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Siruela | PRECLASICA Y CLASICA (1 LIBRO)

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18,90 €

Harold C. Robbins Landon
1791: El último año de Mozart


REF.: 9788478449088
EAN 13: 9788478449088



FECHA DE PUBLICACIÓN
27/02/2006



CONTENIDO
Harold C. Robbins Landon

1791: El último año de Mozart
Traducción de Gabriela Bustelo y Beatriz del Castillo

Edición en tapa dura (cartoné) - 17.0 x 25.0 cm - 283 pp. - 3ª Edición - Editorial Siruela, Madrid 2005

RESEÑA (La Quinta de Mahler)

En estas fechas, ya sumidos en el año que conmemorará el 250 aniversario del nacimiento de Mozart, las editoriales y discográficas (y puede que hasta las productoras de cine, y vayan a saber si la industria del videojuego) se han lanzado a la carrera para publicar cuantas más cosas mejor. En una gran librería de Madrid, hace no mucho, conté en el estante de novedades musicales hasta tres nuevas ediciones de biografías mozartianas. Esto no quiere decir que sean obras absolutamente nuevas: la de Wolfgang Hildesheimer que Destino presenta fue escrita en 1977; la de Sollers, que abunda en el tema del misterio mozartiano y que trae Alba editorial, se publicó originalmente en el 2001. Finalmente, 1791: El último año de Mozart, de Robbins Landon ya fue lanzada en 1988 (en inglés) y velozmente traducida por la editorial Siruela al año siguiente. Hay que aprovechar el tirón. Por ello, se vuelve a editar ahora para ver si esto del Año Mozart consigue atraer nuevos lectores, aun a costa de vender como novedad lo que no es sino una reedición. Puesto que Hildesheimer se revela a ratos sumamente imaginativo, volviendo a repetir esa idea de que Constanze Mozart era una suerte de arpía más mala que la tos que se aprovechó de Mozart (un hombre tan tonto como genial, parece ser la conclusión), y que Sollers anda más interesado en los misterios que en Mozart, si alguien ha de elegir alguno de estos tres libros, le sugeriría que eligiese el de Robbins Landon.

Posiblemente, los ciudadanos que no vivieron su juventud antes de la década de 1950 no pueden hacerse una idea de lo desolador que era el acceso a las obras de los compositores. El mercado de partituras era exiguo. Las grandes empresas editoriales del siglo XIX se habían convertido en rara avis, o estaban atesoradas en innacesibles bibliotecas universitarias, cuando no eran  propiedad de los teatros musicales. Uno podía, tras mucho rebuscar, conseguir algunas sinfonías de —y anoto el nombre que nos ocupará de manera lateral— Haydn, un puñado de sus cuartetos, y ni mucho menos toda su música para piano. Para colmo, la burguesía y las clases altas en general hacía generaciones que habían perdido la costumbre de instruirse en música. Estudiar música a fondo era mirado con recelo, como una actividad poco provechosa, propia de lunáticos, de gentes desabridas y sin maneras sociales. El panorama discográfico se extendía por un territorio infinitamente más estrecho que el actual (y eso que ahora hablamos de la grave crisis del mundo del disco). Tan sólo se habían grabado —y eso no quiere decir, ni con mucho, que el aficionado pudiese conseguirlas con facilidad— 25 de las 101 sinfonías que Haydn había compuesto. Sabiendo que había una gran labor que hacer, un joven estudiante de la Universidad de Boston, Harold Robbins Landon —no confundir con el autor de novelas de espionaje—, decidió dedicar su vida a la difusión, tanto escrita como discográfica, de la obra y vida de Franz Joseph Haydn. Cómo Robbins Landon (nacido en 1929) consiguió fundar una Sociedad Haydn con el capital de una herencia y la financiación de un familiar sería quizás asunto de otro artículo. Bástenos saber que, al cabo de años de aunar el estudio riguroso de las fuentes con una destacable actividad organizativa, se convirtió en el mayor especialista en Haydn del siglo XX. Y no sólo eso. Es evidente que tuvo que explorar las frecuentes y cordiales relaciones de Haydn con Mozart. El amor por la música y el estudio de estos compositores contemporáneos y habitantes de la misma nación hizo de Robbins Landon también una autoridad en asuntos mozartianos. Los libros y artículos que el estadounidense —aunque afincado en Europa desde hace mucho tiempo— ha publicado sobre el Genio de Salzburgo son tan numerosos como interesantes.

Por un lado, estamos ante un libro generalístico que puede leer cualquiera, visto que el autor, competente musicólogo, evita el aspecto técnico y se centra más, por un lado, en la vida del propio Mozart, y por otro, en la historia textual de las partituras autógrafas que conservamos. Ahondando en este sentido, supongo que sacará más el aficionado que haya leído algo sobre la fertil disputa de —por ejemplo— qué partes de Requiem corresponden a Mozart, cuales a Süssmayr, y qué participación real tuvo Joseph Eybler, si es que la tuvo. Nos movemos aquí en el mundo de la conjetura y en el reino de lo plausible; y en este punto, debemos recordar que lo que es más probable que ocurra no es siempre lo que termina por ocurrir. Como la mayor parte de los musicólogos mozartianos contemporáneos, Robbins Landon se abona a la idea, propuesta por Otto Erich Deutsch, de que el misterioso encargo provino del Conde Walsegg, un coleccionista privado de música que no quería darse a conocer. Quizás haya que explicar que el encargo anónimo no era en absoluto infrecuente ni extraño en el XVIII, y que si de todo ello quizo hacerse un misterio obedece a la confluencia de que la naturaleza de la obra propuesta —una misa de difuntos— con la muerte del compositor. Si Mozart hubiese acabado el encargo antes de partir a Praga para presentar la (riquísima) música para la coronación de Leopold II (también Kaiser de los restos del Sacro Imperio) como rey de Bohemia, no estaríamos ahora ni mentando este caso propio de best-sellers. Pero, por desgracia, el tiempo era limitado hasta para un compositor tan extremadamente veloz como era Mozart, por lo que ahora tendremos que sufrir por los siglos de los siglos la eterna insistencia de lo misterioso que tanto atractivo tiene para algunas personas y bastantes canales de televisión.

Cansadamente —debe ser tedioso para un investigador serio tener que dar respuesta una y otra vez a las mismas desviaciones—, nos recuerda R.L. que la posibilidad de envenenamiento fue tan remota como improbable. Ni los médicos que lo atendieron ni sus familiares y allegados tuvieron nunca tal sensación. Aunque sí el propio Mozart, todo hay que decirlo, en circunstancias muy especiales (aquejado por la fiebre, el extremo agotamiento y la hiperestesia), creyó en algunos momentos de delirio que sus enemigos (los envidiosos) le habían administrado acqua toffana (una suerte de veneno líquido, famoso en Sicilia, insípido e incoloro, que mataba de manera indeterminada sin dejar rastro reconocible). Pero los síntomas, minuciosamente descritos por los familiares, médicos, y las numerosas personas que desfilaron ante su lecho —hay que recordar que Mozart en su día fue de una celebridad extrema y que, aunque no suficientemente querido en los círculos cortesanos, era reconocido ya universalmente como un genio de la música de primer orden— no coinciden con el envenenamiento, y sí con los producidos por una epidemia que azotó Viena en tales fechas. Las complicaciones que derivaron en su muerte se achacan al desarrollo del púrpura de Schönlein-Henoch ( PSH), que en el XVIII no estaba circunscrito, ni mucho menos, a la infancia. Así que ni masones celosos de que Mozart hubiese revelado oscuros secretos en la Flauta Mágica (pero que, incongruentemente, dejaron vivir al libretista durante casi una veintena de años más), ni Salieris corroídos por los celos (si los celos de Salieri hubiesen sido motivo de crimen, posiblemente hubiese acabado con todos los músicos de Viena), ni Constanzes deseosas de deshacerse con su marido (hasta el fin de sus propios días le tributó un respeto y un amor que no coinciden con el tipo de asesina marital acostumbrado. Además...¿de qué iba a beneficiarse ella con esto? ¡Ni que la herencia de Mozart, aparte de una música ya compuesta y estrenada, de la que no podía preveerse mucho beneficio, consistiese en otra cosa que en deudas!)

Aparte de estos dos hechos, el libro se ocupa tanto de la actividad musical de Mozart durante el último año de su vida —en el que desplegó una capacidad compositiva de obras maestras sorprendenteincluso para él—, y de la cambiante situación respecto a la orientación de las obras que se demandaban. Tampoco olvida repasar el estado de las finanzas mozartianas, poniéndonos al día de cuales eran los honorarios de un músico de primera en Viena. La parte central se dedica al episodio mejor conocido: las festividades de la coronación de Leopold II como rey de Bohemia en Praga, y para la cual fue escrita La Clemenza di Tito —empleándose además numerosa música religiosa elegida por el kapellmeister principal de la Corte, que a la sazón no era otro que (¡oh sorpresa!) don Antonio Salieri (y véase hasta qué punto los celos no debían ser óbice para el respeto y reconocimiento de la grandeza del salzburgués). Fue durante el transcurso de la representación cuando Maria Theresa, madre de Leopold II, se refirió (para la profunda indignación de quien suscribe) a la ópera de Mozart como porcheria tedesca. Toma castaña.

El libro se cierra con un interesante apéndice que estudia la vivienda de Mozart durante los últimos tiempos vieneses, de la que —milagrosamente— nos queda documentación suficiente.

Roberto Blasco

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