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Pentatone | ROMANTICA Y NACIONALISTA | SINFONICA (1 SACD)

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precio

17,95 €

Johannes Brahms
Sinfonía No. 2; Obertura trágica


REF.: PTC 5186042
EAN 13: 0827949004261
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FECHA DE PUBLICACIÓN
13/10/2004

INTÉRPRETES
Netherlands Radio Symphony Orchestra
Hans Vonk, dirección


CONTENIDO
Johannes Brahms (1833-1897):

Sinfonía No. 2 en Re Mayor, op. 73
Obertura Trágica, op. 81

1 SACD Hybrid Multichannel Stereo - DDD - TT:  59' 02

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Los perdedores. Lo que los anglosajones llaman "The Losers". La historia de la música no siempre los reseña. Los hay de todo tipo: compositores, claro, y desde luego intérpretes. Pianistas, violinistas, pero, sobre todo, extraña raza predestinada, directores. ¿Por qué "pierden"? La respuesta es perogrullada suma: porque no ganan… o, con más exactitud, porque no ganan como otros. El perdedor siempre tiene un punto de referencia, alguien de su mismo ámbito, extracción, etnia o escuela musical que "sí" llega, triunfa, tiene titularidades resonantes o graba discos con las grandes firmas. ¿Qué les hace perder? El abanico de posibilidades es variado: las circunstancias, las guerras, la suerte (O Fortuna, velut luna, statu variabilis), la enfermedad… cuando no ellos mismos, por su carácter, sus manías o sus adicciones. Nombres: nómina interminable, que va desde el hoy ya mitológico Jascha Horenstein o el, también de culto, Hermann Scherchen, pasando por el impredecible Peter Maag, el hoy absolutamente ignoto Walter Susskind, los eslavos Paul Kletzki, Constantin Silvestri o Lovro von Matacic, el hoy desaparecido Wyn Morris, hasta llegar al trágico Klaus Tennstedt, el derrocado Jean Martinón y, desde luego, los holandeses Willem van Otterloo, André Vandernoot y, ciertamente, Hans Vonk, que lo reunía todo en contra: el carácter (difícil, irreductible, sin concesiones), la psicología atormentada (veía conspiraciones en su contra a cada paso) y la enfermedad (acechante, traicionera).


***
Cuando Hans Vonk murió, el 29 de agosto de 2004, la corresponsal en Holanda de "El país", Isabel Ferrer, publicó en este rotativo, el día 6 de septiembre, un obituario que constituía acertada, precisa radiografía de un personaje que, obviamente, la autora del texto admiraba, al que había visto actuar con frecuencia y al que, acaso, conocía personalmente; transcribo, a continuación, algunos párrafos de ese modélico trabajo.
"Fallecido a los 62 años de edad víctima de una enfermedad neurológica que le dejó paralizado, Hans Vonk, uno de los directores de orquesta más famosos de Holanda, deja un legado algo turbador. Considerado uno de los mejores exponentes de su oficio en la generación posterior a Bernard Haintik, fue un músico brillante a la vez que atormentado. Prisionero de su orgullo y celoso de una independencia que no hubiera desdeñado un mayor reconocimiento público, Vonk no podía evitar que su temperamento huraño empañase su trabajo."
El artículo proseguía con unas líneas que reflejaban perfectamente la compleja relación entre Vonk, las orquestas y las audiencias de sus conciertos:
"Bajo su batuta 'la orquesta florecía', como han señalado ahora los críticos de su país. El patio de butacas, por el contrario, percibía a un hombre que no parecía divertirse y sin la personalidad que ha encumbrado a colegas de su quinta como Edo de Waart. 'Trágico, pero orgulloso para seguir adelante sin cambiar', es como le han definido también los expertos, que han puesto luego mucho empeño en aclarar que no era soberbia, sino testarudez lo que le alejaba de la gente."
¿Se me permitiría recurrir a otra referencia, esta mucho más arcana, al diario madrileño? En 1990, mes de abril, mucho antes, incluso, de que Vonk llegara a su "otoño del patriarca" en San Luís, Enrique Franco, siempre dando en el clavo con lucidez, apuntaba de un concierto brindado por la Royal Philharmonic con el maestro holandés:
"Dirigía esta vez Hans Vonk, un maestro serio y bien formado. Su carrera, muy ligada al ballet y a la ópera, es brillante aún cuando Vonk es uno de esos eternos olvidados por la mayoría de las enciclopedias y diccionarios, si salvamos el Oxford."
La carrera directorial de Vonk se resume pronto: Orquesta de la Residencia de La Haya, entre 1980 y 1991 (11 años; logros técnicos fundamentales que elevan drásticamente la altura de un conjunto que pasará luego a las manos de Svetlanoc, con el fruto de pocas -pero sensacionales- grabaciones discográficas, como las obras orquestales y corales de Alphons Diepenbrock para Chandos y la Sinfonía "Resurrección" de Mahler para Brilliant en la que interviene la española María Orán); Staatskapelle Dresden, entre 1985 y 1990 (5 campañas, que incluyen la reapertura de la Semperoper con sus estupendas interpretaciones de "Der Rosenkavalier", "Otelo" y "Don Giovanni"; es el encuentro con la orquesta de sus sueños, en complejas condiciones laborales, que la caída del "Muro de Berlín" va a clarificar, pero que se interrumpen con los primeros síntomas de una dolencia que, entonces, 1988, se diagnostica como síndrome Guillain.Barré ; le sucedería en el cargo el malogrado Giuseppe Sinopoli); Orquesta de la WDR (Westdeustcher Rundfunk), entre 1991 y 1997 (6 años, recuperado físicamente, con -como siempre- escasos, pero sensacionales, logros discográficos, sobre todo el integral de las Sinfonías y Conciertos schumannianos grabado en vivo para EMI, con solistas como Christian Zacharias, Truls Mörk o Frank Peter Zimmermnn, una de las modernas cimas interpretativas de esta música); y 1996-2002, la Orquesta de Saint Louis ("los años más felices y de mayor realización artística de toda mi carrera", en las palabras del propio Vonk; el músico halla en la ciudad de Missouri una formación a la que -palabras de los propios instrumentistas- hará sonar como a la Staatskapelle Dresden con el virtuosismo técnico propio de la gran formación americana, y en la que establecerá -algo vital para el personaje- un contacto directo, personal, con los músicos: por vez primera, Vonk es apreciado, rotundamente querido, por una orquesta y un público que sólo en los primeros meses de su mandato añora al predecesor Slatkin, y halla finalmente su hogar musical… pero el idilio no dura mucho, la enfermedad muscular vuelve a atacar, esta vez con las características de la enfermedad neurológica de Lou Gehrig , y el artista, que en febrero de 2002 no puede ni pasar las hojas de una partitura de Samuel Barber, ha de abandonar su puesto tras una interpretación en mayo de 2002 de la Cuarta Sinfonía de Mahler que se considera antológica ).
Hay, siempre el síndrome del "Loser", un evento que marca su "pérdida espiritual" en los años de Dresde: cuando a principios de 1988 se anuncia la partida (sorpresa) de Bernard Haitink del Concertgebouw , las quinielas apuntan a Vonk como natural sucesor, posibilidad que el mismo administrador de la orquesta, van Royen, confirma al artista: la designación de Riccardo Chailly es para nuestro personaje mucho más que un jarro de agua fría, es la definitiva ratificación de su condición de "perdedor", que ve como el tren ansiado se le escapa. Los biógrafos son unánimes: nunca superó la desilusión de no asumir el podio de la formación de Ámsterdam.
"(Vonk) se presentaba como un músico poco convencional. Quizá fuera una forma de evitar desilusiones, como cuando evaluaba su carrera y aseguraba haber sido 'tolerado y constantemente puesto a prueba, mientras otros colegas arrasaban'. O simplemente que le gustaba la fama como a los demás, pero al no conseguirla del todo convirtió la derrota en una victoria en nombre de la independencia." (Isabel Ferrer, en el obituario de referencia)
Por ello los discos de Pentatone adquieren un especial significado: pertenecen a la etapa áurea de Vonk, la de San Luís, a los escasos 2.000 días en que consiguió hacer música como quería entre colegas que le adoraron (un dato: cuando Vonk muere en el 2004, varios músicos de la formación americana peregrinaron a Holanda para tocar en su funeral). Dos interpretaciones son verdadero monumento al arte de Vonk, a esa rara capacidad de conjugar el orden con la pasión: la Cuarta Sinfonía de Bruckner del 2001 y la segunda Suite del Baco y Ariadna de Roussel del 2000. Aquella posee todo lo que la música exige: grandeza, nobleza, orden (¡como no!), pero a la vez lirismo, exaltación (el Andante, para la historia) e ímpetu; esta es arrolladora, como un suntuoso edificioarborescente que creciera y creciera imparable, con inesperadas ramas que pidieran en ocasiones protagonismo, sin que el sentido de la boscosa catedral se alterara un ápice.
Casi a ese nivel, los dos Ravel: Valses nobles y sentimentales del 2000 erigidos en 'Tractatus' de la elegancia, pero que soterradamente piden a gritos la otra obra, La Valse (1999), obviamente dramática, a veces bordeando lo tétrico, que acaba en credo de la esquizofrenia, al modo de Markevitch, Boulez o… Martinón.
La Sinfonía "Turangalîla" (1999) nos lleva a la prueba de fuego entre Kant y Dionisos. Vonk vuelve a luchar por la concordancia de lo irreconciliable, pero en ciertos pasajes (por ejemplo, el necesario contraste, tan explícito, entre las secciones "Passionné, un peu vif" y "Un peu lent, tendre", que no llega a producirse, en el "Chant d'amour I") es el orden quien puede a la pasión, y ello dentro de una las lecturas de la obra mejor tocadas que el disco nos ha deparado.
Brahms, al final, por duplicado: la Cuarta en St. Louis del 2000 y la postrera grabación, la Segunda en Hilversum en el 2003. La Sinfonía en Mi menor, como la otra Cuarta, la bruckneriana, pone una vez más de manifiesto la capacidad del artista para planificar un edificio sin perder de vista el detalle, y su también Andante es otro modelo de belleza sonora sin neurastenia. ¿Puede darse una Segunda de Brahmns doliente? Algo de ello hay en los dos primeros movimientos de esta propuesta última de Pentatone, que sugirió a un Vonk ya mermado por la enfermedad grabar un ciclo de las Sinfonías brahmsianas del que sólo este registro llegó a puerto. Hay, ¿por qué no decirlo?, una cierta falta de energía en un Finale que pide vitalidad compás a compás. El Vonk de la efusividad ordenada está en momentos del Allegro inicial y en todo el Adagio. Jugaba en casa, sí, al lado de su hogar, pero el tiempo le iba a la contra, y lo sabía.
Al final de sus días, Vonk dijo palabras que lo resumían todo; el testimonio lo brinda de nuevo Isabel Ferrer:
"Sospecho que he consumido toda mi ira. Habría hecho las cosas de otro modo, es cierto. Pero no pienso lamentarme el resto de mi vida", aseguró a finales del año pasado cuando la enfermedad se había apoderan casi por completo de su cuerpo.
Hans Vonk, el genial, admirable "perdedor", que ahora viene a ganar las batallas tras la muerte. "Concordia Discordantum Canonum": la derrota victoriosa, el orden desenfrenado.

José Luis Pérez de Arteaga

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