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Audite | CAMARA | ROMANTICA Y NACIONALISTA (7 CD)

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49,95 €

Las grabaciones RIAS del Amadeus Quartet, vol. I
Ludwig van Beethoven: Cuartetos de cuerda


REF.: AUD 21424
EAN 13: 4022143214249
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Desde el comienzo de su carrera, el legendario Amadeus Quartet acudiría regularmente a los estudios berlineses de la RIAS para efectuar sus grabaciones. Audite recupera ahora este fondo histórico partiendo del (casi) completo ciclo de cuartetos de Beethoven, grabados entre 1950 y 1967 y aquí editados en absoluta primicia. Estamos ante un álbum colosal que demuestra cómo el Amadeus Quartet era capaz de desarrollar "holísticamente" este cosmos partiendo de cada uno de ellos como una entidad distinta pero sin olvidar nunca el gran arco expresivo y ténico que se va fraguando entre el primero y el decimoséptimo.


FECHA DE PUBLICACIÓN
01/04/2014

INTÉRPRETES
The Amadeus Quartet


CONTENIDO
Ludwig van Beethoven (1770-1827):

Cuartetos de cuerda


Op. 18 Nos. 1-6
Op. 59 Nos. 1-3
Op. 95
Op. 127
Op. 131
Op. 130
Op. 135
Op. 133
Op. 132
Op. 29

7 CD - ADD

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

REENCUENTRO CON EL MEJOR BEETHOVEN

Arturo Reverter 

El Cuarteto Amadeus nos descubrió a muchos la gran música de cámara en sus más diversas facetas. Tiempos fueron aquellos en los que el grupo visitaba España, y Madrid más concretamente, con frecuencia. Nos alimentábamos de fabulosas ofertas de este tipo, que complementaban lo que nos brindaba la Asociación Española de Música de Cámara en el Conservatorio o las que programaba Cantar y Tañer de la inefable Helga Drewsen. Durante bastantes temporadas nuestros sedientos oídos se penetraron de los grandes cuartetos clásicos, románticos y modernos en interpretaciones señeras gracias a esta agrupación, compuesta de tres centroeuropeos de ascendencia judía y un inglés.

La intensidad que estos cuatro instrumentistas concedían a sus interpretaciones era legendaria, sobre todo gracias a la labor de contagio y arrastre de su primer violín, Norbert Brainin, un individuo grueso de gran pelambrera, que se elevaba, se inclinaba, oscilaba desde su silla arriba y abajo, adelante y atrás. Nos imantaba con su fuerza, su energía y también con su inesperado toque poético. Era capaz de llevarnos al séptimo cielo en los cantos de pájaro de tantos cuartetos de Haydn, Mozart o Beethoven. Es este último creador el que nos ocupa aquí, pues gracias al álbum de Audite nos reencontramos con los maravillosos y ahora recordados acercamientos a su obra cuartetística, tantas veces mamada directamente de los arcos de estos músicos.

Brainin era la cabeza de lanza, la punta agresiva del conjunto, formado por otros tres espléndidos profesores: el violín Siegmund Nissel, el viola Peter Schidlof –cuyo stradivarius se vendía hace unos meses por 45 millones de dólares- y el chelo Martin Lovett, el único de los cuatro que vive todavía. Pero entre ellos se había establecido, pese a todo, un equilibrio monumental, que seguía los pasos del Cuarteto Busch, al que admiraban y del que aprehendieron muchas cosas, de técnica, de expresión y de articulación. Aunque los Amadeus acabarían por ser muy personales, lo que se aprecia en la elección de tempi, por lo común no atenidos a los metrónomos originales, tan discutibles, y siempre buscando la regulación de dinámicas, en ocasiones muy abruptas, estableciendo, lo que supone horas de estudio y de calibración, las mínimas diferencias que puede haber entre un piano y un pianísimo.

Todo ello combinado por una estricta atención al detalle, a la más pequeña indicación expresiva, a la reproducción de las más escondidas apoyaturas o de los ataques más delicados. Por no hablar del cuidado, a efectos de buscar la mayor de las transparencias, a las voces intermedias, con lo que el cañamazo necesario que sirve de base a la construcción general quedaba perfectamente planteado. Escuchemos en la interpretación que se nos ofrece en el álbum de Audite, por ejemplo, el Lento assai, cantante e tranquillo del Cuarteto op. 135. Las cuatro líneas suenan a la par, sin taparse las unas a las otras, en un paralelo acústico excepcional, que se saborea aún en mayor medida por la sedosidad, la serenidad y la oscuridad de los timbres. Magistral.

Porque este cuarteto era capaz de encontrar esos momentos mágicos, inigualables de Beeethoven, como el contenido en la célebre Acción de gracias del op. 132, en donde el violín de Brainin asciende como un ave del paraíso a las alturas inmarcesibles de la pureza supraterrena y se alcanzan cotas de intensidad que no habíamos percibido desde algunos históricos conciertos del Végh. Y también, a sensu contrario, dar con la clave del nervio, la energía, el vigor eléctrico que nos levantan del asiento en movimientos tan formidables como los de los Allegros extremos del op. 130 o el Allegro con brio del op. 95, tocado con un impulso que lleva auténtica dinamita en cada arco. Y no importaban, ni a ellos ni a nosotros, en estos casos, las numerosas asperezas, los pequeños accidentes, las ocasionales desafinaciones, del primer violín sobre todo. La belleza, puede que crispada, aguerrida, como lo era el propio Beethoven, de esos instantes no es definible. Hay que atender y ensimismarse. Escúchese el breve Più allegro antes del movimiento final del mencionado op. 132: pocas veces se habrá encontrado un recitativo más elocuente, más decisivo. Violín y viola fenomenales. Y luego el canto balanceante del Allegro appassionato postrero.

Como cabía esperar, el Allegro Molto, la fuga implacable del op. 59, Rasumovsky nº 3, está desarrollada con pericia y con claridad. Con la misma que se elabora la espinosa Gran Fuga, op.133, en la que los Amadeus se lanzan sin red, entregándose a las ariscadas armonías y consiguiendo, dentro de la endiablada maraña, que se escuchen todas las voces. La concentración es máxima en el Adagio ma non troppo e molto expresivo del op. 131. Los pizzicati de su Allegro moderato suenan como cañones, aunque, hemos de reconocerlo, se producen aquí pequeñas desigualdades y, cosa curiosa en Lovett, inapreciables desafinaciones del chelo. El Presto subsiguiente es verdaderamente centelleante.

El tratamiento dado a las seis obras de la op. 18 es diverso, de una óptica evidentemente más clásica. Pero, claro, estamos ante Beethoven, que ya en esa su primera etapa se despega de todo lo que se había escrito antes. En el nº 4 se aprecia una rítmica cortante, irrefrenable. Lo enjuto de la versión nos trae a la memoria memorables recreaciones del Cuarteto de Budapest. La interpretación es seca, concisa, agreste, tajante. El virtuosismo más acendrado aparece en el nº 5. En su primer movimiento Brainin hace auténticas diabluras. La dimensión orquestal, que se percibe en cualquiera de las secciones en tutti, encuentra un buen campo de actuación en el Allegro de esta obra, que deja paso a la más pimpante aproximación del nº 6, en cuyo Adagio se da un magnífico ejemplo de cómo debe emplearse el silencio en una interpretación musical. Y de qué manera debe acometerse, como anticipo de la Acción de gracias, un movimiento lento de las características del llamado La malinconia: concentración suma. Para rematar, el aire danzable del Allegretto y la fulgurante conclusión. Los tres primeros cuartetos de ese op. 18 están enfocados con donosura, equilibrio, sonoridades más recogidas y menor ímpetu. Son más hijos de Haydn y de Mozart. 

No estamos ante una integral, que quede claro. No se sabe realmente la razón por la cual en esta serie de grabaciones realizadas en Berlín entre 1950 y 1967 para la RIAS no aparece el op. 74, Las arpas. En su lugar encontramos el Quinteto  op. 29, en el que participa un viejo conocido de los Amadeus, el viola Cecil Aronowitz, que encaja, como siempre, a satisfacción, con los otros cuatro compañeros. El final del Allegro moderato de esta composición es en los arcos de los cinco restallante, de un brillo instrumental maravilloso. Sería difícil establecer una comparación entre estas interpretaciones berlinesas –realizadas en el estudio de Siemens villa, distrito de Lankawitz a excepción de las del Rasumovsky nº 1, grabado en la iglesia de Jesucristo, y del op. 127, registrado en la Hoschule für Musik- y las que el Cuarteto hizo en otros estudios para Deutsche Grammophon en años posteriores. Diríamos que las que hasta aquí hemos comentado suenan más secas y poseen a veces una apariencia más ruda; en medio de tanta finura, claro. En cualquier caso, una aproximación que ningún beethoveniano de pro debe dejar de escuchar. Nos da una visión complementaria y muy auténtica del Cuarteto.

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