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Orfeo | OPERA | ROMANTICA Y NACIONALISTA (2 CD)

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precio

16,95 €

Richard Strauss
Elektra


REF.: C886142I
EAN 13: 4011790886220
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Prolongando el éxito de su escandalosa Salome, la Elektra straussiana de 1909 –su primera colaboración con von Hofmannsthal– cimentaría su posición como el más preeminente compositor alemán de ópera de su generación. Incluso hoy en día, la radical violencia expresiva de este monumento lírico está considerada un paradigma del modernismo musical. Birgit Nilsson sería una de las cantantes que mejor sabría gestionar las enfebrecidas exigencias canoras del rol titular en esta producción vienesa de 1965.


FECHA DE PUBLICACIÓN
02/06/2014

INTÉRPRETES
Nilsson
Rysanek
Resnik
Waechter
Windgassen
Vienna State Opera
Karl Böhm, dirección


CONTENIDO
Richard Strauss (1864-1949):

Elektra (tragedia en un acto)


CD 1 60’31

1 Wo bleibt Elektra? 5’52
2 Allein, weh ganz allein 9’01
Boris · Katerina
3 Elektra – Ah, das Gesicht 2’08
4 Ich kann nicht sitzen und ins Dunkel starren 6’09
5 Es geht ein Lärm los 2’35
6 Was willst du? Seht doch, dort! 4’43
7 Ich will nichts hören! 4’57
8 Ich habe keine guten Nächte 8’28
9 Lässt du den Bruder nicht nach Hause 5’51
10 Orest, Orest ist tot! 6’12
11 Wie stark du bist 4’30

CD 2 38’09

1 Was willst du fremder Mensch 9’44
2 Orest! Orest! Es rührt sich niemand 11’43
3 Ich hab’ ihm das Beil nicht geben können! 2’20
4 He, Lichter! 6’45
5 Ob ich nicht höre? 7’33

2 CD - ADD

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Puro teatro

Miguel Ángel González Barrio

Esta grabación, hasta hace nada rara, difícil de encontrar (la publicó en 1992 el sello Standing Room Only / Legato Classics), documenta una velada inolvidable, de teatro musical en estado puro. El 16 de septiembre de 1965 se estrenó en la Ópera de Viena una nueva producción de Elektra a cargo de Wieland Wagner, visionario director de escena, revolucionario renovador de Bayreuth. Wieland, quien veía en la ópera straussiana el final de una de las líneas evolutivas del drama musical, recreó una Elektra freudiana, con atisbos de monumentalidad megalítica en su inquietante decorado, huyendo de “columnas, anchas escalinatas, banalidades arcaicas”, de todo lo que oliera a antigüedad clásica griega, como pidió Hugo von Hofmannsthal, para recrear una atmósfera “sofocante, inexorable, insular”. Como ocurrió con otras producciones suyas estrenadas en Viena (Salomé, Lohengrin y, póstumamente, El holandés errante), esta Elektra no fue bien recibida por el público. Sin embargo, los resultados musicales fueron excepcionales.

En el foso, el eximio straussiano Karl Böhm, más libre y relajado que en el estudio de grabación (suyo es la primer registro de estudio de Elektra, en 1960, con Inge Borkh y la Staatskapelle Dresden, en DG), más emocional que Solti, aligeró la orquesta, de la que extrajo un sonido pulido, transparente, en punta, en sintonía con el Wagner à la Mozart que meses antes hizo fortuna en la Colina Verde. El manido adjetivo “camerístico” viene a cuento aquí. Un estilo que habría hecho las delicias de Richard Strauss, quien ensayando la obra en Munich instruyó a sus músicos del siguiente modo: “por favor, toquen con suavidad esta noche. La obra ya está compuesta ruidosamente de todos modos…” Este tratamiento de la orquesta permite a los cantantes cantar con comodidad y aplicarse a hacerlo matizadamente, desplegando mil y una sutilezas con una dicción clara. La dirección de Böhm es tensa, dramática, con un impulso inexorable. Puede que Böhm resulte más convincente en su atención a los detalles de la compleja partitura, en la claridad, la narración fluida, que en el mantenimiento de una tensión continua. Algunas escenas cruciales, como el gran monólogo de entrada de Elektra, comienzan templadas para ir caldeándose poco a poco, con un final contundente, violentísimo. En cambio, la llegada de Klytämnestra es brutal, terrorífica, acongojante.  

El reparto es probablemente el mejor jamás reunido sobre un escenario para interpretar esta obra. Birgit Nilsson, Elektra por antonomasia, única, sólo había cantado el papel en Estocolmo, a modo de ensayo para estar en forma en Viena. Tras el éxito cosechado esta noche, decidió incorporarlo a su repertorio, y meses después lo grabó para Decca con dirección de Solti, todo un hito de la historia de la fonografía. Más que Isolda o Brünnhilde, es quizá Elektra el rol que mejor compendia la estatura vocal de Nilsson. Todo en ella es admirable y de rara perfección: la voz luminosa, la entonación, la firmeza de la emisión, la seguridad de los agudos, impactantes, el volumen generoso, los pianissimi timbrados… Estimulada por la escena, por el calor del teatro, alcanza aquí la cima. Leonie Rysanek, ídolo en Viena, de voz velada, sin la pureza de emisión y la dulzura características de este personaje, es una Crysothemis endurecida, que ha perdido parte de su inocencia. Una visión rica, diferente, en la voz una artista colosal, entregada. En su dúo con Elektra, un verdadero festival straussiano, saltan chispas. Estupenda la carismática Regina Resnik, que vivifica y engrandece un personaje que a menudo cae en lo grotesco y la sobreactuación. Su Klytämnestra, asimismo inmortalizada en la grabación  de estudio de Solti, atempera la violencia y cruza con naturalidad la frontera entre un canto poderoso y un parlato enriquecido con sutiles inflexiones y acentos sin romper nunca la línea. La imbatible trimurti Nilsson-Rysanek-Resnik la tenemos de nuevo en una toma del MET de 1966, con dirección de Thomas Schippers. En esta ópera de mujeres, los papeles masculinos están también magníficamente servidos. Eberhard Wächter, quien con los años llegaría a ser intendente de la Ópera de Viena, debutó esta noche el papel de Orestes, un Orestes de bello timbre, personificación de la aristocracia, que aúna el vigor de la juventud con el estigma de la fatalidad. Wolfgang Windgassen es un sorprendente Egisto, imperioso, un rey, no el habitual caricato.

El sonido de Orfeo, por lo general monoaural de calidad, nítido, cercano (se oyen pasar páginas de la partitura de Böhm), mejora sustancialmente el de SRO. Persisten las ocasionales fluctuaciones de intensidad y de canal, que pueden ser muy molestas cuando se escucha con auriculares, y pasajes puntuales de sonido sucio y distorsionado. Inexplicablemente, el nivel de grabación de Orfeo es muy bajo (ya ocurría, por ejemplo, en el Tristan bayreuthiano de Karajan): hay que subir bastante el volumen para una escucha normal, lo que produce la sensación de cierta compresión dinámica.

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