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Pentatone | SIGLOS XX Y XXI | SINFONICA (1 SACD)

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17,95 €

Alfred Schnittke
Sinfonía nº 3


REF.: PTC 5186485
EAN 13: 0827949048562
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La Tercera de Alfred Schnittke supone una auténtica exploración artística dentro del corpus sinfónico del compositor. Se trata no tanto de una componenda entre la herencia del pasado y los nuevos -y personales- hallazgos creativos del compositor ruso, sino de una nueva síntesis lingüística que -debido a la naturaleza  del encargo- busca capturar la historia de Leipzig como un crisol espacio-temporal en el cual se funden y confunden los siglos musicales, mementos de un pasado que tiene efecto y consecuencia en el presente. El enorme Jurowski nos deja para el recuerdo un Schnittke insuperable.


FECHA DE PUBLICACIÓN
02/02/2015

INTÉRPRETES
Rundfunk-Sinfonieorchester Berlin
Vladimir Jurowski, dirección


CONTENIDO
Alfred Schnittke (1934-1998):

Sinfonía nº 3

1 SACD - DSD/DDD - 52'16'

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

El mejor Schnittke por el mejor Jurowski

Santiago Martín Bermúdez

A lo largo de todo el siglo XX da la impresión de que la sinfonía se salvó de desaparecer gracias a que se convirtió en otra cosa. ¿Son sinfonías la Octava de Mahler, la Catorce y la Quince de Shostakóvich? ¿Son sinfonías las propuestas así llamadas de Schnitke? Con la amplia obra de este espléndido compositor mal visto por el sistema soviético del que le tocó ser súbdito (allí no había ciudadanos, y eso hoy parece toda una tendencia, lo digo en serio) se puede decir que la sinfonía se limitó a convertir en sinfonía muchas músicas que eran “otra cosa” y que no se sabía bien qué eran, porque, como en el caso de Mahler y Shostakóvich, eran demasiado para ser un ciclo vocal o coral, y después de todo lo vocal y lo coral se habían convertido en partes de la sinfonía mucho antes. Una lección: no hagan caso de los que proclaman (¿vaticinan?) la muerte de la novela, de la sinfonía, de la ópera, del cine. Caramba, todos queremos ser contemporáneos de algún pequeño apocalipsis.

Con la Tercera Sinfonía de Schnittke no hay que plantearse esas cosas, aunque sí con algunas muy cercanas. Con la Tercera estamos en 1981, la década definitiva para el sistema herido de los soviets. Para gentes como Schnittke acababa un mal sueño al final de los ochenta; empezarían las pesadillas aquí y allá, no nos podemos detener en detalles. Schnittke se convirtió en un músico por fin libre, pero atrás quedaban muestras de libertad como esta Tercera Sinfonía. La historia de la música da pie tanto al clasicismo como a la riqueza de estilos de quien se zambulle en el pasado y resurge de las aguas con la mayor de las modernidades, lo que no está al alcance de cualquiera. Sí lo estuvo –lo está- al de Alfred Schnittke, que falleció en 1994, que en rigor vivió poco para lo mucho que tenía que componer aún, y que hoy tendría ochenta y un años.

Ese crecimiento del Moderato inicial, hasta su ápice en el corazón mismo del movimiento, puede ser wagneriano en parte de su letra, pero es más Ives por su espíritu. Como si dijéramos: el caos tiene su poética que la poesía no siempre entiende. Pero como la obligación de la poesía no es entender, sino enunciar, acaso abarcar, este movimiento enuncia la poética del caos, que no es sino apariencia y disfraz de un tipo de orden, de otro orden. El diatonismo se impone en el segundo movimiento, Allegro, pero los temas se suceden (¿se defraudan?) y no nos quedamos con ninguno, aunque se enuncian con la promesa a veces ingenua de las músicas ligeras (ligeras, comerciales; no populares, eso es otra cosa). Mozart nos guiña el ojo, o acaso es Schnittke, disfrazado también, quien guiña el suyo con la letra del propio Mozart. El entrevero de un vals, ahora; la calma nocturna con voz cantante de picolo, después. Tantas cosas: cómo enumerarlas todas. Descripción, no análisis. Imposible el análisis, innecesaria la descripción, salvo para inducirle a usted, lector querido, la escucha de esta hermosura de registro. En fin, Debussy enseñó a la humanidad que no todo el monte era variación. Y bien que lo aprendieron algunos. Así, Schnittke. Pero no crean: también en eso de lo diatónico quedaremos defraudados; agazapado, espera el caos, la selva, el estallido, mas también el nocturno.

Del tercer movimiento, Allegro pesante, nos dice el compositor que contiene la historia de la música alemana. Vale, Alfredo, lo que tú digas. Pero déjame a mí que oiga. Y lo que oigo, al margen de citas que justifiquen eso que dices, es una continuidad de la lógica ivesiana del caos, y no “por otros medios”, sino prácticamente por los mismos. El Finale no es un movimiento vigoroso, sino un Adagio rico en nocturnidades sugerentes, pero siempre en la misma tanda de códigos. Su compatriota Shostakóvich tal vez le inspira la gramática de la desolación (la gramática, no la dramática, que Schnittke conoce bien, aunque Dmitri la conociera mejor todavía, porque vivió tiempos de mayor peligro, si bien ambos desplegaron amplia moribundia, en el estricto sentido): los largos o adagios desolados del uno reviven ahora, pero se resuelven con una temática menos premiosa, más variada, porque Schnittke no puede quedarse en un tema así como así, lo suyo no es el minimal, lo suyo es lo máximo, caramba. Poética, lírica, noche, un pincement au coeur. Y angustia, pero disimulada. En música, todo eso se da mediante nocturnos de apariencia ingrávida, con lentitudes muy intensas, con una expresividad que renuncia a la mueca pero no del todo al escenario, notas tenidas, poca modulación, densidad sin especial tímbrica ni armonías desusadas, raros saltos interválicos (no faltan). Escenario, o pantalla, o sombra chinesca, qué importa. Todo, hasta ese diluirse, ese “perderse”, la disolución del sonido… y del apretón de la garganta.

Vladimir Jurowski es un “todo terreno”, sí. Acabamos de referirnos a su CD con la Doméstica de Richard Strauss, con la misma orquesta, y nos sorprendía la capacidad de acertar en el matiz, en el dibujo y hasta en la temperatura (no utilizábamos ninguna de estas palabras, para qué, es ahora cuando vienen bien, porque nuestro ruso las hace adecuadas), y de todo eso necesita a raudales un discurso sinfónico tan rico como el de Schnittke, que tuvo la desdicha de estar allá, que tuvo la suerte de no estar influido por la dictadura nefasta de la generación de la vanguardia, ésos que pretendieron quedarse con todo. Casi lo consiguieron. Jurowski es un artista en el mejor sentido de la palabra (porque esta palabra tiene sentidos y sentidos) y no es tan sorprendente que le salga tan redondo su Strauss de lo cotidiano y tan hermoso su Schnittke de lo universal. Lo universal, lo sabemos bien, parte siempre del salón de casa, donde viven papá, mamá, los niños, los abuelos, los antepasados, los retratos, los vecinos y la policía; con vistas al mar o a la Lubianka. Pero consigue volar; volar lejos. A lo universal, su verdadero destino, vocación. Jurowski vuela y hace volar. No es escapismo, es vocación de lo que está allá y que, en germen, está aquí, en esta amplia secuencia de notas llamada Tercer Sinfonía. El mejor Jurowski hace volar, aún más, al mejor Schnittke, el que componía piezas como esta hermosísima sinfonía de hace treinta y cinco años. Tan solo.

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