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Myto Historical Line | RECITAL VOCAL (1 CD)

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6,60 €

En directo desde el Hollywood Bowl
Mario Lanza, Frances Yeend y Eugene Ormandy


REF.: 1CD 00303
EAN 13: 0801439903036
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FECHA DE PUBLICACIÓN
22/03/2012

INTÉRPRETES
Mario Lanza, tenor
Frances Yeend, soprano
Eugene Ormandy, director


CONTENIDO

En directo desde el Hollywood Bowl
Mario Lanza, Frances Yeend y Eugene Ormandy

Arias de Bach, Donzetti, Strauss etc.

1CD - ADD


RESEÑA (La Quinta de Mahler)

Con una asiduidad digna de encomio el sello Myto sigue ampliando la oferta operística, desde luego en vivo, en épocas de penuria discográfica. Tras la figura imponente de Feodor Chaliapin, que fue para la cuerda de bajo el equivalente a Enrique Caruso para la de tenor, quien mejor se hizo cargo de su testigo fue el búlgaro Boris Christoff. Gigantesca personalidad por la categoría especial de su voz personalísima, de un color que de inmediato se nos hacía atractivo y familiar; un intérprete de raro y penetrante juego dramático, cuya flexibilidad le permitía desplegar repertorios dispares. Aunque, eran los personajes de mayor entidad social (zares, reyes, caudillos, sacerdotes) o literarios (Mefistofeles y otros diablos, Don Quijote, Agamenón, Creonte), aquellos que se asociaron a la cuerda cuando ésta se distanció de la de barítono, los que le fueron especialmente favorables, sobre todo los del repertorio ruso para él, por nacimiento, muy afín. Como Boris Godunov, que hacía compatible con el borrachín Varlaam y el iluminado Pimen, Galitsky y Konchak, Mazeppa, Ivan el Terrible, Dositeo e Ivan Susanin. Este último, protagonista central de Una vida por el zar, la primera ópera rusa pese a sus indudables débitos a modelos italiano y francés, conocida en la época comunista por el nombre del personaje y con profundos cambios argumentales para evitar que alguien sacrificara su vida por salvar la de una de dirigente tan denostada, lo debutó Christoff en la RAI milanesa de 1954 y veinte años después lo volvió a asumir para la de Turín. Lo cantó en la Scala en 1959, después de grabarla en estudio dos años antes en una lectura que sigue siendo de referencia con  la deliciosa Teresa Stich-Randall y el versátil Nicola Gedda. La lectura que Myto nos repropone es la milanesa del debut, cantada en italiano como se hacía entonces incluso con Wagner, sin que por ello pierda la obra contenido y significación, aunque, eso sí, las influencias italianas de Glinka se pueden resultar más evidentes. Acompañado por un equipo capaz de medirse con el protagonista principal (una juvenil y exquisita Virgina Zeani, un correcto como de costumbre Giuseppe Campora y una convincente Anna Maria Rota en el papel travestido de Vania), Christoff describe perfectamente, tal como esperábamos, al héroe popular, carismático líder, entrañable padre y siervo respetuoso que, desde luego, se emplea a fondo en el momento cumbre de la partitura, en el acto IV, el de la muerte. Insuperable capacidad de transmitir la de esta selectísimo intérprete que aún espera un sucesor a su altura, con permiso de otro grande: Nicolai Ghiaurov.

Un mito pero de distintos parámetros ha sido y puede que siga siendo Mario Lanza. José Carreras ha llegado a lo que llegó gracias a él y de vez en vez aparece algún otro tenor contándonos la misma historia: que se interesó por la ópera tras disfrutar del filme El gran Caruso. Dirigido en 1951 por Richard Thorpe, el tenor nacido en Filadelfia en 1921 estaba en la película arropado (además de la encantadora Ann Blyth) por algunas figuras importantes, y otras camino de serlo, del Metropolitan neoyorkino: Jarmila Novotna, Dorothy Kirsten, Lucine Amara, Nicola Moscona, Blanche Thebom, Giuseppe Valdengo. Su éxito fue inmenso; hoy es un clásico. Le siguieron otros títulos -uno con Sara (entonces Sarita) Montiel, aquí llamado de manera un tanto cursi Dos pasiones y un amor- pero la carrera del tenor se interrumpió bruscamente en 1959 al morir de un infarto en Roma. En 1947, antes de alcanzar su fama cinematográfica, Lanza ofreció un recital en el Hollywood Bowl de Los Angeles en compañía de la atractiva soprano Francis Yeend y con el sostén orquestal de una batuta de importante consideración, Eugene Ormandy. Lanza, sin duda, el mayor reclamo hoy del evento, canta Nemorino, Chénier y Cavaradossi en solitario y Alfredo, Pinkerton y el Rodolfo pucciniano en compañía sopranil. Buena oportunidad para recordar una voz dotadísima y hermosa, manejada por un intérprete generoso y visceral más atento a lo que le dicta su corazón que a otras motivaciones pero que, por ello, logra mejor comunicación con los oyentes. La Yeend demuestra lo mucho que puede dar de sí, más en plan de lírica que de la habitual soprano ligera, en el más popular de los Aleluyas mozartianos y también Ormandy tiene su parte del león con fragmentos de Bach, Mendelssohn y Strauss junior, en esta especie de batiburrillo muy norteamericano hoy día algo generalizado.

No tiene la categoría de mito pero pudo llegar a alcanzarlo. Medios no le faltaron y su carrera fue un ejemplo sacar provecho a una voz, ya que comenzó como tenor lírico ligero, continuó como lírico, ascendió a spinto y acabó cantando Otello. Hablamos de Franco Bonisolli, intérprete no demasiado sutil pero de indudable impacto en el público por sus posibles que eran sobresalientes y su entrega que era fecunda. En Spoleto 1961 encontramos jovencísimo a este chico de Rovereto (con 24 años) cantando uno de los héroes puccinianos menos populares, el Ruggero de esa pequeña joyita apenas valorada salvo por una página para soprano a dos voces con el segundo tenor: La rondine. Bonisolli aprovecha las considerables oportunidades líricas que Puccini le propone a este provinciano fascinado por la sensualidad de esa “golondrina” parisina (un poco como el Alfredo verdiano), dando todo de sí  sobre todo en el muy interesante acto III. Giovanna di Rocco, condenada por la discografía oficial a papeles de comprimaria, demuestra aquí que estaba capacitada para incorporar cometidos de mayor responsabilidad como es el de Magda. La Rondine necesita un buen equipo de apoyo, tanto en la pareja cómica de Lisette y Prunier como en el resto, incluido el coro. Exigencias totalmente cumplimentadas por esta lectura, bien dirigida por el siempre competente Vincenzo Bellezza, una de las primeras llevadas al disco, entre la de Antonio Guarnieri para la RAI de Turín de 1953 y la más oficializada de Anna Moffo para RCA en 1966. Esta entrega de Myto se completa con el acto I de La bohème, asimismo interpretado en Spoleto de 1960, infalible Thomas Schippers en el foso, donde la delicada, además de impecable Mimì de Mietta Sighele luce con especial fulgor. Rodolfo es Lorenzo Sabatucci, tres años atrás el sposino de la Lucia de Leyla Gencer en Trieste, quien sale adelante en este mayor empeño por el certero cuidado en el fraseo y por una voz muy agradable, con brillo, típicamente meridional.

Fernando Fraga

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