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Melodiya | OPERA | SIGLOS XX Y XXI (2 CD)

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23,90 €

El amor de las tres naranjas
Sergei Prokofiev


REF.: MEL 1001944
EAN 13: 4600317119448



FECHA DE PUBLICACIÓN
24/11/2011

INTÉRPRETES
Symphony Orchestra of All-Union Radio. Gemal Dalgat, director


CONTENIDO

Sergei Prokofiev (1891-1953):

El amor de las tres naranjas
Ópera en un prólogo y cuatro actos
Libreto de Serge Prokofiev y Vera Janacopoulos

2 CD - ADD


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Estrenada en Boston en 1921, en el transcurso de una larga estancia de Sergei Prokofiev en Estados Unidos, el fugaz triunfo de su ópera El amor de las tres naranjas –en traducción francesa– fue desmentido categóricamente en la única función que la compañía de la Ópera de Chicago ofreció luego en Nueva York. La fábula no sólo desconcertó al público, menos dado a novedades musicales que la Unión Soviética de los primeros años revolucionarios donde, con Lunacharsky como comisario de Educación y Lourié como jefe musical, propuestas así aún tenían cabida, sino que también descolocó a los poco perspicaces críticos. Además, influyó en tales juicios negativos la pugna por la capitalidad lírica norteamericana, que desde hacía unos años Boston le disputaba a la ciudad rascacielense.

Se da el caso de que el Tercer concierto para piano, estrenado por el propio compositor de los dedos de acero en Chicago, durante el mismo año, tampoco agradó. Y nadie hay más elocuente que el mismo Prokofiev a la hora de narrar este doble zarpazo a sus ilusiones. “Erré por el enorme parque que está en el centro de Nueva York –dice–, y al contemplar los edificios que lo rodean, pensé con furia en las maravillosas orquestas americanas a las cuales no les interesaba mi música (...), en los administradores que organizaban largas horas de trabajo para los artistas que ejecutaban los mismos programas trillados y los repetían cincuenta veces”.

Y sin embargo, casi todo el mundo reconoce hoy que este amor naranjero, y por descontado el aludido concierto pianístico, suponen dos cumbres dentro de una producción musical pródiga en ellas. En la obra que ahora nos ocupa, una expresiva declamación domina en las partes solistas, bien arropadas por una maraña orquestal en constante ebullición, llena de vigor rítmico, armonías picantes y breves diseños melódicos. En tal contexto, y tratándose del ruso, caben las disonancias repentinas y otras audacias formales que nunca desbordan el marco tonal que les sirve de acuerdo, en el que se mueven y mudan. También es muy hábil el tratamiento coral, que combina la homofonía con el juego de las diversas voces, el canto staccato, muy frecuente, con los ligados aéreos del IV acto, el motivo apenas apuntado con las frases (o carcajadas) reiteradas, cuya obsesiva y tan prokofievana repetición horada los tímpanos y espabila las conciencias.

Escénicamente, la obra demanda un dispositivo capaz de integrar la pluralidad de sus fuentes de inspiración, la mayoría deudoras del original de  Carlo Gozzi –los personajes de la Commedia dell´arte, con su sello de improvisación, la Maskerade, la magia negra y blanca–, o su aire de cuento de hadas, que la hacen terreno vedado para escenógrafos incultos o poco imaginativos. Los cantantes han de ser también buenos actores y la batuta de clase preferente. Esta interpretación soviética, de 1961, se presenta ataviada con galas humildes, un tanto anónimas y, por suerte para nosotros, engañosas. En efecto, su presentación es espartana, carece de glamour. Pero decimos que es espartana y casi anónima porque el productor, los dos responsables del coro y el ceñido plantel de solistas figuran en el misérrimo libreto sólo por su apellido, como sucedía en los viejos carteles decimonónicos. Gran injusticia para un elenco empero satisfactorio, comandado por el director de orquesta Dzhemal Dalgat, el único que merece el honor del nombre completo en la carátula, capaz de imponer orden y buen tino en esta fábula de perfiles eutrapélicos, permeable a la variedad de ritmos y colores instrumentales que exige Prokofiev (quien, por cierto, grabó al piano una espléndida versión del Intermezzo de esta ópera).

Mahkov, el melancólico Príncipe que ha extraviado la risa, tiene una voz timbrada y con potencia suficiente, sólo apurada en su dúo de amor con Ninette/Kallistratova, la tercera naranja, de voz más parca y menos vitaminada. El Rey de Rybinsky es estimable. Lo que más me ha interesado de esta versión es la liza entre Fata Morgana, la Maga perversa, y Celio, el Mago bondadoso. Ella es Nina Polyakova, quizá la más conocida del reparto, aquí voluntariamente desabrida, con un vibrato rápido característico de muchas voces eslavas. La gran sorpresa, sin embargo, nos la da un tal Troisky, con su material de bajo auténtico: sonoro, redondo y aun pastoso, cualidad esta última infrecuente en sus latitudes, más pródigas en voces recias y secas. Vocalmente es lo mejor de la función, una fuerza del bien y un buen cantante.

Siempre es tiempo de naranjas, sobre todo a partir de noviembre. El amor de las tres naranjas es la ópera favorita de Harlow Robinson, biógrafo puntero de Sergei Prokofiev, pues fue la primera que oyó. Envidio a quienes hoy la monden por primera vez.

Joaquín Martín de Sagarmínaga

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