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Chandos | CAMARA | ROMANTICA Y NACIONALISTA | SIGLOS XX Y XXI (2 SACD)

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33,90 €

Alexander von Zemlinsky
Integral de cuartetos


REF.: CHAN 10845
EAN 13: 0095115184523
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En esta grabación de la integral de cuartetos de  Zemlinsky -en la que se incluye un estreno mundial-, el Brodsky Quartet insufla nueva vida a unas páginas memorables. En palabras de The Strad a propósito de un reciente directo del Brodsky "su interpretación es tan sensacional que parecen estar mejorando el mundo". Los cuatro cuartetos representan un viaje por el pensamiento del autor austríaco, como puede apreciarse al trazar un arco estético entre el brahmsiano Cuarteto en La mayor, Op. 4 y el modernista Cuarto, Op. 25.


FECHA DE PUBLICACIÓN
02/02/2015

INTÉRPRETES
Brodsky Quartet


CONTENIDO
Alexander von Zemlinsky (1871-1942):

Integral de cuartetos de cuerda

String Quartet in E minor (premiere recording)
No. 1 in A major, Op. 4
No. 2, Op. 15
No. 3, Op. 19
No. 4, Op. 25 (Suite)

2 CD - DDD

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Los límites de la belleza

Javier Palacio

«Un gran artista, en posesión de todo cuanto es indispensable para la expresión de lo esencial, debe respetar los límites de la belleza, por más que los extienda más allá de lo que se haya hecho nunca», escribió un día Alexander Zemlinsky a su cuñado. Seguramente el cuñado leería estas palabras con cierta sonrisa de superioridad, teniendo en cuenta que éste no era otro sino un Schönberg a punto de adentrarse en un universo sonoro que iba a pulverizar el concepto tradicional de belleza, o que obligaría a entenderla desde perspectivas hasta entonces impensables. «¿Me seguirá, me seguirá -se preguntaría posiblemente- allá donde ningún músico se ha atrevido a ir», escuchando ya en su cabeza las más audaces disonancias?     Pues no, Zemlinsky no le siguió. Y es que su música, considerada a veces como puente entre la herencia brahmsiana y la atonalidad y posterior dodecafonía, permanecería en un territorio claramente acotado, extrayendo múltiples, modernas, enseñanzas de las lecciones armónicas, modales y melódicas del post-romanticismo pero sin atreverse a cruzar la puerta, el, digámoslo de manera rimbombante, umbral del mundo sonoro futuro. Claro que eso, ¿representa acaso un demérito, una prueba de tibieza o de incapacidad para situarse a la altura artística de su época? No, desde luego que no, como sin duda sabrá de sobras el hipotético y paciente lector.      Zemlinsky es dueño, como nos recuerda la presente edición completa de sus cuartetos a cargo del conjunto Brodsky, de una gramática rica y de exquisita sutileza contrapuntística, muy atenta siempre a la fluidez expositiva, acompasada por las mayores singularidades rítmicas. Todo ello inscrito en una expresión torturada y tortuosa pero excepcionalmente nítida, recurriendo a mimbres autobiográficos para ofrecer una sombría paleta de timbres y colores, igualmente en concordancia con las zozobras de la época que le tocó vivir. Aunque uno no pueda ocultar sus preferencias por el universo musical alumbrado por el triángulo SBW (Schönberg, Berg, Webern), justo será reconocer que el punto colindante Z no dejaría de ser emisor de expansivas ondas sonoras que llegan hasta hoy con emocionante intimismo.     El programa comienza no obstante con un Cuarteto nº 1 en la mayor, op. 4 (1896) de vibrante tonalidad, feliz homenaje a su maestro Brahms. El allegro con fuoco introduce un airoso motivo rítmicamente cambiante que deja paso a un scherzo de elegantes hechuras y a un posterior movimiento pausado, de carácter elegíaco y resonancias lejanamente folclóricas. Esta temprana pieza, que culmina con el brío inicial, es ya reveladora de la considerable fuerza expresiva que alcanzará más tarde el compositor.     Más interesante resulta el Cuarteto nº 2, op. 15 (1913-1915), suerte de diario íntimo de unos años difíciles (ruptura con su amante Alma Mahler, anulación de los estrenos de un ballet y dos óperas -Kleider machen Leuten a causa de su dificultad para los cantantes; y cuando ésta finalmente se estrena apenas tiene eco-). La obra establece desde el comienzo sutiles vínculos con el Cuarteto nº 2, op. 10 de Schönberg -tonalidad fa diesis menor, asociada al dolor y a la culpa- y se revela plagada de símbolos, tanto del calvario de Cristo como del drama vital del autor (los nombres de Schönberg, Zemlinsky y Mathilde, hermana de éste y esposa de aquél, comparecen cifrados entre las notas). Más allá de tal armazón conceptual la pieza exhibe un enorme virtuosismo y encadena incisivos motivos para violín solo (apuntando al aislamiento de Mathilda), para los dos violines o para violonchelo (dominando este instrumento, en las hábiles manos de la chelista Jacqueline Thomas, sobre el resto en tanto que representación de Schönberg). Con todo, su anclaje en el ámbito sonoro post-romántico puede resultar por momentos asfixiante.     Por su parte el Cuarteto nº 3, op. 19 (1924) se decanta por una mayor economía sonora. La estructura se despliega a partir de los elementos, ritmos e intervalos, expuestos en la obertura, con sus dos temas motívicos enfrentados; y el notable segundo movimiento, entendido habitualmente como respuesta sarcástica a las técnicas dodecafónicas, extrae de apenas cuatro compases una serie de taciturnas variaciones elaboradas con los materiales de las precedentes. Pero del despojamiento extremo de esta sección pasamos al lirismo ligeramente disonante de la Romanza, donde compiten el melodismo de la viola y el empuje dramático del chelo y el violín, concluyendo la composición con inusitada fuerza y burlesco colorido. Todo un cóctel emocional y sin duda el mayor acercamiento de Zemlinsky a la modernidad.     Porque el Cuarteto nº 4, op. 25 (1936), en homenaje a Berg tras su muerte, revela cierta postura de escepticismo frente al nuevo lenguaje, como si el autor buscará antiguos asideros para fundamentar sus búsquedas. Abundan las referencias y citas, desde Bach y Beethoven a Brahms y Wagner, si bien se sirve de una ágil estructura en seis movimientos con continuas intersecciones motívicas y temáticas, dando lugar a recargadas variaciones y  contrapuntos donde el violonchelo, de nuevo, desempeña un más que significativo papel. Especialmente notable resulta la parte final, de latido potente y enérgicamente disonante, demostrando que no se trata de una música en absoluto ajena a su época. La interpretación del Cuarteto Brodsky, por supuesto, hace honor a la importancia del proyecto, dotando a estas composiciones en ocasiones tan tormentosas de una absoluta legibilidad y penetrando a fondo y con fineza en sus densas armonías, tanto en los numerosos pasajes solistas como en las elegantes polifonías de conjunto.

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