie in drei Sätzen
Brahms – Sinfonie No. 4
CD 2
Bach – Brandenburgisches Konzert No. 3
Beethoven – Sinfonie No. 3
CD 3
Bach – Brandenburgisches Konzert No. 5
Mendelssohn – Die Hebriden
Mahler – Lieder eines fahrenden Gesellen
CD 4
Bruckner – Sinfonie No. 5
CD 5
Beethoven – Sinfonie No. 9
CD 6
Strauss – Don Juan
Hindemith – Die Harmonie der Welt
CD 7
Schubert – Sinfonie No. 8
Beethoven – Sinfonie No. 8
CD 8
Beethoven – Große Fuge · Sinfonie No. 7

8 CD - Mono - ADD

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Furtwängler dirigió por primera vez a la Filarmónica de Viena en el Festival de Salzburgo en 1937, y su figura dominó el Festival desde 1947 hasta su muerte. Allí programó con eclecticismo, incluyendo junto a Bach, Beethoven, Schubert, Brahms o Bruckner, obras de Hindemith, Uhl, Pfitzner o Stravinsky, lo que pone sordina a sus pretendida falta de compromiso con la música de su tiempo. No se entendería en alguien que se consideraba a sí mismo un compositor que dirigía y que a lo largo de su carrera estrenó obras de Schoenberg, Pfitzner, Bartok, Hindemith, Prokofiev y Honegger, entre otros. El sello muniqués ha reunido en un atractivo álbum de 8 CDs las grabaciones conservadas de los conciertos del Festival de Salzburgo (años 1949-1954). Nada hay nuevo, pero la reedición es oportuna porque algunos registros eran poco menos que inencontrables o se hallaban dispersos en varios sellos. Parte del material había aparecido ya en la serie Festspieldokumente de Orfeo. Es el caso de la Sinfonía en Do mayor op. 46 de Pfitzner, el registro más antiguo de los incluidos, la Cuarta de Brahms del 15 de agosto de 1950, Séptima, Octava - ambas del 30 de agosto de 1954- y Novena -31 de agosto de 1951- de Beethoven y las Canciones de un camarada errante de Mahler, con Fischer-Dieskau -19 de agosto de 1951-. Se han recuperado los procesados que Othmar Eichinger y Gottfried Krauss, responsables técnicos de esta edición, realizaron para EMI de los Conciertos de Brandenburgo 3 y 5 y la Heroica -31 de agosto de 1950-, Quinta de Bruckner -19 de agosto de 1951- y el concierto del 30 de agosto de 1953, en el que se tocaron La armonía del mundo, de Hindemith, la Grande de Schubert, y el Don Juan de Strauss -la grabación en vivo de esta última obra, destruida o perdida, se ha sustituido por la grabación de estudio que Furtwängler hiciera para EMI en 1954-. Una soberbia obertura Las Hébridas, de Mendelssohn, muy superior a las dos conocidas de estudio, y una Sinfonía en tres movimientos de Stravinsky (1) en la que Furtwängler demuestra, si no una gran afinidad con la obra, cuyo Andante parece no interesarle, si ganas de penetrar sus secretos, son las únicas rarezas, por la escasa difusión de que gozaron, de este lanzamiento. Un recorrido por los ocho discos pone de manifiesto el cambio operado en el estilo de Furtwängler después de la Segunda Guerra Mundial. La revisión constante de Beethoven, siempre el centro de la actividad del director, se plasmó en la acentuación de los aspectos formales en detrimento de la expresión del drama interior (2), y es palpable en lecturas ligeras, transparentes, que miran más hacia el pasado heredado que hacia la herencia futura, de la Heroica y las tres últimas sinfonías. Tampoco es ajeno a ello el sonido propio de la Filarmónica de Viena, menos denso que el de sus colegas berlineses. Esta aproximación, más reflexiva y sosegada, beneficia a la Gran Fuga, en versión para orquesta de cuerda de Felix Weingartner. La Filarmónica de Viena hace auténtica música de cámara, y responde como un "supercuarteto", tocando con virtuosismo, concentración e intensidad. Versiones así justifican el pequeño sacrilegio de meter la mano en una obra maestra, todo por el placer de escucharla interpretada por un contingente nutrido, que según Furtwängler servía mejor la monumentalidad de esta música. Esta búsqueda de la claridad, apartando la hojarasca para poner de manifiesto la estructura, afectó también a Schubert y a Bruckner. La Grande es un prodigio de precisión, flexibilidad y cantabilidad. Los masivos fortissimi y el arrollador Finale son los únicos vestigios de la dramática versión de 1942, la más difundida. En la Quinta de Bruckner la batuta actúa como un preciso bisturí para ofrecernos una disección de la partitura. Los tiempos algo erráticos en el Scherzo hacen preferible el registro de 1942.
Sin que suene a reivindicación o nostalgia de un pasado irrecuperable, creo que no es justo despreciar sin más el Bach que se hacía hace cincuenta años. Oído hoy, será todo lo retrógrado, pesado y arbitrario que se quiera, pero yo detecto en estas denostadas lecturas un respeto reverencial hacia la música y la persona, y un modo de hacer música, espontáneo, con aires de celebración, divirtiéndose, que echo de menos en muchos intérpretes rutinarios de hoy -y que no cundan el pánico o la indignación, porque no me estoy refiriendo a intérpretes del movimiento historicista-. Dirigiendo desde el piano, frente a frente con el coloso Bach, una de las cimas de la música alemana y universal, Furtwängler muestra su enorme talla de artista en la cadencia del primer movimiento del Concierto de Brandenburgo nº5, en la que el director se toma su tiempo, un tiempo que parece disolverse, saboreando nota a nota esta música maravillosa.
"¿Quién dirigirá ahora la Passacaglia de la Cuarta de Brahms?", dijo Karl Böhm en el programa homenaje que la RIAS emitió el 7 de diciembre de 1954. ¡Cuánta razón tenía! Si la Tercera le era esquiva, la Cuarta la hacía de manera incomparable, y nadie ha dirigido tan "literalmente" como él el último movimiento, Allegro energico e passionato. La registrada en Salzburgo en 1950, única disponible con la Filarmónica de Viena, es extraordinaria. Sin duda el sonido, saturado en los tutti, es la causa de que no goce de mayor consideración entre los furtwänglerianos, que se decantan por las de berlinesas de 1943 y 1948, más exaltadas.
Una de las joyas del álbum es la versión de las Canciones de un camarada errante. Mahler figuró en los conciertos de Furtrwängler ininterrumpidamente desde 1912 hasta 1932, fecha en que desaparece de sus programas hasta 1948. Además de este ciclo, del compositor bohemio tenía en repertorio las cuatro primeras sinfonías, las Canciones a la muerte de los niños, La canción de la tierra y algunas canciones orquestadas. El paréntesis mencionado obedece a una causa obvia: la prohibición de Mahler durante el nazismo. Lo que es un misterio y una lástima es por qué, acabada la guerra, pasó a ser un invitado infrecuente, sobre todo cuando, al escuchar esta lectura salzburguesa, atenta a los detalles y al color orquestal, cae uno rendido ante tan magistral recreación del universo mahleriano. Hasta el punto de que, de no ser por la escasez de testimonios -además de éste, sólo se conocen otras dos grabaciones de este ciclo de canciones-, estaríamos tentados de considerar a Furtwängler como un eminente maheriano. Lo de Fischer-Dieskau, a sus veintiséis años, es de oír para creer. Si en la primera de las cuatro canciones parece atenazado por la responsabilidad, en las tres restantes la belleza del instrumento, la técnica de canto y la madurez interpretativa asombran a partes iguales. Un año después de este concierto, terminado de grabar el mítico Tristán para EMI, y habiendo sobrado varias sesiones de grabación contratadas en el londinense Kingsway Hall, Furtwängler pidió la partitura de las Canciones de un camarada errante, mandó llamar al productor Lawrance Collingwood (3), y aprovechando que Fischer-Dieskau estaba por allí, pues había cantado la parte de Kurwenal, las llevó al disco.
Pfitzner y Hindemith constituyen los puntos más bajos, y no por falta de implicación de la batuta -el final de La armonía del mundo parece música grande-, sino por la debilidad de las obras, escritas con más oficio que inspiración. Furtwängler se tomó la causa de estos dos compositores como un asunto personal, y los defendió de palabra y obra a lo largo de toda su vida, incluso en los momentos más difíciles. Las continuas injerencias políticas en la vida musical alemana, que provocaron su enfrentamiento con los jerarcas nazis en 1934 a causa del estreno de la ópera Matías el pintor, le movieron a dimitir de sus cargos de vicepresidente de la Reichsmusikkammer, director de la Ópera de Berlín y de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Pese a la dedicación, entusiasmo -para Furtwängler La armonía del mundo era el mejor trabajo sinfónicode Hindemith- y el genio de la batuta, hay empeños imposibles.

Miguel Ángel González Barrio

 

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