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Alpha | BALLET | BARROCA | CORAL | SINFONICA (1 DVD)

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33,90 €

Jean-Philippe Rameau
Maestro de la danza [DVD]


REF.: ALPHA 704
EAN 13: 3760014197048
24 horas: Si realiza el pedido hoy, este producto estará listo para ser enviado el miércoles 17/07/2019

Nos llega este mes un nuevo DVD de Alpha que todo melómano debería atesorar en su videoteca. Se trata de la representación de dos opus poco conocidos de Rameau -Daphnis y Eglé y El nacimiento de Osiris- que por fin han encontrado acomodo en soporte físico gracias al empeño del eminente director William Christie y su magnífica cohorte de músicos. Apoyados en una coreografía suntuosa y una brillante dirección escénica, estas piezas se despojan aquí de su fama de obras menores para revelarse como unos universos musicales llenos de encanto, humanidad, sensualidad y gracia estética. No son obras escritas para la ópera parisina, sino para representaciones íntimas y privadas en Fontainebleau. Estas partituras irradian un gran sentido de libertad, con Rameau trazando su propio camino a través del culturalmente diverso mundo del Siglo de las Luces.


FECHA DE PUBLICACIÓN
03/11/2014

INTÉRPRETES
Les Arts Florissants
William Christie, dirección musical
Sophie Daneman, puesta en escena
Françoise Deneau, coreografía


CONTENIDO
Rameau, maestro de la danza [DVD]

Daphnis & Eglé
La Naissance d’Osiris

1 DVD - 107'

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Un Rameau simplemente exquisito

Javier Sarría Pueyo

Este 250º aniversario del fallecimiento de Jean-Philippe Rameau está dando para mucho… ¡muchísimo! Comentaba hace un año, con ocasión de la reseña de Les Surprises de l’Amour editada en Glossa, la sequía ramista en los últimos diez años. Sin embargo, como tantas veces ocurre, basta una efemérides de este tipo –en particular en una nación como Francia, tan dada a proteger lo propio– para despertar la llama languideciente e insuflar nuevo brío a la recuperación de las composiciones descuidadas del Orfeo francés. Y hoy, felizmente, tengo el placer de presentar un producto extraordinario en todos los sentidos.  William Christie, el hombre al que más debemos los amantes del barroco francés, ha decidido sumarse a los fastos de la conmemoración con una nueva producción teatral que, desde Caen, donde se estrenó, está a día de hoy de gira europea –España no es uno de sus destinos, faltaría más. Creo que en Madrid el aniversario de Rameau se ha conmemorado musicalmente sólo en La Quinta de Mahler; manda…–. Y, con la inquietud propia de un intérprete no consolidado, el gran maestro de la interpretación del teatro barroco galo se ha decantado por dos composiciones prácticamente inéditas, de las consideradas menores. Menores… ¡ja! Cuando uno escucha lo que les contaré a continuación, se da cuenta de que en Rameau nada hay que pueda considerarse menor, como no sea en la duración.

La elección de Les Arts Florissants ha recaído sobre Daphnis et Eglé y La Naissance d’Osiris, dos obritas en un acto –lo que genéricamente se conoce como actes de ballet, que en nada se distinguen de una entrée de cualquier ópera ballet–, las cuales se compusieron para los festejos otoñales de Fontainebleau. En efecto, cada año la corte se trasladaba en esta estación al castillo de Fontainebleau, donde se dedicaba a la caza durante el día y a festejos musicales y teatrales durante la tarde y noche, todo ello durante cinco o seis semanas. Rameau compuso Daphnis et Eglé en 1753 por encargo del Duque de Richelieu, su viejo amigo, encargado de la organización. Al parecer se sugirió como tema predominante el del amor disfrazado de amistad que es, precisamente, el tratado en Daphnis el Eglé, así como en Lisis et Délie –también presentada por Rameau para esa temporada junto a Anacréon, la única que no presentaba esta clase de alusiones–. Se trataba de una evidente alegoría de Luis XV y la Marquesa de Pompadour, quienes afirmaban no ser amantes desde 1751. Sin embargo, la desgracia se cernía sobre Rameau en el peor momento de su vida compositiva (en medio de la trifulca de los bufones y sin el paraguas financiero de La Pouplinère), pues la reina asistió junto a sus hijos a la representación de Le Mercure galant, obra teatral de Boursault escrita en 1683, y quedó escandalizada, por lo que se quejó duramente a Richelieu, quien reaccionó cancelando varias de las obras encargadas, entre ellas Lisis et Délie –de la que hoy no se tiene el menor rastro– y puede que Daphnis el Eglé, la cual probablemente no pasó del ensayo general.

Presentada como pastoral héroïque, se trata de un ballet en un acto de tema pastoral, cuyo libreto, debido a Charles Collé, no pasará a la Historia por su calidad. Sin embargo, como siempre ocurre en este género, el texto es lo de menos, lo que importa es el espectáculo, la música y la danza, que en esta composición resulta más presente que nunca. Y, desde luego, Rameau lo logró con creces. Creó algo bellísimo; un exquisito, delicado y embriagador bombón. La trama es muy simple: los personajes epónimos sirven en el templo de la Amistad y no son conscientes de sus sentimientos mutuos –amorosos, aunque ellos creen que se limitan a la amistad–. En un momento dado observan que cuando tratan de entrar en el templo, algo se lo impide –el hecho de su amor–. En ese momento Cupido hace su aparición, revelando sus verdaderos sentimientos y transporta a los protagonistas al templo del Amor, desarrollándose a continuación una celebración general. 

Rameau compensó las debilidades del libreto con una música de extraordinaria calidad, creando una de las mejores partituras del género. Enfatizó mucho la presencia de la danza, que ocupa la mitad de la música y creó unas arias y coros realmente magníficos, de gran delicadeza y sensualidad. Muestra asimismo la partitura las tendencias más progresivas que Rameau introdujo en sus composiciones en la década de 1750. Así, la obertura tiene un marcado “estilo Mannheim”, lo cual no es simple coincidencia, ya que en aquélla época La Pouplinière –quien acababa de dar la patada al dijonés– estaba empleando a Johann Stamitz en su lujosa corte musical. Destacar un pasaje sobre otro resultaría injusto, ya que cada instante musical es, en sí, una pequeña joya, por lo que la hora escasa que dura la composición resulta un constante placer que exige su escucha repetida. 

Habida cuenta de la categoría de esta operita, resulta en verdad sorprendente el nulo interés que ha despertado hasta la fecha. Aparte de la obertura, sólo se ha grabado una suite con los momentos orquestales, con la Capella Savaria y Mary Térey-Smith (Naxos, 1995), que nos descubrió con cierta dignidad la refulgente belleza de la música instrumental. Fue un aceptable aperitivo que hacía aun más urgente la grabación integral de la composición. Hemos tenido que esperar casi veinte años para ello, pero, como se suele decir, la espera ha merecido la pena. Más adelante entraré en el tema interpretativo, aunque puedo anticipar que, como era previsible, tratándose de Les Arts Florissants, resulta imposible mejorar el resultado obtenido.

El doble programa incluye también La Naissance d’Osiris ou la Feste de Pamilie. De nuevo nos encontramos en presencia de un ballet en un acto, presentado como ballet allégorique y destinado a celebrar el nacimiento del Duque de Berry –el futuro Luis XVI–. Probablemente compuesto en fecha indeterminada, se reelaboró para la temporada otoñal de Fontainebleau del año 1754. El libreto, debido al habitual colaborador de Rameau Louis de Cahusac, es todavía más débil que el de Daphnis et Eglé desde el punto de vista dramático, pero proporciona una base útil para el desarrollo de las arias, coros y danzas, efectos escénicos y espectáculo en general, que es de lo que se trata. Musicalmente nos encontramos con otra joya del Rameau maduro, en la que brilla una sensacional orquestación, bellísimos coros y arias y, por supuesto, danza, mucha danza –de nuevo las partes puramente orquestales abarcan la mitad de la partitura–. Aquí, más aún que en Daphnis et Eglé, Rameau enfatiza la importancia del ballet figuré, sin duda por influencia de Cahusac, uno de los principales teóricos de ese arte que, justamente en 1754, vio publicado su obra La Danse ancienne et moderne, en que patrocina el predominio de ese tipo de danza de acción, frente a la belle danse anterior, que, no obstante, se mantiene en forma de gavotas, rondós, tambourins y contradanzas. Como en Daphnis, todo en esta operita es bueno, exquisito, encantador y emocionante. 

Una música, pues, fantástica (¡qué decir de la increíble obertura, la ariette de la primera escena, las gavotas..!  ¿Y la cuarta escena al completo, con la alucinante sucesión de la marcha, el coro Lance tes traits dans ce séjour, el maravillosamente nostálgico air de musette, los vivaces tambourins, el delicadísimo air gracieux, la célebre ariette Règne Amour, la delicadamente idílica musette tendre y la contagiosa contradanza con coro que prosigue y concluye la obra? Reto a cualquiera a escuchar esta última sin que el cuerpo le pida pegar unos cuantos brincos). Aunque en menor medida que en el caso de Daphnis, La Naissance d’Osiris no ha gozado en absoluto del acogimiento que merece. Al margen de la obertura y junto a la grabación de la Capella Savaria y Mary Térey-Smith (Naxos, 1995), gemela de la ya comentada de Daphnis, Hugo Reyne  dirigió en 2005 una integral, única hasta la fecha, en el Festival de la Chabotterie, la cual fue registrada y editada por el sello del festival. Se trata de un producto digno y hasta notable en algunos aspectos, pero, como casi todo lo de Reyne, presenta bastantes fallos que lo alejan del ideal. Por tanto Christie, hoy, colma también en este caso un escandaloso hueco en la obra de Rameau.

Y, ahora, toca comentar lo que los responsables de la producción han obtenido de estas fantásticas composiciones. El deuvedé recoge las representaciones que tuvieron lugar los días 7 y 8 de junio de este año en Caen, con ocasión del estreno de la nueva producción a la que aludía al principio. Tratándose de ópera barroca, hay que plantearse de principio una cuestión fundamental y es la orientación del aspecto teatral: ¿se aplica o no lo que sabemos de las convenciones teatrales del siglo XVIII? No voy a entrar en el meollo de la cuestión, ya que dedicaría demasiado tiempo a ello y me desviaría de lo que importa, pero sí debo mencionar que en los últimos años se ha revitalizado enormemente el historicismo teatral gracias a la labor de dos artistas imprescindibles: Banjamin Lazar y Louise Moaty. Lo que confesadamente pretenden –y, en buena medida, logran– estos dos magníficos directores es hacer, en relación con el teatro barroco, lo mismo que los músicos historicistas han hecho con la música barroca: interpretarla según lo que sabemos o deducimos fundadamente de la práctica interpretativa de su época. Cuando uno ve una producción videográfica con dirección de esta gente –Cadmus et Hermione, con Vincent Dumestre en la dirección musical, o Rinaldo, con Václav Luks conduciendo–, todo cobra verdadero sentido y lo que sobre el papel parece absurdo y hasta ridículo, se revela como teatralmente viable e incluso grandioso. Nunca olvidaré la representación de Le Bourgeois Gentilhomme (Lazar-Moaty/Dumestre) que tuve el privilegio de disfrutar en los madrileños Teatros del Canal, en la última representación de la producción. Tras ese tipo de experiencias, uno se percata de que cualquier tipo de “actualización” del teatro barroco es imposible y perjudicial.

Pues bien, como explica el ilustrativo folleto inserto en el digipack, en esta producción normanda confluyen dos tradiciones: la de Les Arts Florissants y la de Lazar-Moaty. En efecto, Sophie Daneman, directora escénica hoy, reconoce su deuda con ambos y se decanta por una producción semi historicista. Me explico. Hay que partir de una circunstancia casual que ha condicionado de raíz todo el montaje. El auditorio del Teatro de Caen, donde habitualmente se desarrollan las representaciones escénicas, permaneció cerrado en la temporada 2013/2014, por lo que hubo que elegir nuevo emplazamiento, elección que recayó en el antaño picadero de la Académie de La Guérinière, una antigua escuela ecuestre. De esta manera, los músicos ocupan el fondo la plataforma, mientras que un poco más adelante, a la misma altura, se desarrolla la escena, rodeando el público a todos ellos. Los decorados son muy simples –entre otras cosas para facilitar la gira posterior– limitándose casi a un palio/cortinaje que sirve a múltiples propósitos, en particular a representar los diversos templos. El equipo, en lo fundamental, proviene de la escuela historicista antes mencionada: la iluminación y escenografía se debe a Christophe Naillet y el vestuario es creación de Alain Blanchot, quien atiende en lo esencial a la indumentaria dieciochesca. Aunque Naillet no ha acudido a la presencia de velas, la iluminación es muy tenue y matizada, con predominio de los tonos ocres, evidente referencia a la iluminación de época. Para la danza –como se ha dicho ya, un elemento fundamental en estas óperas–, se ha acudido a Françoise Denieau, maestra actual de la coreografía historicista, quien combina un incansable estudio de las fuentes con una potente imaginación que cubre, siempre desde el rigor, las inevitables lagunas. En este aspecto el resultado es extraordinario, pues sus ocho bailarines logran en todo momento –ya sea en las danzas cortesanas, ya en las figuradas– una perfecta combinación entre depurada técnica, expresividad y sentido dramático. Un constante placer, vamos. Pero, como ya he indicado, la orientación es semi historicista. Así, ni el movimiento escénico, ni, en buena medida, la gestualidad respetan las convenciones de la época (movimiento horizontal, ubicación jerárquica en triángulo, complemento continuo de la palabra –el canto en nuestro caso– con gestos adecuados y no anacrónicos, etc.), como tampoco el maquillaje ni la peluquería. El resultado, en todo caso, es excelente, pues se acentúa muy adecuadamente el aspecto pastoral que impregna ambas obras y no hay elemento alguno que, asumido el planteamiento, resulte negativo –algo que, por desgracia, suele ocurrir en las producciones ramistas protagonizadas por William Christie–. Por lo demás, la realización del DVD, a cargo de François-René Martin, resulta ejemplar en todos sus aspectos. En lo puramente visual, pues, se trata de un magnífico espectáculo que responde maravillosamente a las exigencias de estos dos suculentos bocados. He dejado para el final el aspecto musical, que, a mi juicio, es el mejor (reconocido que todo es sobresaliente). Creo que no hay director que haya hecho más Rameau que Christie quien, virtualmente, lo incorporó al repertorio –al menos en Francia– tras siglos de abandono y logros frustrados. Y no sólo es el padre del moderno renacimiento del dijonés, sino que, además, es quien mejor ha sabido traducir sus pentagramas, junto a Marc Minkowski. Y aquí se nos presenta un Christie de cuerpo entero, maestro del matiz, de la delicadeza, del color –nadie entiende mejor la maravillosa orquestación de Rameau– y del pulso teatral (incluso en unas composiciones tan escasamente dramáticas como estas). En los últimos quince años, además (¡a la vejez, viruelas!) se muestra muy vigoroso, evitando así cierta tendencia a la blandura que presentaba en la primera etapa de su carrera. Sus músicos siguen en plena forma y responden con la excelencia a que nos tienen acostumbrados y, salvo algún desajuste puntual fruto del directo, demuestran de nuevo que siguen siendo una de las grandes formaciones barrocas de la actualidad. El reparto, como es habitual con el franco-americano, es joven y novedoso –gracias a su Jardin des Voix anual, que permite el continuo descubrimiento de nuevos talentos–. El dúo protagonista en ambas composiciones está encarnado por Reinoud van Mechelen y Élodie Fonnard, quienes están perfectos en sus respectivos papeles, con un canto técnicamente inmaculado y estilísticamente admirable. Los secundarios (Arnaud Richard, Pierre Bessière y Sean Clayton) cumplen a pedir de boca sus cometidos, no muy exigentes en el aspecto técnico, pero siempre necesitados de una adecuada comprensión del complejo canto barroco francés, como es el caso. El único punto gris en el reparto corresponde a Magali Léger, quien, al encarnar sus dos papeles (Amor y Pamilia), muestra demasiados defectos (tesitura corta, con una línea que se desdibuja por arriba, una afinación inestable, apuros en la coloratura, voz algo engolada y timbre muy discreto). Fuera de ello y, en conjunto, un reparto admirable que permite comprobar la fecunda renovación de las voces en este repertorio. Como conclusión, debo decir que viendo esta filmación uno pasa dos horas deliciosas, sin la menor concesión al aburrimiento. Al contrario, uno experimenta admiración al comprobar cómo una música tan maravillosa ha permanecido casi oculta durante tanto tiempo. Un espectáculo exquisito, exquisitamente realizado.

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